<Chapter 8>

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El eco de sus propios nervios resonaba en el vasto pasillo de piedra mientras Ela aguardaba ante la imponente puerta del comedor. Los alumnos de primer año ya habían cruzado el umbral, un enjambre expectante a punto de ser distribuido entre las casas de Bleaxhorths, pero a ella le habían indicado que permaneciera afuera, aguardando su llamado individual.Tal vez no querían que los alumnos la viesen más tiempo del necesario. Aguzaba el oído, intentando discernir las palabras de la profesora Beaufoy que flotaban desde el interior.

Dentro, cinco largas mesas se extendían a lo largo del salón iluminado por candelabros danzantes, cada una congregando a estudiantes ataviados en túnicas que ondeaban en tonalidades distintivas: negro azabache, rosa suave, amarillo brillante, azul profundo y rojo intenso. Sus rostros, iluminados por la anticipación del nuevo curso de 1996, reflejaban la alegría del reencuentro en Bleaxhorths. Al fondo, una doble escalinata de caracol ascendía hacia una mesa elevada, reservada para el profesorado. Allí, en el centro, Damian Shaw, con una copa de líquido carmesí en la mano, se irguió con una elegancia pausada y se dirigió a los jóvenes magos y brujas.

—Es un gran placer recibiros un año más en esta venerable institución —su voz, grave y melodiosa a la vez, llenó el salón—. Soy Damian Shaw, vampiro, director y uno de los fundadores de esta escuela. Me embarga la alegría al percibir vuestro entusiasmo por el nuevo curso. Confío en que, como siempre, os esforzaréis al máximo y demostraréis ser un orgullo para vuestras respectivas casas y para Bleaxhorths. Estoy convencido de que, un año más, seremos la escuela de magia y hechicería por excelencia. Y ahora —su mirada se posó con una leve sonrisa en el umbral de la puerta—, damos la bienvenida a nuestros nuevos alumnos de primer curso, listos para ser seleccionados. Espero que les brindéis una cálida acogida... Profesora Beaufoy, por favor.

La profesora Beaufoy, una mujer de figura enjuta y avanzada edad, con el cabello canoso recogido en una trenza pulcra, se adelantó. Sus ojos oscuros escrutaban el salón tras el grueso cristal de sus gafas, y un sombrero puntiagudo de color verde esmeralda descansaba sobre su cabeza, a juego con su vestido de corte severo. Sostenía un pergamino enrollado entre sus manos huesudas.

—Alumnos y alumnas de primer año —les dedicó una sonrisa amable, aunque fugaz—. Me llena de regocijo estar ante vosotros en este momento trascendental para nuestra escuela: la Ceremonia de Selección. —Hizo una breve pausa, permitiendo que sus palabras calaran en el silencio expectante—. Como bien sabéis, existen cinco casas: Elysium —los alumnos vestidos de amarillo rompieron en un aplauso entusiasta—, hogar de mentes brillantes y una curiosidad insaciable; Aeon —esta vez fueron los de rojo quienes ofrecieron una ovación apasionada—, para aquellos de espíritu inquieto y corazones ardientes; Kefi —los de rosa respondieron con aplausos suaves y armoniosos—, donde residen las almas tranquilas y dulces; Chara —un aplauso contenido, casi sigiloso, provino de la mesa vestida de negro—, para los ambiciosos, supongo... Y finalmente, Eunoia,—los alumnos de azul rompieron en gritos— cuna de valientes, leales y bondadosos. Os iré llamando uno por uno, y al escuchar vuestro nombre, deberéis acercaros y arrojar al caldero un trozo de pergamino en el que habréis escrito aquello que más anheláis. El humo que emane adoptará el color de vuestra casa. Si el caldero duda, bueno,no suele pasar...

Uno a uno, los alumnos de primer año fueron pasando al frente. Para cada uno de ellos, el caldero pareció tener una certeza inmediata, el humo danzando en espirales de color sin vacilación alguna. Ela sentía los nervios como un nudo apretado en el estómago, una mezcla de excitación y ansiedad ante la inminente revelación de su destino en Bleaxhorths.

—Eunoia es la mejor.

La voz masculina, repentina y cercana, la hizo sobresaltarse, pegándose a la pared con un respingo. Sus ojos se abrieron con sorpresa ante la figura que tenía delante. Era un hombre, sí, pero con una cualidad extraña,era casi transparente. Inclinada por la curiosidad, extendió una mano vacilante y, al rozarlo, la atravesó sin resistencia.

—¿Q-qué...? —balbuceó, la incredulidad grabada en su rostro.

—Oye,¿nunca te han dicho que atravesar a la gente es de mala educación?Mencioné que Eunoia es la mejor casa —repitió el espectro con un tono de obviedad—. Tiene a los magos buenos más poderosos, y Chara a los Haimas más... poderosos.

—N-no, que qué eres tú...

—Un fantasma, claro está —replicó el hombre mientras se señalaba, con un deje de ofensa en su voz etérea—. Me sorprende la pregunta.

Su vestimenta parecía sacada de un tapiz medieval, con ropas holgadas y coloridas propias de un juglar.

—Los magos más poderosos de todos los tiempos que han fallecido de formas trágicas viven entre los muros de Bleaxhorths como fantasmas,Shaw es un tanto...Alternativo. —continuó, como si fuera la cosa más natural del mundo—Aquellos magos importantes que murieron cuando les llegó su hora descansan en los cuadros,pero tanto en cuadros como a modo de fantasmas,sólo conserva a sus favoritos.

—Como cromos coleccionables...

Ela alzó la vista instintivamente y observó a la gente pintada en los retratos que adornaban las paredes del pasillo. Susurros apenas audibles y miradas curiosas se dirigían hacia ella. Un rubor le subió a las mejillas y se apresuró a recolocar un mechón rebelde de su cabello. De pronto, una risita aguda y molesta desvió su atención hacia el rellano de unas escaleras cercanas, donde otro fantasma, este vestido de bufón con cascabeles tintineantes, la observaba con sorna.

—¡Márchate, Chips! —gruñó el fantasma juglar. El bufón le dedicó una sonrisa pícara y se giró para alejarse, revelando un grotesco conjunto de flechas clavadas en su espalda—. Cuidado con él —advirtió el juglar con seriedad—. Es un soplón y un embaucador. Intentará engañarte para que hagas alguna locura y sus bromas son de lo más irritantes.

Ela abrió la boca para responder, una cascada de preguntas a punto de desbordarse, pero en ese instante, una voz clara y firme resonó desde el interior del comedor.

—¡Ela Black! —anunció la profesora Beaufoy, cerrando el pergamino con un golpe seco.

BlackDonde viven las historias. Descúbrelo ahora