Narra Dean
Treinta minutos más tarde, paso mi tarjeta de estudiante por el dispositivo de lasinstalaciones de hockey sorbiendo el café que he comprado por el camino. El ampliopasillo está desierto y mis zapatillas chirrían en el brillante suelo mientras me dirijo ala parte trasera del edificio. Atravieso las aulas y la sala de proyección, continúo haciala cocina y la sala de musculación, después entro en la enorme zona de almacenaje delequipamiento.
Nuestras instalaciones son supermodernas. Hay media docena de despachos cómodos y enormes en los que Chad Jensen podría haber decidido aparcar su culo, pero por alguna razón, eligió una modesta oficina escondida cerca de la lavandería. Llamo a la puerta y no la abro hasta que escucho la voz del entrenador gruñendo:
—Entra.
La última vez que un jugador entró sin llamar se llevó una bronca que los demáspudimos escuchar desde las duchas. Me gusta pensar que el entrenador utiliza laoficina para pajearse y que por eso insiste en tanta privacidad. Logan plantea lahipótesis de que tiene una familia secreta ahí dentro que solo puede entrar durante lasprimeras horas de la noche.
Logan es un idiota. —Buenas, entrenador. Me quería ver... —Me detengo cuando me doy cuenta de que no estamos solos.
No es habitual pillarme con la guardia baja. Mi estilo es más de dejarme llevar por lo que pase en ese momento, lo que significa que se necesita algo gordo para sorprenderme.
En este momento, lo único por lo que me dejo llevar es por la ansiedad que fluyepor mi sangre y se filtra en mis huesos.Frank O'Shea se levanta de la silla y dirige su fría mirada a mi cara. No le veodesde mi último año de instituto, pero su aspecto es exactamente el mismo. Pelo cortoy oscuro, cuerpo robusto, labios apretados en tensión.
—Di Laurentis —dice con una breve inclinación de cabeza.
Asiento en respuesta.
—Entrenador O'Shea.
Jensen nos mira a ambos y después va al grano.
—Dean, Frank entra con nosotros como nuevo coordinador defensivo. Me ha contado vuestra historia en el instituto Greenwich. —El entrenador se detiene—. He decidido que lo más prudente es que los dos aireéis vuestros problemas antes del entrenamiento de mañana.
No puedo más que imaginar lo que O'Shea le ha contado sobre nuestra «historia»,pero sea lo que sea estoy convencido de que es inexacto y de ninguna manerafavorable para mí. La versión de O'Shea es tan sesgada que hace que los artículos dela revista de cotilleos National Enquirer parezcan trabajos académicos bieninvestigados.El entrenador Jensen se acerca a la puerta.
—Os dejo para que os pongáis a ello.
Mierda, ¿nos va a dejar solos? Habría estado bien tener un testigo por si O'Sheaintenta hacer algo. Después de todo, este es el tío que le dio un puñetazo a uno de susjugadores en el parking vacío del instituto. Yo tenía dieciocho años en ese momento.No lo denuncié porque entendí por qué lo había hecho, pero eso no quiere decir quelo haya olvidado. O perdonado.O'Shea no habla hasta que la puerta queda firmemente cerrada detrás delentrenador.
—Entonces... ¿vamos a tener algún problema entre nosotros?
Tenso la mandíbula. —Eso dígamelo usted. —Y me obligo a añadir—: Señor.
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THE SCORE
DragosteAllie está en modo crisis. No sabe qué hacer con su vida, acaba de dejar a su novio y, en un momento de locura, se enrolla con Dean Di Laurentis, el tío más guapo y más ligón del campus. Hay que reconocer que no estuvo nada, nada mal. Pero lo último...
