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La mañana en Forks era fresca y brillante, con el sol luchando por atravesar el denso dosel de nubes. Anahira caminaba por la calle principal del pueblo, su presencia capturando la atención de todos a su alrededor. Su belleza etérea era innegable: su piel pálida y perfecta, sus ojos brillantes y llenos de misterio, y su porte elegante hacían que la gente se detuviera y susurrara a su paso.
-¿Quién es ella?
murmuraban algunos, mientras otros simplemente se quedaban boquiabiertos, incapaces de apartar la vista.
Anahira sonreía amablemente a los transeúntes, acostumbrada a las miradas pero siempre agradecida por la discreción de la pequeña comunidad de Forks. Su destino era el hospital local, donde su amado Carlisle trabajaba incansablemente, salvando vidas y ganándose el respeto y la admiración de todos.
Al llegar a las puertas del hospital, Anahira notó las miradas curiosas de los pacientes y el personal. Sin embargo, su atención estaba completamente centrada en ver a Carlisle.
La anticipación de estar cerca de él, de sentir su toque, la hacía caminar más rápido.
Entró al edificio con una gracia innata, moviéndose por los pasillos como una visión celestial. Las conversaciones se detenían y los murmullos aumentaban a medida que avanzaba.
Finalmente, llegó a la puerta de la oficina de Carlisle y, antes de que pudiera levantar la mano para llamar, sintió unas manos firmes pero gentiles rodear su cintura desde atrás.
-Anahira. susurró Carlisle, su voz suave y llena de amor.
Anahira se giró en sus brazos, sus ojos encontrando los de él.
-Carlisle
respondió, su voz cargada de emoción.
En el Consultorio
Carlisle no perdió tiempo en besarla, un beso lleno de pasión y deseo contenido.
Sin dejar de abrazarla, la guió hacia su consultorio, cerrando la puerta detrás de ellos con un suave clic.
La luz del sol filtrándose por las ventanas creaba un ambiente cálido y privado, un refugio para su amor.
-Te extrañé.
dijo Carlisle, su frente apoyada contra la de Anahira, sus manos aún firmemente sujetas a su cintura.
-Y yo a ti.
respondió Anahira, sus manos acariciando suavemente su cuello.
-Cada momento lejos de ti se siente como una eternidad.
Carlisle sonrió, sus ojos llenos de una devoción profunda.
-No sabes cuánto me alegra verte aquí. Necesitaba esto, necesitaba de ti.
Anahira lo miró con una mezcla de amor y coqueteo.
- Entonces, ¿qué piensas hacer al respecto, doctor Cullen?
Carlisle rió suavemente, su risa como una melodía que resonaba en el pequeño consultorio.
-Déjame mostrarte.
susurró, inclinándose para besarla nuevamente, esta vez con más intensidad.
Las manos de Carlisle recorrieron el cuerpo de Anahira con una familiaridad adoradora, explorando cada curva y cada rincón con un deseo renovado.
Anahira respondió con la misma pasión, sus dedos deslizándose por la camisa de Carlisle, desabrochando los botones uno por uno, revelando su piel pálida y firme.
-¿Recuerdas la última vez que hicimos esto aquí?"
murmuró Anahira, su voz temblando de emoción.
-Cada detalle.
respondió Carlisle, sus labios dejando un rastro de besos ardientes desde su cuello hasta su hombro.
-Cada vez es como la primera vez contigo, siempre es nuevo y emocionante.
Anahira dejó escapar un suspiro de placer, sus uñas dejando ligeros rastros en la piel de Carlisle.
-Nunca te cansas de hacerme sentir tan deseada.
-Jamás
aseguró Carlisle, levantándola con facilidad y sentándola sobre el escritorio.
-Eres mi todo, Anahira. Eres mi vida, mi amor eterno.
El mundo exterior se desvaneció mientras se entregaban el uno al otro, sus cuerpos moviéndose al unísono en un acto de amor profundo y pasión desenfrenada.
Cada beso, cada caricia era un recordatorio de su conexión eterna, una llama que nunca se extinguiría.
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Cuando finalmente se quedaron sin aliento, Carlisle y Anahira se quedaron abrazados, disfrutando de la calidez de su unión.
Carlisle acariciaba suavemente el cabello de Anahira, sus dedos jugando con los mechones oscuros.
-Gracias por venir.
susurró Carlisle, besando la frente de Anahira.
-Siempre estaré aquí para ti, Carlisle.
respondió Anahira, mirándolo con adoración.
-No importa dónde esté o qué esté haciendo, siempre encontraré el camino de vuelta a ti.
Se quedaron así, envueltos en su amor y la tranquilidad del momento, sabiendo que no importaban las dificultades o los desafíos que enfrentaran, siempre tendrían estos momentos de pura felicidad y amor.
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