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Anahari caminaba con determinación a través del espeso bosque, sus pensamientos revueltos por la mezcla de emociones que la habían llevado hasta allí.
El encuentro con los cazadores la noche anterior había dejado claro que el pasado nunca se queda atrás y que las amenazas eran constantes.
Había dejado a su familia en la seguridad de su hogar, sintiendo que este enfrentamiento era algo que debía manejar sola.
A medida que avanzaba, el bosque se volvía más oscuro y denso, las sombras se alargaban y el aire se volvía más frío.
Finalmente, llegó a un claro donde la luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles, creando un ambiente etéreo. Sabía que él estaba cerca; su presencia era inconfundible.
Con una voz firme, que apenas ocultaba la tensión que sentía, llamó en la oscuridad.
-Alec, sé que estás aquí. No necesitas esconderte.
Por un momento, solo hubo silencio. Luego, una suave risa resonó entre los árboles, seguida de la aparición de Alec.
Su figura elegante emergió de las sombras, sus ojos dorados brillando con una mezcla de intriga y satisfacción. A su lado, Dimitri, imponente y amenazante, observaba con una sonrisa calculadora.
dijo Alec con una voz como terciopelo, suave pero con un filo peligroso.
-¿Qué te trae por aquí en la oscuridad de este hermoso dia?
Anahari mantuvo su compostura, enfrentando a Alec con determinación y sin vacilar.
-Eso mismo te pregunto yo a ti. ¿Que haces aquí?
Alec se acercó, cada paso calculado, sus movimientos llenos de una gracia casi felina. Dimitri se quedó unos pasos atrás, observando con atención.
-Siempre tan seria, Anahari. ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
Anahari mantuvo su mirada firme, su voz se endureció.
-Los cazadores que vinieron anoche. Sé que tuviste algo que ver con ellos.
La sonrisa de Alec se ensanchó, mostrando sus perfectos dientes con una arrogancia apenas contenida.
-¿Y qué si lo hice? Los cazadores eran solo un medio para un fin, querida Anahari. De hecho nos deberías de agradecer el que no estuviéramos ahí pues esos debiluchos no podrían haberte protegido de mí, incluso si lo hubieran intentado.
La confesión de Alec hizo que Anahari apretara los puños, conteniendo su ira.
Alec dio un paso más cerca, agarrándola de la cintura con una fuerza que no permitía réplica.
-Mira a lo que has reducido tu vida, Anahari. Rodeada de debilidad. Carlisle, ese débil, y sus hijos... unos bastardos. No son más que una carga para ti.