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El amanecer apenas empezaba a teñir el cielo con tonos dorados y violetas, marcando el fin de una noche que Carlisle y Anahari sabían recordarían por toda la eternidad. Dentro de la iglesia iluminada por las últimas velas, ambos se encontraban listos para partir.
Carlisle ajustaba su chaleco mientras observaba a Anahari, quien terminaba de colocar la capucha sobre su cabeza, cubriendo su rostro con una sombra que hacía aún más enigmáticos sus ojos rojos.
-¿Estás segura de esto?.
preguntó Carlisle en un susurro, acercándose a ella.
-No podemos arriesgarnos.
respondió Anahari, ajustándose la capa. Su voz era firme, pero en sus ojos brillaba una ligera inquietud.
-Si los Vulturis sospechan algo, no solo me pondré en peligro a mí misma, sino también a ti.
Carlisle tomó sus manos con suavidad, sus ojos dorados llenos de determinación.
-Anahari, escucha. No planeo quedarme aquí mientras tú enfrentas esto sola. Volveré a Volterra. Quizás no hoy, quizás no mañana, pero lo haré. Estaré a tu lado cuando llegue el momento de enfrentar a Aro y los demás.
-Carlisle, no.
comenzó Anahari, pero él colocó un dedo sobre sus labios.
-No quiero oírlo. Tú eres mi esposa, y no voy a permitir que cargues con todo esto sola. Confía en mí. Lo haré de manera que nadie sospeche.
Anahari lo miró fijamente, buscando algo más que palabras, y encontró en su mirada la fortaleza que tanto admiraba de él. Asintió lentamente, aunque su expresión seguía cargada de preocupación.
-Volterra no es un lugar para alguien como tú.
-Tampoco es un lugar para alguien como tú, pero ahí estás.
respondió Carlisle con una media sonrisa, intentando aliviar la tensión.
Finalmente, tras un largo momento en silencio, ambos se acercaron para un último abrazo.
La despedida se sentía más difícil de lo que habían anticipado. Carlisle inclinó la cabeza para besar la frente de Anahari.
-Regresa con cuidado.
murmuró él.
-Te esperaré.
respondió ella, su voz apenas un susurro, como si las palabras dolieran al salir.
Con un último vistazo, Anahari se cubrió completamente con su capa y salió de la iglesia. Carlisle se quedó en la entrada, viendo cómo su figura se alejaba entre los árboles del bosque, hasta que la perdió de vista.
Anahari no se permitió mirar atrás. Sabía que si lo hacía, la tentación de regresar sería demasiado fuerte.
A medida que corría por el bosque, sus pasos eran ligeros, casi imperceptibles, mientras esquivaba las ramas bajas y los troncos caídos. Su mente estaba en un torbellino. Tenía que llegar a Volterra antes de que alguien notara su ausencia.