Atardecer 1 ∆ parte 12

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Habían pasado nueve largos años desde aquel primer encuentro entre Carlisle y Anahari en Volterra, pero para Carlisle, cada día seguía siendo tan importante como el primero. Desde aquella noche en que había dejado el primer poema junto a las rosas, no había faltado ni una sola noche en la que él no enviara una carta a Anahari, acompañada de flores, siempre repitiendo las rosas, las favoritas de su amada.

Cada carta era un pedazo de su alma, impregnada con sus más profundos sentimientos, y siempre con la esperanza de que, de alguna manera, esas palabras pudieran ofrecerle un respiro, un consuelo en la pesada carga de la inmortalidad que ella cargaba.

Sabía, por las miradas ocasionales que le lanzaba cuando nadie más estaba cerca, que Anahari leía cada carta con anhelo. Aunque casi no se cruzaban en esos años, Carlisle no dejaba de observarla a la distancia, capturando esos pequeños momentos en los que ella sonreía ligeramente al leer sus palabras.

Aquellos momentos le daban la fuerza para seguir adelante, para resistir las constantes presiones de Aro para que consumiera sangre humana, algo a lo que Carlisle nunca cedería.

Aro, intrigado por la fuerza de voluntad de Carlisle, lo veía como un reto, intentando constantemente corromper su pureza, mientras que Caius lo despreciaba abiertamente, considerando su dieta como una ofensa a la naturaleza de los vampiros. Marcus, aunque menos beligerante, no podía entender la resolución de Carlisle, pero respetaba su fortaleza, probablemente más de lo que él mismo se daba cuenta.

Carlisle también había llegado a entender la verdadera razón por la que Anahari estaba tan celosamente guardada por los Vulturis.

Para Aro, Anahari era un símbolo de poder y estatus, un arma que podía exhibir y utilizar a su antojo. Para Caius, ella era una herramienta, un ser formidable cuya capacidad para infligir dolor era indispensable en la ejecución de su fría justicia. Y para Marcus, Anahari representaba algo más; era una compañía que de vez en cuando aliviaba su interminable pena.

El dolor de Carlisle al comprender cómo Anahari era utilizada por los intereses egoístas de los Vulturis era casi insoportable.

Sabía que no podía hacer nada abiertamente, no aún, pero cada noche, mientras le escribía una nueva carta, planeaba meticulosamente cómo sacarla de ese lugar. Anahari merecía ser libre, no una prisionera en un palacio dorado.

Los años pasaron con desesperante lentitud, pero Carlisle nunca perdió la esperanza. Sabía que se estaba acercando el aniversario de la subida al trono de los Vulturis, y con ello, la oportunidad perfecta para ejecutar su plan.

Había esperado mucho tiempo para que sus sentimientos maduraran, tanto en él como en Anahari, y ahora sentía que estaba listo para dar el siguiente paso.

𝔈𝔱𝔢𝔯𝔫𝔞 𝔟ú𝔰𝔮𝔲𝔢𝔡𝔞 °•° ᶜᵃʳˡⁱˢˡᵉ ᶜᵘˡˡᵉⁿDonde viven las historias. Descúbrelo ahora