Durante su infancia, Isabel y Rebecca fueron amigas, hasta el día en el que ésta se fue sin decir adiós. E Isabel, completamente enamorada de Rebecca, pensó que no podría tener algo más como eso en la vida.
Y fue verdad, hasta el día en el que Rebec...
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No estoy acostumbrada a que golpeen mi puerta en medio de la noche —¿quién sí estaría acostumbrado a ello?—; por eso es que despierto —muy asustada— en el momento en el que ocurre, en el que se escucha un impacto leve seguido de unos cuantos más fuertes, más rápidos; desesperados.
Dejo de respirar e intento esconderme bajo las sábanas, pero no cesa. Y entonces quiero convencerme de que todo es un sueño, de que nadie entrará a matarme y no moriré sola por el miedo. No es realista, no es realista...
—¿Isabel? —Escucho la voz de Rebecca tras la puerta, temblando. Como un sonido más suave, casi imperceptible, oigo también a la palma de su mano apoyándose en la madera; sus dedos se mueven, tamborilean, a un volumen bajo, pero que escucho.
—Voy —respondo a la chica, saliendo de la cama, intentando no hacer ruido al caminar.
Miro hacia atrás y tengo ganas de cerrar la ventana, simplemente por la paranoia de haber despertado en la madrugada. Con la tenue luz de la luna, puedo leer el reloj y ver que apenas pasan de las dos de la mañana.
Trago saliva y le abro la puerta a Rebecca, que me mira como si lo agradeciera con todo el corazón, incluso como si esto fuera lo más bello que he hecho por ella en la vida. Mueve los brazos como si quisiera abrirlos, como si quisiera lanzarse para abrazarme, pero después de unos segundos, solamente se queda mirándome esperando a poder decirme algo; o más bien, a que yo le pregunte.
Y yo me pregunto cómo ella podría quedarse callada, cómo podría pensar que hablar es algo molesto para mí o para cualquiera. El mundo no debía hacerle esto.
—¿Qué pasa? —pregunto, intentando sonar suave y paciente; sonar como ella necesita que lo haga. Aún con miedo, empiezo a interrogarla sin escucharla primero—: ¿Hay alguien aquí? ¿Algo te persigue? ¿Estás huyendo? ¿Está todo bien?
La chica parece abrumada por la rapidez de mi habla, y entonces me doy cuenta de que debería calmarme.
—Lo siento —Me disculpo de inmediato, mostrando las palmas de mis manos—. ¿Pero está todo bien?
—Más o menos. No quiero sonar tonta, pero...
—Dime —La interrumpo.
—Tuve una pesadilla y no quiero estar sola —confiesa, y ahora parece que quiere abrazarse a sí misma, aunque no lo hace, se contiene mientras enrojece, tal vez genuinamente avergonzada por buscar consuelo. Una lágrima resbala por su mejilla y no se molesta en secarla; sabe que ya la vi.
—Está bien, pasa; puedes sentarte conmigo y contarme qué soñaste, ¿sí? —Le digo mientras camino hacia la cama, luego sentándome en ésta y palmeando el lugar a mi lado. Ella parece dudarlo; parece, más bien, que duda de mí, pero de todas formas viene.
Camina un poco, cierra la puerta y luego se sienta a mi lado.
—¿Recuerdas que murió mi mamá?
Yo asiento lentamente, preguntándome cómo creía que podría haber olvidado un detalle tan importante de su historia.