Durante su infancia, Isabel y Rebecca fueron amigas, hasta el día en el que ésta se fue sin decir adiós. E Isabel, completamente enamorada de Rebecca, pensó que no podría tener algo más como eso en la vida.
Y fue verdad, hasta el día en el que Rebec...
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Cuando el relato de Rebecca termina, pongo atención a cómo las lágrimas caen de mis ojos rápidamente, sin que yo me hubiera dado cuenta; pero sé que empecé a llorar desde antes, porque cuando me llevo las manos a la cara, noto que mis mejillas ya se encuentran húmedas por completo, y luego me fijo en cómo en el pecho de mi playera se ven algunas manchas de agua salada.
Miro a Rebecca para ver cómo ella me ve de vuelta, con una expresión preocupada, pero sin llorar aunque fue ella misma quien vivió el trágico relato que acaba de contarme, quien ya lloró por éste varias veces antes, quien ha llorado también al recordarlo mil veces; porque lo sé, ella debió pensar demasiado en ello, en especial cuando su padre jamás la dejó volver a tener una vida normal, cuando nunca tuvo permitido pasar página.
Y de pronto me preocupa que sea justo eso, el recordarlo y llorarlo demasiado, lo que hace que mi amiga no llore justo ahora, que hace que parezca que ya no lo siente y que lo cuente como si fuera solo otra historia más; con todos los detalles, pero con mucha menos alma de la que debería haber.
No puedo evitar llorar más.
—Lo siento mucho... —digo al mismo tiempo que me arrojo al hombro de la chica, llorando en éste mientras la abrazo con fuerza, esperando que pueda darse cuenta de lo mucho que la quiero, y de lo mucho que de verdad lo lamento. Las palabras se quedan cortas para explicar cómo me siento.
—No es tu culpa —responde ella mientras me acaricia el pelo, muy lento y con las manos temblando, como si no estuviera segura de lo que hace. Y parece que tampoco está del todo segura de qué le dije, pero no la corrijo como por un momento siento que debería hacer.
—Lo siento —repito, en su lugar. Y Rebecca no pronuncia nada más, sino que me abraza de vuelta y sigue acariciando mi pelo.
Luego empieza a derramar lágrimas sobre mí, y lloramos juntas por minutos, por horas... Hasta que nos cansamos de ello.
Y cuando por fin estamos menos conmovidas y nuestro ánimo es mejor, dejamos de abrazarnos y solo nos sostenemos por nuestros húmedos hombros. Nos miramos a los ojos. Intentamos sonreír, aunque aún no podemos; ni siquiera estamos dispuestas aún.
Pero yo sí que estoy dispuesta a hacer otra cosa.
Suelto sus hombros y alzo las manos, todavía mirando hacia sus ojos. Toco sus mejillas húmedas con cierta duda, y otra vez siento que voy a llorar, pero no lo hago, ni siquiera cuando siento que me cuesta tomar valor para decir lo que deseo.
Trago saliva, luego lo fuerzo a salir, sosteniendo el rostro de Rebecca con más fuerza, haciéndola mirarme mientras yo observo directo a sus ojos, intentando hacer el mensaje más significativo:
—Rebecca, yo también te amo. Yo también te he amado desde que éramos niñas.
Y procedo a contarle la historia de cómo yo me dí cuenta de que me había enamorado de ella, y le hablo de lo que sentí; le cuento el dolor que tuve por más de la mitad de mi vida, que no se parece en lo absoluto al suyo pero que vuelve a sacarme gotas saladas; que hace que tenga que volver a abrazarla y que solloce mientras sigo con mi relato.