Capítulo 4

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Las piedras en el camino a la casa en la que alguna vez vivió Rebecca hacen que mi bicicleta rebote de la forma más molesta posible; mi cuerpo rebota y mi trasero se golpea varias veces contra el asiento; ya van tantas que incluso me duele, pero c...

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Las piedras en el camino a la casa en la que alguna vez vivió Rebecca hacen que mi bicicleta rebote de la forma más molesta posible; mi cuerpo rebota y mi trasero se golpea varias veces contra el asiento; ya van tantas que incluso me duele, pero continúo, solo un poco más lento, esperando que eso reduzca los impactos.

Volteo hacia atrás para ver cómo Rebecca trata de seguirme el ritmo corriendo; suda, respira por la boca y de vez en cuando parece que va a tropezarse y caerse. Su cara ya está roja por el esfuerzo y el calor que hace, y empiezo a temer por ella, por su vida, por el desmayo que perfectamente podría tener si sigue así.

—¿Segura que no quieres que caminemos juntas? —Le pregunto mientras detengo la bicicleta. Ella reduce su velocidad y camina hasta alcanzarme; su pecho sube y baja rápidamente; su color no mejora. Espero que me diga que sí.

—Estoy bien —dice en lugar de eso.

—¿Segura? —Vuelvo a cuestionar—. Parece que vas a morir. Y hace mucho calor, realmente podría matarte.

Ella me mira como si quisiera reírse de mí, y me lleno de ese calor que acompaña a la furia, al sentimiento de que no estoy siendo tomada en serio.

—Quiero correr, hace mucho que no lo hago —dice, y me entristece la idea de que no haya tenido esa libertad en un tiempo que, por su tono de voz y el agua en sus ojos, se nota realmente lejano. Me destroza que el mundo la hubiera hecho extrañar una acción tan simple y sencillo como correr.

Suspiro. Aunque no es responsable, en serio quiero acceder a ese deseo, a que sea feliz al menos por un momento, aunque ese momento y las acciones que realice durante éste puedan matarla. Me quedo un momento contemplándola, y mientras la miro, el color en sus mejillas vuelve a ponerse normal. Su sudor se detiene al mismo tiempo que el viento empieza a soplar, acercando sus cabellos brillantes y rojos a mi cara, que espero que no empiece a adoptar ese color.

¿Pero por qué lo haría? ¿Por qué el latido de mi corazón me avisa que eso podría ocurrir? Si aquí todo lo que debería haber es incomodidad y una amistad que renace. Pero algo en mí quiere pensar que esta es la oportunidad de que Rebecca me ame, como si las cosas no fueran tan complicadas como lo son, como si yo no quisiera estar enojada y tampoco quisiera dejar de estarlo y limitarme a ser su amiga y a no asustarla.

De todas formas, no puedo forzarme a no amarla, no si de todas formas lo he hecho ya por tantos años.

Así que sigo forzándome, simplemente, a dejar de prestar atención, aún cuando estoy convencida de que ella es quien más la merece.

Asiento con la cabeza mientras recuerdo aquello de lo que estábamos hablando, la preocupación que tuve y cómo a ella no le importa. La dejo hacer lo que quiere, tal como no ha podido en un buen tiempo, y empiezo a pedalear, muy lento.

—Pero nos vamos a detener a ratitos para que puedas descansar, ¿sí? —Le aviso a Rebecca, con una pregunta para hacerla pensar que tiene libertad de elección.

El tiempo perdidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora