Capítulo 17

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Las semanas siguen pasando, y Rebecca y yo hacemos todo lo que comentamos conforme el tiempo avanza: Compramos trajes de baño, tenemos más citas —y repetimos la primera aprovechando nuestros nuevos bañadores—, seguimos siendo felices

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Las semanas siguen pasando, y Rebecca y yo hacemos todo lo que comentamos conforme el tiempo avanza: Compramos trajes de baño, tenemos más citas —y repetimos la primera aprovechando nuestros nuevos bañadores—, seguimos siendo felices... Todo lo que planeamos, dicho y no dicho, se va cumpliendo. La relación es tal como la espero y logra hacerme feliz —o al menos hacer que me sienta mucho menos tensa— en días como estos, en los que el trabajo me parece cansado y desearía no tener que hacerlo; en los que pienso que ojalá hubiera tenido la suerte de cumplir a mis sueños yendo a la ciudad, teniendo algún trabajo en el que no tenga que pasar por este frío, en el que no tenga que quedarme hasta después de que anochece, en el que no tenga que hacer tanto esfuerzo físico...

Rebecca me hace pensar que esto no está tan mal. Esto —el no cumplir ese sueño que ahora es más alegremente distante— me ha permitido quedarme con ella, y esto —el trabajo— me permite pagar nuestras citas y darle regalos y hacerla feliz y por lo tanto hacerme feliz también a mí misma, porque es imposible no sonreír cuando ella lo hace. Rebecca me hace soportarlo.

También me hace soportar el camino a casa hoy, que me parece todavía más largo que en cualquier otro día; me duelen los pies aún cuando probablemente no voy ni a la mitad del recorrido, y tiemblo porque, aunque en general no está frío, cuando sopla el viento siento que me convierto en una estatua de hielo. Y no puedo dejar de pensar en ninguna de esas dos molestias porque el corto —o tal vez simplemente no tan largo— viaje es solitario y callado. Hoy mamá no camina conmigo —se fue con mi padre al pueblo de junto, el que no es tan grande como para ser ciudad pero tampoco tan chico como para no tener cine, y su autobús de regreso no sale hasta mañana— y ninguna otra persona nos suele acompañar al ir a casa, así que con menos razón alguien me acompañaría solo a mí.

Sufro, pero pienso que valdrá la pena; no solo por el descanso, por poder sentarme o acostarme y sentir el calor entre las cuatro paredes de mi hogar —ojalá haga calor adentro; ojalá no haya entrado ya el frío. Ojalá Rebecca tenga las ventanas cerradas—, sino también porque al final del recorrido se encuentra mi novia; no está solo la comodidad, sino el amor romántico, ese algo extra que siempre había estado esperando que me recibiera en casa; ese algo que siempre había formado parte de mis sueños, y justo con la persona a la que durante todos estos años siempre veía al dormir.

El viento sopla con tanta fuerza que parece querer llevarme hacia el otro lado del mundo, hacer el camino más largo y pesado, pero pongo todos mis esfuerzos en seguir pegada al piso, a las piedras y a la tierra, y resulta, tal como por un momento creí que no podría hacer.

En algún momento me distraigo pensando en lo que podría pasar cuando vuelva a casa: Rebecca esperándome sentada en el sofá, con la mirada fija en la puerta deseando que se abra, o tal vez en la cocina preparando café para dos, o tal vez en el sótano escuchando alguno de los discos de vinilo que hasta hace una media semana seguían olvidados dentro de las cajas. Sin importar qué estuviera haciendo, podría ser que al escuchar la puerta abriéndose —¿podría escucharla desde el sótano si estuviera allí?— corriera hacia mí y me abrazara fuerte, tan fuerte que podría romperme pero también lo suficientemente suave para que sepa que no quiere hacerlo, o que me besara hasta que mis labios duelan, o que incluso se repita lo del otro día en el sofá o en el terreno al lado de la casa...

El tiempo perdidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora