Jenny ajustó sus gafas y se acomodó en su silla, lista para recibir a su primer paciente. Era un día especial: el inicio de su carrera como psicóloga. Había trabajado duro para llegar ahí, superando años de estudio, prácticas y dudas.
En la carpeta frente a ella, los datos del niño ya le daban una pista de lo que podría enfrentar. Claudio, diez años, derivado por su escuela debido a comportamientos inusuales: aislamiento, frases extrañas, y una mirada que sus maestros describían como "demasiado sabia para su edad."
Cuando Claudio entró a la oficina, lo primero que notó Jenny fue su forma de caminar: pausada, como si midiera cada paso. Sus ojos, de un marrón profundo, se clavaron en los suyos al instante.
—Hola, Claudio —dijo Jenny, con la mejor voz cálida que pudo ofrecer—. Soy Jenny. ¿Cómo estás?
El niño no respondió de inmediato. Se sentó frente a ella y dejó caer su mochila al suelo con cuidado, como si fuera un objeto precioso.
—¿De qué quieres hablar hoy? —insistió ella.
Claudio inclinó la cabeza, como si estuviera evaluándola. Luego, finalmente habló:
—No deberías estar aquí.
La frase la tomó por sorpresa. No era raro que un niño desconfiara de un terapeuta al principio, pero había algo en su tono que la inquietó.
—¿Por qué dices eso? —preguntó con una sonrisa suave.
Claudio la miró fijamente.
—Porque no estás bien. Y lo sabes.
Jenny sintió que un escalofrío le recorría la columna. Era como si el niño pudiera ver algo que ella misma ignoraba.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó, tratando de mantener la compostura.
Claudio ladeó la cabeza.
—Es difícil explicarlo, pero lo sé. Tienes que dejar esto. Ya no puedes ayudar a nadie.
Jenny respiró hondo, recordándose que estaba hablando con un niño. Son solo palabras, pensó. Proyección.
—Claudio, estoy aquí para ayudarte. Puedes contarme lo que sientes, pero te prometo que estoy bien y lista para escucharte.
El niño negó con la cabeza.
—No, no lo estás. Y no es algo malo, pero tienes que entenderlo.
Jenny sintió que su piel se erizaba.
—¿Qué debería entender? —susurró, a pesar de sí misma.
Claudio apoyó las manos pequeñas en la mesa que los separaba. Sus ojos parecían más oscuros ahora, como si cargaran siglos de conocimiento.
—Que no puedes seguir aquí. Que estás cuidándome. Que siempre lo has hecho.
Jenny frunció el ceño.
—Claudio, ¿qué significa eso?
El niño sonrió, pero no era la sonrisa inocente de un niño de diez años.
—Estoy aquí porque tú me trajiste. Porque me conoces mejor que nadie. Pero no puedes ayudarme ahora. Tienes que cuidarme otra vez.
La confusión de Jenny se transformó en una sensación de mareo. Algo en su estómago parecía revolverse, y de repente, su mente fue a la prueba de embarazo que había hecho dos días antes, la que había dado positivo.
—Claudio, no entiendo lo que dices —balbuceó, pero su voz temblaba.
El niño se levantó de la silla y se acercó a ella.
—Mamá, tienes que protegerme.
El mundo pareció detenerse. Jenny lo miró, incapaz de respirar, de hablar, de procesar.
—¿Qué...?
—Estoy aquí porque tú estás aquí. Pero si no te cuidas, no llegaré.
Antes de que pudiera responder, Claudio simplemente se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando a Jenny paralizada, con las manos temblando sobre el escritorio.
En su cabeza resonaban las palabras del niño, una y otra vez: "Tienes que cuidarme otra vez."
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RED OSCURA
Non-FictionRed Oscura es una colección de relatos breves que exploran los laberintos psicológicos de las relaciones tóxicas, donde el amor, la obsesión y el control se entrelazan en una danza peligrosa.
