.23

336 36 15
                                        

Estaba sentado en una de las incómodas sillas de la sala de espera del hospital. El silencio opresivo que nos rodeaba se sentía como una carga imposible de soportar. Mis piernas no dejaban de moverse, un reflejo involuntario de toda la ansiedad que me consumía. Tenía las manos frías, el pecho pesado, y cada segundo que pasaba sentía que el tiempo se estiraba y me aplastaba.

El maldito silencio del lugar me hacía explotar por dentro. Solo el murmullo de los enfermeros y el zumbido lejano de las máquinas rompían el ambiente, pero no lo suficiente. 

De repente, el estruendo de pasos corriendo por el pasillo rompió la monotonía del lugar. Levanté la mirada justo a tiempo para ver a Alan entrar apresurado, con la respiración agitada y el rostro marcado por la preocupación. Detrás de él, Max y Alex intentaban seguirle el paso, pero Alan los había dejado atrás en su impulso desesperado.

—¡¿Cómo está Miranda?! —gritó, sin detenerse ni un segundo para recuperar el aliento. Sus ojos buscaban respuestas desesperadamente, recorriendo el lugar hasta que se detuvieron en mí.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, el ambiente cambió. Alan se quedó inmóvil, con los puños apretados y la mandíbula tensa, y pude ver cómo su expresión cambiaba de preocupación a un odio tan palpable.

Sus ojos lo decían todo. 

—Todo esto es tu puta culpa Lukas —escupió Alan, con la voz cargada de rabia y dolor.

 Miraba al suelo, evitando el rostro de Alan, porque sabía que si abría la boca para decir algo, solo empeoraría todo.

No quería responderle. No quería discutir. No ahora. Pero él no se detenía.

—Por tu maldita culpa está así. Te crees el gran amor de su vida y ni siquiera sabes un carajo de lo que le pasa—continuó Alan, sin bajar el tono.

Mi mandíbula se tensó. Lo sentía acercarse, sus pasos retumbaban en mi cabeza. Quería mantener la calma, pero estaba al borde del colapso.

—Alan, ya wey —murmuró Alex, tratando de calmarlo, pero fue como si no lo escuchara.

—No, Alex, no voy a callarme. Todo esto es culpa de Lukas. Si no la hubiera dejado, si no hubiera hecho todo un desastre de su vida, ella no estaría aquí ahora, luchando por respirar.

Mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a explotar. Finalmente, levanté la cabeza y lo miré directamente.

—¡No sabes nada, Lukas! ¡Nada! —espetó Alan, levantándose también— Apuesto a que ni siquiera sabías que tiene asma. ¡A que ni siquiera te preocupaste en preguntar!

Eso fue suficiente para romper mi silencio. Me levanté de golpe, mi silla raspando el suelo, y le devolví la mirada con la misma intensidad.

—¡Ya cállate! —le grité, mi voz temblando por la mezcla de ira y culpa— ¡¿Crees que no me siento horrible?! ¡¿Crees que no estoy muriendo por dentro pensando en todo lo que hice mal?! ¡Yo no quería esto, Alan!

—¡Pero lo causaste wey! —gritó de vuelta, dando un paso hacia mí, su rostro lleno de furia y lágrimas— ¡Tú deberías de estar en esa cama de hospital, no Miranda!

Las palabras de Alan me golpearon como una bofetada. Me quedé helado, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones. ¿Cómo podía siquiera responder a eso? ¿Cómo podía justificarme cuando, en el fondo, sabía que tenía razón?

—Eres un cobarde, Lukas. Siempre lo has sido. Siempre haces que ella crea que la amabas y luego desapareces dejándola con todo el amor en sus manos. ¿Sabes lo que más me duele? Que incluso después de todo, ella seguía hablando de ti como si fueras lo mejor que le había pasado.

Aún sigo aqui - Lukas Urkijo #2 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora