29.

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El bullicio del lugar era ensordecedor, pero para mí no había sonido. Caminaba como en automático, siguiendo a los chicos, forzando una sonrisa aquí y allá mientras las luces me cegaban y los gritos de las fans retumbaban contra mi pecho. Antes de entrar, Sebastián me miró fijo y con esa seriedad que rara vez usaba me preguntó

-¿Estás seguro de lo que vamos a hacer?

Yo no pude responder con palabras. Solo asentí con la cabeza, porque mi voz se había quebrado hace meses, desde aquella noche en la que Miranda desapareció y yo me quedé vacío.

Salimos. Saludamos. Firmamos. Abrazamos. Todo el show de siempre. Pero en realidad yo no estaba ahí. Mis manos escribían, mis labios se movían, mi cuerpo sonreía, pero mi mente estaba suspendida en un lugar gris, en esa orilla donde la última vez la escuché reír.

Y entonces la vi.

Una silueta entre la multitud, un perfil que me atravesó como un cuchillo. El cabello, la manera en que se movía... era ella, tenía que ser ella. Mi corazón estalló y mis piernas se movieron antes de que pudiera pensar.

-¡Miranda! -grité, abriéndome paso entre los gritos y manos extendidas.

Las fans se alborotaron, algunas lloraban, otras trataban de alcanzarme, pero yo solo veía esa figura. Apresuré el paso, temblando, con las manos sudorosas, con el alma ardiendo. Llegué hasta ella y toqué suavemente su hombro, con miedo, con desesperación.

-Miranda...

La sonrisa inocente de la chica se congeló al verme tan cerca, con el rostro deshecho. Yo me quedé paralizado, mirándola como si intentara engañar a mi propia mente, como si al observarla más de cerca pudiera convencerme de que sí era ella. Pero no.

No eran sus ojos.
No era su risa.
No era ella.

Ese brillo en sus ojos no lo iba a volver a ver.

Me quedé ahí, inmóvil, como un imbécil en medio del escándalo, con lágrimas amenazando con desbordarse. Todo alrededor era ruido, gritos, empujones... pero yo solo podía escuchar mi propio corazón rompiéndose otra vez.

De repente, sentí unos brazos fuertes que me jalaban. Era Tristán, corriendo hacia mí, sujetándome de los hombros con fuerza, sacudiéndome casi con desesperación.

-¿Qué haces, wey? -me gritó al oído, intentando traerme de vuelta.

Yo lo miré, con los ojos rojos, con el alma hecha pedazos, y apenas pude susurrar, con la voz rota

-Miranda nunca va a regresar, ¿cierto?

Tristán no respondió. No podía. Solo apretó más mis hombros, intentando contenerme. Yo ya no tenía fuerzas para seguir fingiendo. Sentí cómo todo se derrumbaba de nuevo dentro de mí y lo único que quería era gritarle al mundo cuánto la extrañaba, cuánto me dolía seguir aquí sin ella.

Pero no pude. Solo bajé la cabeza y dejé que me arrastrara de vuelta al escenario, mientras el eco de sus palabras, o más bien, de mi propia pregunta, seguía retumbando en mi mente.

Y lo peor era que ya sabía la respuesta.

...

El evento continuó. Había sonrisas, gritos de mis fans y flashes que todavía me cegaban un poco. Intentaba mantenerme firme, como si todo estuviera bien, aunque por dentro estaba vacío.

Cuando menos me di cuenta todo había terminado, estaba en el estacionamiento del lugar con los chicos, me dijeron que si quería me podían llevar a casa, pero negué con la cabeza. No quería compañía, no quería que me vieran romperme. Me despedí de ellos, me dijeron que me cuidara... y yo solo asentí, con ese nudo en la garganta que ya se estaba volviendo parte de mí.

Aún sigo aqui - Lukas Urkijo #2 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora