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—Ya, cálmate. Esto no va a arreglar nada. Vámonos por algo de comer —dijo Ian en tono firme, pero con una calma que buscaba calmar los ánimos.

Fede soltó un resoplido, aún lleno de tensión, pero asintiendo. Lanzó una última mirada hacia Alan y yo antes de salir de la habitación acompañado de Ian.

En el silencio que quedó, Max y Alex me miraban con preocupación o tal vez lástima. Y Alan finalmente habló, aunque su voz era mucho más baja de lo habitual.

—Lo siento, Lukas. Me dejé llevar por el enojo... —hizo una pausa, como si reunir las palabras le costara más que cualquier pelea física— No es fácil ver cómo Miranda sigue amándote a pesar de todo. Supongo que... me da un poco de coraje.

No esperaba que me hablara con tanta honestidad, y aunque su disculpa me tomó por sorpresa, no tenía cabeza para responder más que lo justo.

—Lo entiendo... y lo siento también —murmuré, mirando al suelo.

Por un momento, el silencio se instaló entre nosotros, tenso pero casi necesario. Sin embargo, no podía quedarme ahí más tiempo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente; me levanté sin mirar a nadie, ni siquiera a Alan.

No dije una palabra. No podía. Salí de la habitación y caminé por los pasillos del hospital con pasos rápidos, casi como si algo invisible me empujara hacia adelante. Tenía que saber cómo estaba Miranda, tenía que verla.

Me acerqué al mostrador de enfermería, intentando mantener la calma, pero mi voz traicionó la desesperación que sentía.

—Disculpe, ¿puedo saber cómo está Miranda...? La chica que acaba de ser internada...Miranda Vigevani

—¿Es usted familiar de la paciente? —preguntó la enfermera, una mujer de rostro amable pero visiblemente agotada, alzó la vista de los papeles que revisaba, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Soy su novio.

—Lo siento, pero no puedo dejarlo pasar. Además, es menor de edad, y las reglas son muy estrictas al respecto

—Por favor —dije, mi voz quebrándose mientras daba un paso hacia ella— Solo quiero saber dónde está, cómo está... No puedo quedarme sin saber nada.

La enfermera frunció el ceño, como si luchara entre el protocolo y algo más humano. Mi insistencia no cedía; seguí repitiendo mis súplicas, tratando de mantener mi voz baja, pero mi desesperación era imposible de esconder.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, suspiró.

—Está bien, pero solo por unos minutos, ¿de acuerdo? No debería hacerlo, pero entiendo cómo te sientes.

Un nudo se deshizo en mi pecho, y sin poder contenerme, asentí rápidamente.

—Gracias... de verdad, gracias.

La enfermera dejó sus papeles a un lado y me indicó con un gesto que la siguiera. No dije nada más, simplemente caminé detrás de ella, con el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

Mientras seguía a la enfermera, sentía que cada paso que daba era más pesado que el anterior. Mis manos sudaban, y mi mente no podía dejar de imaginar todos los escenarios posibles. ¿Cómo estaría Miranda? ¿Estará inconsciente? ¿Qué le diría si estaba despierta?

La enfermera no dijo nada durante el trayecto, solo avanzaba con calma por los pasillos iluminados con esa luz fría y artificial que parecía hacer que todo se sintiera más grave. Finalmente, se detuvo frente a una puerta, girándose hacia mí con una expresión seria.

Aún sigo aqui - Lukas Urkijo #2 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora