Veinticuatro

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El silencio que se había instalado entre nosotras era casi palpable, como si cada palabra no dicha hubiera quedado suspendida en el aire. Después de todo lo que habíamos hablado, todo lo que se había confesado, parecía imposible encontrar una forma de volver a la normalidad.

—Creo que deberíamos descansar —dije al fin, mi voz apenas un murmullo.

Hange asintió, visiblemente agotada, y me miró como si estuviera buscando algún tipo de aprobación, algo que yo no sabía si podía darle.

—El sofá está limpio, puedo traerte una manta —añadí, señalando el sillón donde ella había estado sentada.

—Está bien… gracias —respondió, aunque algo en su voz sonaba diferente, casi resignado.

Fui a buscar una manta al armario, tratando de ignorar el peso de su mirada en mi espalda. Cuando regresé, ella ya estaba acomodándose en el sofá, intentando aparentar tranquilidad, aunque la tensión seguía latente en el aire.

—Buenas noches, Hange —dije, dejando la manta a un lado y dando un paso atrás.

—Buenas noches, T/n —respondió, con una pequeña sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.

Me dirigí a mi habitación, cerrando la puerta tras de mí. Me dejé caer sobre la cama, pero el sueño no llegaba. Todo lo que había pasado esa noche giraba en mi mente, como un remolino de emociones que no podía detener.

Pasaron unos minutos —¿o quizás horas?—, y antes de darme cuenta, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. Hange estaba ahí, parada en el umbral con una expresión indecisa.

—No podía dormir —admitió, casi en un susurro.

Suspiré, moviéndome un poco para hacerle espacio en la cama.

—Ven.

Sin decir nada, Hange se acercó y se sentó a mi lado. El silencio entre nosotras era denso, pero al mismo tiempo, había algo cálido en tenerla cerca otra vez, aunque no quisiera admitirlo. Nos recostamos, ambas mirando al techo, como si las palabras se hubieran agotado.

No sé cómo pasó exactamente. Quizás fue el roce accidental de nuestras manos, quizás la cercanía, o el peso de tantos sentimientos reprimidos durante tanto tiempo. Pero cuando giré la cabeza para mirarla, ella ya estaba observándome, sus ojos oscuros reflejando algo que no había visto en mucho tiempo.

Y entonces, sin pensar, sucedió.

Hange se inclinó ligeramente, y yo no me aparté. Cuando sus labios tocaron los míos, fue como si todo lo demás desapareciera: el dolor, la rabia, incluso el tiempo que habíamos estado separadas. El beso era desesperado, pero al mismo tiempo suave, como si ambas tuviéramos miedo de romper algo aún más frágil entre nosotras.

La sensación de su mano acariciando mi rostro hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. Sin poder evitarlo, respondí al beso con la misma intensidad, dejando que las emociones tomaran el control.

Cuando nos separamos, ambas respirábamos con dificultad, nuestros rostros a escasos centímetros. Hange me miró con una mezcla de sorpresa y vulnerabilidad.

—Lo siento… no debí… —empezó a decir, pero la interrumpí colocando una mano sobre la suya.

—No lo lamentes —susurré, sin apartar la mirada de la suya.

Esa noche, aunque las heridas seguían abiertas, aunque las palabras no dichas aún pesaban, compartimos algo que ninguna de las dos podía negar.

La luz de la mañana se filtraba por las cortinas, bañando la habitación con un brillo suave. Sentí el calor bajo mi mejilla, un calor que no reconocí de inmediato. Parpadeé un par de veces, y poco a poco tomé conciencia de mi posición.

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⏰ Última actualización: Dec 02, 2024 ⏰

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Hange Zoe | High Enough Donde viven las historias. Descúbrelo ahora