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El aire en la habitación del trono del infierno era denso, cargado de emociones que Checo apenas podía comprender. Max lo había traído hasta allí en un arranque de furia, salvándolo de las garras de sus propios padres, y ahora todo parecía suspendido en un extraño limbo. Black, la pantera de Max, descansaba en un rincón, vigilando con sus ojos dorados como si pudiera leer cada pensamiento en la mente de los presentes.

Max se movía por la habitación con pasos lentos, cargados de una energía contenida que hacía que incluso el fuego en las paredes pareciera más intenso. Checo, por su parte, permanecía de pie, aún con los rastros de lágrimas en sus mejillas. Sus ojos seguían cada movimiento de Max, su mente llena de preguntas. Finalmente, incapaz de soportar más el silencio, habló

— Max... necesito que me digas la verdad. —

Max se detuvo, dándole la espalda. Su figura, imponente bajo la tenue luz rojiza, parecía más distante que nunca.

— ¿La verdad? — repitió, con un tono que era casi un susurro.

— Sí — insistió Checo, su voz temblorosa pero firme — Hay algo que no me estás diciendo. Algo que he sentido desde que te conocí. Lo noto en la forma en que me miras, en las cosas que haces por mí. Y... en cómo reaccionaste allá arriba. —

Max suspiró, pasando una mano por su cabello rubio. Giró lentamente hacia Checo, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de tristeza y algo más profundo, algo que Checo no pudo identificar.

— ¿Estás seguro de que quieres saberlo? Una vez que te lo diga, no habrá vuelta atrás. —

Checo asintió, apretando los puños para controlar el temblor en sus manos.

— Necesito saberlo, Max. No puedo seguir así, con más preguntas que respuestas. —

Max se acercó, deteniéndose justo frente a él. Colocó una mano en su rostro, acariciándolo con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada.

— Está bien. Pero prométeme algo. Pase lo que pase, no me odies. —

— Nunca podría odiarte — respondió Checo sin dudar.

Max asintió, y con un último suspiro, comenzó a hablar.

— Checo, tú no eres solo un hombre mortal. Nunca lo fuiste. —

Las palabras golpearon a Checo como un mazazo. Su mente buscó procesarlas, pero antes de que pudiera decir algo, Max continuó:

— Eras un ángel. No uno cualquiera, sino un ángel potestades. —

Checo frunció el ceño, confundido.

— ¿Un ángel... potestades? —

Max asintió, sus ojos fijándose en los de Checo con una intensidad casi hipnótica.

— Los ángeles potestades son de los más poderosos en el cielo. Son los guardianes del orden, los que mantienen el equilibrio entre el bien y el mal. Tu luz era única, Checo. Brillabas con una pureza que incluso los otros ángeles admiraban. —

𝑻𝒉𝒆 𝑫𝒆𝒗𝒊𝒍'𝒔 𝑫𝒂𝒓𝒆 | 𝑪𝒉𝒆𝒔𝒕𝒂𝒑𝒑𝒆𝒏 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora