XXV

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El infierno estaba envuelto en una calma sofocante, la lava fluía lenta y constante, mientras las sombras se movían inquietas, como si anticiparan el estallido de una tormenta inminente. En lo más profundo de su fortaleza, Max caminaba de un lado a otro de su oficina, su mente un torbellino de pensamientos oscuros. Cada vez que recordaba el rostro aterrorizado de Checo y la arrogancia de George, su furia crecía como un incendio imposible de controlar.

Finalmente, Max se detuvo frente a su escritorio. Sus dedos recorrieron el borde del pergamino que había preparado, sus palabras grabadas con tinta negra y mágica. Sin dudar más, llamó a Daniel.

— ¿Sí, mi señor? — preguntó Daniel al aparecer, inclinándose levemente.

— Lleva esto a George. Dile que lo espero en el bosque, a las cinco en punto. No acepto excusas, ni retrasos. —

Daniel tomó el pergamino, pero la preocupación cruzó su rostro.

— Señor… ¿es prudente enfrentarlo de esta manera? Él es el Supremo, y podría —

— ¡No me importa quién sea! — interrumpió Max con un rugido, sus ojos brillando como brasas. El aire en la oficina se volvió pesado, cargado de su energía. — Nadie, ni siquiera él, tiene el derecho de amenazar a mi amado. Ve ahora. —

Daniel asintió rápidamente y desapareció, dejando a Max con sus pensamientos. El rey del infierno volvió a su escritorio, donde su mirada se posó en un espejo oscuro que reflejaba no solo su imagen, sino las partes más profundas de su dominio. Cada decisión que había tomado desde que ascendió al trono lo había llevado hasta este punto. Si George quería desafiarlos, Max estaba dispuesto a quemar cada puente que conectara el cielo y el infierno

A las cinco en punto, Max llegó al lugar acordado. El bosque era un espacio liminal, un punto neutral donde los reinos del cielo y del infierno se tocaban. Los árboles altos y retorcidos proyectaban sombras alargadas, y el aire estaba cargado de una tensión casi insoportable.

Max permaneció de pie, su postura firme y dominante, con las alas extendidas detrás de él. Su paciencia era limitada, pero no tuvo que esperar mucho antes de que una luz cegadora iluminara el lugar. George apareció, rodeado por un resplandor dorado, con una expresión de despreocupación que solo alimentó la furia de Max.

— Max — dijo George, su tono burlón — qué inesperado verte aquí. —

Max no estaba para juegos.

— Sabes perfectamente por qué te cité. Lo que hiciste hacia Checo es imperdonable. —

George fingió sorpresa, colocando una mano en su pecho.

— ¿Checo? No tengo idea de qué estás hablando. —

Max dio un paso hacia adelante, su voz se volvió un gruñido bajo y amenazante.

— No te atrevas a fingir ignorancia. Intentaste imponerte sobre alguien que no te pertenece, y eso no lo voy a tolerar. —

George lo miró con una sonrisa burlona, encogiéndose de hombros.

— ¿Y qué si lo hice? Es un simple mortal. Además, ¿qué te importa tanto? Nunca estará contigo. —

Esas palabras fueron como un disparo. Max desplegó completamente sus alas, su aura oscura expandiéndose con tal intensidad que incluso George tuvo que retroceder un paso.

— Podrás ser el Supremo, el Dios de los mortales, pero no mandas ni en la vida de Checo ni en la mía. —

George mantuvo su sonrisa, pero la tensión en el ambiente era innegable.

𝑻𝒉𝒆 𝑫𝒆𝒗𝒊𝒍'𝒔 𝑫𝒂𝒓𝒆 | 𝑪𝒉𝒆𝒔𝒕𝒂𝒑𝒑𝒆𝒏 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora