XXIX

404 37 8
                                        

⛧⛧⛧⛧⛧⛧

George había pasado incontables días en su oficina, un espacio que parecía alejarlo de todo y todos, un refugio donde sus pensamientos podían desarrollarse en soledad. La quietud del cielo lo rodeaba, pero dentro de él, la tormenta era constante. Cada rincón de esa oficina estaba impregnado por el peso de su reflexión, y el murmullo del viento celestial apenas lograba calmar la furia interna que lo carcomía. Pensaba en Lewis, su amor perdido, la figura que había estado presente en sus vidas pasadas y cuya ausencia lo había marcado de una manera que ni su poder sobre el cielo podía sanar.

George sabía que, aunque él fuera quien regía sobre el cielo, existía algo mucho más grande que su autoridad. Y eso era el amor. El amor verdadero, el que conecta almas y no conoce de distancias ni de tiempo. Esa misma conexión, que había visto en Max y Checo, lo había dejado sin aliento. Ellos, dos almas que se amaban profundamente, habían sido separados por su propia mano. Él había cerrado los ojos ante lo que era evidente, ante el amor que existía entre ellos, guiado por su ego y su temor a perder lo que había creído ser su único amor verdadero: Lewis.

Recordó cómo, en las vidas pasadas, él y Lewis se habían amado intensamente, y cómo esa relación había sido desgarrada por las circunstancias, por decisiones erróneas que ni el mismo George pudo comprender en su momento. La verdad es que, cuando se encontró con Lewis nuevamente, una chispa se encendió en su interior. Se dio cuenta de que todo lo que había hecho había sido para intentar evitar lo inevitable: que el amor entre él y Lewis nunca se extinguiría. Pero para entender esto, George tuvo que enfrentarse a las decisiones que había tomado, las cuales no solo lo afectaban a él, sino también a aquellos a quienes había dañado, como Max y Checo.

Sintiéndose incapaz de seguir evadiendo la verdad, George supo que debía actuar. Tomó una decisión firme y, con un gesto de determinación, mandó a buscar un pergamino dorado que usaba para los asuntos más importantes. Con su pluma, escribió cuidadosamente:

"Solicito la presencia de Max y Checo en el bosque de siempre. Es urgente y necesario. La reconciliación es el primer paso para la paz."

Firmó el pergamino, sellándolo con su símbolo. Luego, lo envió al Infierno, sabiendo que este sería el lugar donde encontraría la respuesta, donde podría finalmente enfrentar las consecuencias de sus acciones.

En el Infierno, Max y Checo se encontraban descansando en la habitación que compartían, después de un largo día en el que no había nada que los perturbara. Los ecos del Infierno resonaban suavemente, y la calidez de la habitación proporcionaba un refugio para las almas que, por el momento, no deseaban nada más que paz.

De repente, un golpeteo en la puerta rompió el silencio. Max se levantó, y al abrir la puerta, se encontró con Daniel, quien estaba de pie, sosteniendo un pergamino con una reverencia.

- Max, Checo - dijo Daniel, entregándoles el pergamino y saliendo rápidamente sin decir nada más.

Max lo miró con desconcierto mientras desenrollaba el pergamino. Sus ojos recorrieron las palabras con rapidez, y de inmediato, su rostro se tornó en una mezcla de sorpresa y enfado.

- ¿George? ¿De verdad? - murmuró, visiblemente molesto - ¿Qué quiere de nosotros ahora? -

Checo, que se había acercado al ver la reacción de Max, frunció el ceño al escuchar el nombre de George. Sabía que el rey del cielo había causado mucho daño, pero no esperaba que se atreviera a llamarlos.

- ¿Vamos a verlo? - preguntó Checo con cautela, buscando en los ojos de Max una respuesta.

Max no respondió de inmediato, pero al final, asintió con resignación.

𝑻𝒉𝒆 𝑫𝒆𝒗𝒊𝒍'𝒔 𝑫𝒂𝒓𝒆 | 𝑪𝒉𝒆𝒔𝒕𝒂𝒑𝒑𝒆𝒏 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora