XXII

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El bar vibraba con una energía oscura, como si cada rincón guardara secretos que nadie se atrevía a desenterrar. Max estaba allí, en su trono improvisado, una mesa en la esquina más alejada, donde podía observar sin ser molestado. Vestía un traje negro que parecía haber sido hecho a la medida de su aura: imponente, letal. Los murmullos que flotaban en el aire apenas rozaban su concentración. Estaba bebiendo lentamente de un vaso de whisky, su mirada fija en un punto inexistente, perdido en los laberintos de su mente.

Había sido un día largo, lleno de decisiones que sólo él podía tomar. Gobernar el infierno no era una tarea sencilla, incluso para alguien que llevaba siglos perfeccionando el arte de manipular almas y sortear intrigas. Y ahora, más que nunca, el peso de su título parecía aplastarlo. Sin embargo, no era el infierno lo que lo preocupaba esa noche. Era algo mucho más humano. O alguien.

Entonces, apareció George.

La entrada del británico al bar fue discreta, pero Max lo sintió de inmediato. Esa presencia familiar, ese leve cambio en la energía que lo rodeaba. George caminó hacia él con una seguridad estudiada, casi teatral. Sus movimientos eran precisos, como si cada paso estuviera coreografiado para transmitir una imagen de control. Llevaba un traje gris oscuro, menos llamativo que el de Max pero igual de impecable. Cuando llegó a la mesa, no esperó invitación. Simplemente se sentó frente a él, colocando su copa sobre la mesa con un golpe firme.

— Max. — Su voz cortó el aire, grave, directa.

Max alzó la vista lentamente, como si George fuera una simple distracción en su noche. Sus ojos azules se encontraron con los del británico, fríos y calculadores.

— George — respondió con indiferencia, recostándose en su silla y cruzando los brazos — Me sorprende verte aquí. No pensé que tuvieras el valor de buscarme después de lo que pasó la última vez. —

El comentario hizo que George apretara los labios, pero no perdió la compostura. En su interior, la rabia y el deseo se debatían por el control. Había pasado demasiado tiempo intentando ignorar lo que sentía por Max, pero no podía seguir engañándose. Y menos ahora, cuando veía que su oportunidad se desvanecía.

— No estoy aquí para pelear, Max — dijo finalmente, esforzándose por mantener la calma — Estoy aquí porque no puedo seguir callado. —

Max arqueó una ceja, intrigado pero sin mostrarlo. Levantó su vaso de whisky y dio un sorbo lento antes de responder.

— Entonces, habla. Pero hazlo rápido. Mi paciencia tiene límites, y ya estás cerca de cruzarlos. —

George respiró hondo, como si estuviera preparándose para una batalla.

— Estoy harto de todo esto — soltó finalmente, su voz cargada de frustración — De verte con él. De fingir que amas a Checo, cuando todos sabemos que no es cierto. Sabes tan bien como yo que esto no es más que un juego para ti. Y mientras tanto, yo... yo estoy aquí, esperando, queriendo algo que tal vez nunca pueda tener —

Las palabras de George eran como un torrente, una confesión que había estado guardando por demasiado tiempo. Pero Max no se inmutó. Su rostro permaneció impasible, como si las emociones de George fueran insignificantes ante la inmensidad de su propio mundo.

𝑻𝒉𝒆 𝑫𝒆𝒗𝒊𝒍'𝒔 𝑫𝒂𝒓𝒆 | 𝑪𝒉𝒆𝒔𝒕𝒂𝒑𝒑𝒆𝒏 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora