15 A salvo

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***Una semana después***

Amelia llevaba casi una semana sin pasar por casa de Luisita, llamó a sus padres y les contó una mentira piadosa, les dijo que estaba con algo de fiebre y con vómitos recurrentes pero que no era grave y que ya había ido al médico. La creyeron pues nunca encontraron motivo alguno para no hacerlo. Era como una hija para ellos aunque ella no veía a Luisita como su hermana precisamente.

Toda esa semana no podía dejar de pensar en una cosa: Su madre. No había vuelto a tener noticias de ella y ni si quiera sabía si seguía viva o si le habían hecho daño, al final, solo se tenían la una a la otra. Tampoco fue a la policía, se sentía demasiado vulnerable y con un pánico desmesurado por si le hacían el más mínimo daño a su madre, se lo quitarían todo si fuese así. De día, se pasaba las horas limpiando la casa hasta parecer una maniática del orden y la limpieza, solo para intentar tener la cabeza ocupada, apenas comía y no quería salir por si recibía alguna nueva noticia, fuese del tipo que fuese. Esperaba cerca del teléfono, miraba la puerta tan fijamente que pasaban las horas sin ella darse cuenta, si mundo se paró en el mismo momento que leyó esa maldita nota, nunca imaginó que se acabaría viendo en una situación así, ella no podía dejar de sentir lo que sentía, por muchos días sin tener contacto con la rubia "su rubia" como le decía en su mente y en sueños donde todo era diferente, donde existía la libertad y podían pasear por Madrid agarradas de la mano sin temor a terminar presas o recibiendo descargas eléctricas, como poco. Por mucho tiempo que pueda pasar, sus sentimientos no hacían más que aumentar, su amor por esa chica que siempre fue tan alegre, tan única y tan divertida, y, por otro lado, la culpa de estar entre dos espadas afiladas apuntando hacia su pecho y su espalda. Las noches eran aún peores, incluso cuando conseguía quedarse dormida por menos de dos horas, tenía pesadillas horribles con distintos finales fatales donde ella gritaba a unos hombres sin cara y podía ver a su madre, esperando su final, de rodillas mientras uno de esos le apunta con una pistola a la cabeza, antes de disparar, el tipo siempre se iba a quitar el pasamontañas pero antes de hacerlo Amelia despertaba sollozando y nunca llegaba a ver su cara, aunque tampoco llegaba a producirse el disparo, pero esa pesadilla se convirtió en algo habitual en sus noches de soledad y tristeza. Quería sacar fuerzas de algún sitio pero era incapaz, con lo fuerte que había sido siempre, esto no sabía cómo llevarlo, le dolía y le ardía el pecho alejarse de Luisita de repente y sin poder hablar con ella aunque sea con una carta, se sintió cobarde y ruin por hacerles creer a ella y su familia que estaba enferma y que pronto estaría recuperada cuando no tenía la certeza de nada en este momento de su vida.

Durante el secuestro

La voz cantante del grupo que la tenía retenida le sonaba bastante familiar aunque con los ojos tapados y atada de pies y manos, ambas zonas ya casi lloraban sangre de lo fuerte que la tenían apretada y eso era el menor de sus problemas llegados a este punto. A Benigna solo le importaba como estaba su única hija y si le habían hecho algo. Siempre que les preguntaba por ella, hacían oídos sordos lo que hacía que la mujer se inquietase más de lo que ya estaba por el mero hecho de estar secuestrada sin tampoco saber el motivo, la opción económica nunca lo pensó pues era una mujer de pocos recursos pero ellos contaban con una información que ella no sabía que habían conseguido y que estaban dispuestos a publicar donde hiciese falta con tal de humillar tanto a Amelia como a Benigna, y de esa forma, adelantarse a qué Benigna se lo dijese a su propia hija o a sus amigos más cercanos, pero no sabía que momento era el mejor pues solo recordarlo la entristecía pero cuando veía a Amelia tan feliz, esa tristeza desaparecía automáticamente.
Benigna estaba tan absorta pensando en su hija que apenas escuchaba a uno de los secuestradores.

Escucha, nosotros no queremos hacerte daño, estás aquí para evitar un mal mayor de la cual la culpable es tu querida hija. Está noche volverás a estar con ella y, si ella cumple lo que ella ya sabe, os dejaremos en paz, de lo contrario, habrá consecuencias más que evitables pero no fatales, tranquila. - Era el, Benigna estaba segura de que era Sebas, el recién marido de Luisita, ya no tenía dudas pero cuando le dijo que volvería a casa, solo pensaba en reencontrarse con su hija como si esto no hubiera pasado, así que no se dirigió a el en ningún momento, tampoco se atrevía a pronunciar palabra alguna debido al miedo, más que le hicieran daño a ella misma, de que le hicieran el más mínimo daño a Amelia, eso nunca se lo perdonaría. Debía hablar con ella y contarle muchas cosas pues todos esos días los escuchaba hablar de algunos asuntos que le resultaban muy cercanos aunque nunca entraron en detalle, muchas veces se llegó a hacer la dormida por si así conseguía averiguar más cosas que se les pudiese escapar pero lo tenían todo demasiado bien atado.

Llegó la noche, ya estaban las luces de las calles encendidas y poca gente quedaba ya afuera de sus casas. El coche donde llevaba a Benigna atada y sin que ésta pudiera ver ni hablar para evitar que gritase, pues primero quería asegurarse de ver qué Luisita no tenía ninguna visita no deseada para el. Una vez hecha esta comprobación, se dirigió a la casa donde Benigna y Amelia vivían, no estaba muy lejos, lo cual lo enfurecía muchísimo, más si cabía. Una vez frente a la puerta, esperó unos minutos, se volvió a poner el pasamontañas y ayudó a Benigna a salir del vehículo, le quitó los amarres y le dijo en tono amenazante que esperase a que se hubiera alejado el coche lo suficiente o volvería de inmediato y está vez, no sería un simple secuestro lo que viviría. Ella no pudo evitar que las lágrimas cayesen desde sus ojos hasta llegar al suelo rápidamente, pero le hizo caso y no se quitó la venda de los ojos ni la cinta que cubría su boca hasta que dejó de oír el sonido de aquel coche. Una vez estando frente a su puerta, su lugar seguro, o el que se supone que debía serlo, era incapaz de entrar, no sabía porque pero en el fondo tenía miedo de encontrar una horrible escena donde Amelia no salía bien parada. Respiro profundamente dos veces y abrió la puerta tratando de hacer el menor ruido posible por si su hija se encontraba durmiendo, no quería molestarla y que la viera así, solo pensaba en dormir, pero en el fondo lo que más deseaba era poder abrazar a su niña de nuevo y no soltarla. Cuando terminó de cerrar la puerta y se giró, ahí estaba frente a ella, su querida Amelia, su hija, la persona que hacía que todos sus males se fueran al momento. No sé dijeron nada, ninguna de las dos sabía cómo empezar una conversación que sería incómoda, más para Benigna aunque no mucho menos para la joven Amelia. Solo se abrazaron y en lo que duró ese abrazo, se dijeron mutuamente lo mucho que se querían y de que ambas se sentían a salvo, al volver a tenerse. Habría conversaciones en los siguientes días, pero los primeros, prefirieron disfrutar de la compañía de la otra y sobre todo, de descansar pues ninguna lo llegó a hacer todos esos días en que tampoco tenían noticias la una por parte de la otra.

El accidenteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora