—oh, dios.
La sensación caliente se arremolinaba en la estancia. Varios jadeos indecorosos en conjunción con sollozos desesperados cubrían el lugar mientras los dos cuerpos se unían de forma constante sobre el colchón.
Golpeando con fuerza su interior, Alastor sostenía firmemente las caderas de Charlie en un estado de trance mientras la escritora simplemente se deshacía bajo sus manos. Cada golpe, cada movimiento de caderas hacía que su conciencia se desvaneciera y se nublara, presa del éxtasis que sentía. Era demasiado placer y Alastor se galardonó en su interior por provocar esas sensaciones en ella.
Nadie podía hacerla sentir del modo que él lo hacía. Nadie podía hacerla llegar al orgasmo tantas veces y hacerla implorar que se detuviera, aunque su interior siguiera contrayéndose de forma necesitada y caliente. Esa era la reacción que Alastor provocaba en ella, algo de lo que estaba orgulloso, porque era el único que tenía ese maravilloso festín para sí solo. Un manjar entregado por los dioses para que él pudiera disfrutarlo.
—Al —gimió ella, tratando de atraerlo hacia con su mano y el no se negó. Se agacho a su nivel, donde ella tomó de su rostro, dedicandole esa encantadora, pero necesitaba mirada que le pedía que no se detuviera—. Bésame —pidió.
Y así lo hizo, no podía negarse a sus deseos, él era su siervo, esclavo de sus encantos y dueño de su cuerpo.
Se besaron por unos instantes. Con el dorso de su dedo, Alastor acariciaba el rostro contrario, suspirando sobre sus labios y disfrutando del dulce sabor. De repente, Charlie jadeo cuando lo sintió moverse nuevamente y su primer instinto fue afianzarse a su abrazo, como si el obispo fuera una especie de tabla salvadora. Ella volvió a besarlo con hambre mientras Alastor acariciaba sus sus muslos y la curvatura de su trasero. En un movimiento inesperado, este se alejó de ella para sujetarla con firmeza de los muslos y hacer las estocadas más profundas, logrando fuertes alaridos que seguramente podrían escucharse fuera de la habitación.
Para ese punto, la escritora era un desastre de gemidos y jadeos indecorosos, aumentando el tono de su voz a la par que el orgasmo estaba cada vez más cerca. Finalmente, este lleno a ella como una exploción que contrajo todo su interior al punto que su acompañante no pudo aguantar más, vertiéndose profundamente dentro de ella.
Una vez se hubo retirado, la respiración del obispo quedó atrapada en su garganta al ver el resultado de sus acciones. Abierta de par en par, Charlie reposaba sobre la cama apenas recuperando la respiración. Su rostro, enrojecido y cubierto de exquisitas lágrimas de placer, se le antojó nuevamente a Alastor, quien no tuvo reparos en probar el sabor salado de sus lágrimas, provocando un nuevo suspiro en ella.
—Te amo, Alastor.
El obispo abrió los ojos de golpe, encontrando el techo de caoba sobre si, parpadeando un poco mientras su mente parecía orientarse.
Había sido su sueño.
Se incorporó sobre la cama, pasando su mano sobre su rostro con cansancio. Sintió con terrible vergüenza como el interior de su ropa interior estaba húmeda, como si de un maldito adolescente se tratará.
Con cansancio, se incorporó de la cama para ir al baño y darse una ducha, orando porque el frío del agua calmará al menos por esa vez, el calor infernal que estaba latiendo dentro de él.
Era la tercera vez en dos semanas que le sucedía algo similar. Esa situación estaba comenzando a ser un problema recurrente y no podía seguir abusando de las duchas frías para calmar su propia situación. Masturbarse tampoco era algo que disfrutara hacer, pero había tenido que recurrir a ellas varias veces cuando la necesidad de tenerla era demasiada para soportar
ESTÁS LEYENDO
Divino pecado
FanfictionEn un pequeño pueblo de la vieja Luisiana donde las tradiciones se entrelazan con los secretos más oscuros, Charlie, una escritora de novela rosa, se encuentra atrapada en un bloqueo creativo. Desesperada por inspiración, su vida da un giro inespera...
