XXVIII

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La institutriz se miró resignada ante el espejo. Un vestido gris con tela lisa que bajaba hasta el borde de sus rodillas, elegante y adecuado para la ocasión, como bien había dicho Sir Pentiou cuando se lo entro, pero a su impresión, no le favorecía para nada. No estaba acostumbrada a ese tipo de vestimentas, lo que hacía que se sentiría como una especie de payaso de circo. Ni siquiera hablar de los molestos zapatos de tacón ¿A quien mierda se le ocurrió inventarlos?

Fuera como fuera, no estaba cómoda ni contenta con su imagen. Miró su largo cabello suelto y luego el broche en forma de lazo que había estado usando por tantos años, a pesar de que ya no era una niña. Había sido un obsequio muy especial que se convirtió en un tesoro invaluable con el paso de los años, después de todo, fue el primer regalo que Charlie le hizo de forma oficial en la primera navidad que vivió en el orfanato con los Morningstar. Recordaba la sonrisa alegre y espontánea de su amiga, así como la calidez que por primera vez se instaló en su pecho y no se apartó jamás de allí, incluso hasta ese momento.

La primera vez que Vaggie sintió que su amistad con Charlie era diferente comenzó cuando ambas estaban pasando por la pubertad. Para entonces, era común que las chicas de su edad tuvieran cierto interés por el sexo opuesto, haciendo comentarios avertonzados en medios de susurros mientras compartian en el receso o despues de clases, evitando los oidos agudos de las monjas que satanizaban cualquier pensamiento impuro antes de que pudieran llegar a una edad digna de casarse.

Sin embargo, fue claro que Vaggie nunca tuvo un interés particular por ningún chico y viceversa. Los chicos eran demasiado infantiles, molestos e incluso, intentaron molestarla a ella y a Charlie en diversas ocasiones mientras crecían. Eso hizo que desarrollara una actitud tosca y repelente que los chicos detestar, sumado al hecho que no era demasiado femenina en ese entonces, era todo lo opuesto a una señorita, generando incluso reclamos de parte de las monjas de la escuela.

Cuando eran adolescentes y sus cuerpos comenzaron a cambiar, la actitud de los chicos fue diferente, intentaban acercarse màs, pero ella seguìan sin sentirse atraída, incluso, luchaba aun màs contra ellos para evitar que se acercaran demasiado a Charlie.

Además, no solo era su propia falta de interés emocional, los recuerdos de su propio abusando física y verbalmente de su hermana aun seguìan inclementes sobre su mente, haciendo que cualquier figura masculina que no fuera el señor Lucifer fuera considerada por su mente como un potencial enemigo. Fue así como el resto de su infancia y juventud se fue en su afán de proteger a su mejor amiga.

Fue entonces que surgió de repente una tarde calurosa cuando estaban comiendo helado en el porche de la propiedad Morningstar. Como de costumbre, Charlie había sido demasiado descuidada, comiendo sin el debido cuidado de una señorita y manchando algunas secciones de sus labios con la crema de un exquisito dulce de fresas. Aunque no había nadie alrededor que pudiera reclamarle, Vaggie levantó uno de sus pañuelos hacia su rostro mientras le dedicaba una sonrisa divertida.

—Charlie, estás haciendo todo un desastre como una niña...

Su mano se detuvo al tacto. Lo que era un sencillo gesto cotidiano hizo que se mantuviera inquieta y su corazòn se alterará con demasiada fuerza, sus manos empezaron a sudar y aunque Charlie solo le sonrió agradeciendole como siempre, Vaggie solo permaneció avergonzada cuando el fugaz deseo de besarla comenzó a nacer dentro de ella.

Se sintió desconcertada. No podía estar sintiendo eso por su amiga, y a pesar de todos los esfuerzos que hizo por negar sus sentimientos, fue su último encuentro con Von Eldrich el que logró desencadenar todo lo que había estado intentando negar.

Se había enamorado de su mejor amiga.

¿Cuándo sucedió esto? ¿De qué forma? Eso no importaba en realidad, porque era un sentimiento impuro y blasfemo, un hecho retorcido de la naturaleza que sencillamente era impensable y que por ende, hacía que sus sentimientos no pudieran ser correspondidos. Ni siquiera podía llegar a decir una palabra de ellos, con temor a que con eso toda su relación de amistad acabase, que tan solo por eso, Charlie terminará rechazándola y odiandola por tener tales inclinaciones.

Divino pecadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora