XXIX

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Charlie estaba completamente en silencio. A escasos metros de ella se encontraba Alastor sosteniendo firmemente uno de los brazos de Seviathan contra su espalda. Iracundo, este se retorcía, como una sucia cucaracha, intentando liberarse del obispo, pero este se mantuvo firme en su agarre, sin la mínima intención de querer soltarlo.

—Suéltame —exigió Seviathan, su voz cargada de ira.

—Oh, no tengo ningún motivo para llevar a cabo tus demandas, en lo que a mí respecta, podría dejarte de esta forma el resto de la noche —espetó.

—Mi tío se enterara de esto y no tendrás donde meter tu asquerosa estola luego de que acabemos contigo —bramó, pero el obispo sólo afianzó más su agarre inclinandolo más contra la pared, impidiendo que pudiera moverse.

—Pequeño mocoso, eres tan patético al tener que escudarte detrás de otros, solo das lastima —espeto cerca de este con tono de asco. Su mano contra este se apretó logrando que el otro hombre apenas contuviera un quejido doloroso, se quejaba y soltaba insultos contra él, pero pese a la inclemente posición, Alastor no lo soltaba, mantuvo su mirada fija en él, la tensión palpable entre los tres.

Finalmente, Seviathan se vio obligado a ceder y Alastor lo dejó ir, permitiéndole dar un paso atrás. Charlie se colocó detrás de Alastor, sintiendo una mezcla de alivio y gratitud.

Seviathan los observó, sus ojos iracundos mientras sostenía su muñeca, aún sintiendo el ardor del agarre de Alastor.

—No parece que esté en sus cabales, le recomiendo que se retire de inmediato —dijo Alastor con una voz que no admitía discusión.

El joven hombre soltó un bufido, y estaba a punto de replicar cuando algo en los ojos de Alastor lo hizo temblar. Fue una mirada plagada de intención y amenaza. Seviathan, quien había humillado hasta grandes y corpulentos hombres de negocios en diferentes ciudades, de la nada se sintió diminuto y reducido por un mísero clérigo. Sin embargo, este no parecía un obispo normal, esa sed asesina la conocía bien.

La sintió una sola vez en su vida, cuando acompañó a su padre a un viaje de negocios. No pudo escuchar desde su posición muy bien las palabras de su padre, no obstante, la respuesta recibida fue por demás, inclemente. Tanto, que un hombre del calibre de su progenitor, que jamás vaciló en los negocios, se vio reducido ante la imponente mirada de su más grande socio comercial: Lucifer Morningstar.

Con el rabo entre las patas, uno de sus pies retrocedió, sintiendo la densidad del aire a su alrededor. Aunque su orgullo había sido herido, no tuvo mejor opción que retirarse.

—Esto no se va a quedar así —vociferó, su tono lleno de resentimiento mientras se alejaba, dejando a Charlie y Alastor en medio del salón, la tensión aún palpable en el aire.

Una vez este desapareció, fue que Charlie finalmente pudo respirar un poco cuando notó las miradas indiscretas y los susurros que giraban a su alrededor en el salón. Su rostro se encendió de vergüenza, y se sintió humillada en aquel instante. Las ganas de llorar la invadieron, y estuvo a punto de salir corriendo cuando, de repente, sintió la mano de Alastor sosteniendo la suya. Sin mediar palabras, él la condujo fuera del salón principal, alejándola de los ojos curiosos de los demás invitados.

Una vez estuvieron dentro de los pasillos de aquella gran mansión, Charlie alzó el rostro y miró a Alastor, quien estaba de espaldas a ella. Se quedó en silencio, sintiendo el peso de la situación, antes de murmurar un agradecimiento. Él no respondió, lo que hizo que el momento se tornara incómodo. De repente, se volvió hacia ella y la tomó entre sus brazos.

La joven escritora se encogió en su sitió, sin saber cómo reaccionar. Su respiración se quebró, y las lágrimas que había contenido hasta ese instante comenzaron a caer. La calidez de Alastor la envolvía, y su corazón, que había luchado por mantenerse distante, comenzó a latir acelerado por él. No era justo; se había esforzado tanto para alejarse, pero siempre sucedían cosas que lo hacían más difícil. ¿Por qué tenía que pasar todo eso?

Divino pecadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora