XVI

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El obispo miraba a la joven mujer con una expresión estupefacta, pero luego de unos minutos simplemente soltó una escueta carcajada que duró unos cuantos minutos antes de ladear su cabeza y elevar una ceja, evaluativo.
—Es un poco difícil creer que esto sea un castigo, querida —comentó jocoso y burlón—. Vistiendo ropas tan provocadoras, dejando a la vista todos tus atributos para mi, parece que solo quieres que te tome contra esta pared.
Su voz era profunda y deseosa, Charlie podía notar con claridad que un quemante deseo se reflejaba en su mirada, dispuesto a cumplir sus demandas si le daba la mínima oportunidad. No obstante, no había venido en esas condiciones solo para ceder fácilmente a sus deseos.
—¿Es así? —preguntó ella con el mismo tono de voz, una ligera sensación de reto en sus palabras—. Me gustaría intentar algo antes de eso ¿Qué tal si hacemos un trato?
La mención de aquellas palabras hizo que el hombre se incorporara, mirando de frente a la frágil pero desafiante criatura que tenía frente a él, sus ojos parecían una hoguera encendida, impulsando su necesidad de tomarla en ese mismo instante, pero era el fuego inclemente que veía y su curiosidad los que lo hicieron prestar atención a sus palabras.
—Te escucho.
—Quiero que uses esto el tiempo que disponga —expresó, extendiendo con su mano unas esposas de plástico—. Una vez las uses, yo tendré la total libertad de hacer lo que quiera y tu no podrás evitarlo, mucho menos tocarme.
Alastor miró a las esposas con desconfianza e indignación ¿Esa era su forma de burlarse de él por lo que observo esa mañana? Si quería molestarlo, lo había logrado. Cruzó sus piernas, llevando ambas manos hacia sus rodillas para analizarla con su mirada.
—¿Qué pasa si me niego? —preguntó, su voz firme parecía no dejarse intimidad, pero Charlie no había venido de ese modo solo para echarse hacía atrás.
—Considerare que el trato no fue de tu agrado y no nos volveremos a ver, ni siquiera para el proyecto —declaró, esas palabras hicieron que los hombros del obispo se tensaran un momento, pero no iba a dejarle ver que había tocado una tecla sensible de él. Con su preparada sonrisa, se levantó de su intrincado asiento para acercarse a la joven en aquel limitado espacio, la diferencia de alturas era palpable y Alastor sobrepasaba físicamente a la escritora, lo suficiente para intimidarla. Aun así, solo esbozó su dulce y juguetona máscara, acercándose a su rostro.
—¿Estás segura de querer hacer esto querida? Puede que no volvamos a cruzar caminos nunca más —le dijo.
—¿Estás en posición de amenazarme? Tu pareces mucho más interesado en que no desaparezca de tu vista —indicó ella, tomándolo desprevenido—. No estamos en una relación comprometida, tienes otras mujeres a tu disposición ¿Por que necesitaría ser yo? —eso lo dejó mudo, incapaz de responder. 
—Bueno, yo…
—Tienes cinco minutos para decidir que hacer —le dijo mientras daba unos pasos fuera del confesionario—. Si sales hacia afuera, habrás aceptado mi trato, si permaneces dentro, consideraré que no lo deseas y aceptaré alejarme.
Charlie salió dejando a Alastor pensativo.
Si salía de allí, estaría cayendo directamente en su trampa, permitiendo que una simple señorita de veintisiete años jugara con él como se le antojará, apedreando su orgullo y dejando en evidencia que su marcado interés por ella podía ir mucho más allá de algo que podría desechar. Pero ¿Ella era algo que simplemente podía dejar ir y nada más? De todas las personas que había conocido a lo largo de su vida, ella era la única que le había hecho abandonar sus reglas personales y enrumbarse en una dinámica peligrosa que podría dañarlo de forma irreparable. Pero solo por el mero y egoísta deseo de tenerla entre sus manos decidió ignorar todo, buscándola y aceptando su interés, que compartía con intensidad ¿Sería entonces capaz de dejarla ir así como así por su orgullo?
No…
No iba dejar que se fuera de sus manos. Ella debía ser suya y de nadie más. Charlie valía muchísimo más que todo el orgullo que podría tener, y era mentira que encontraría un alma tan eléctrica y adorable que brille con solo el ligero movimiento de sus ojos y con una sincera sonrisa.
Cuando salió del confesionario, la expresión de victoria y emoción que llenó el rostro de Charlie no se pudo ocultar. Verlo allí, aunque un poco avergonzado y silencioso, era algo que no esperaba encontrar y le alegró mucho pensar que no quería que se apartaran. Claro, seguían sin estar conectados por un hecho formal, siempre habría algo que estaría por medio de ellos, pero al menos, había decidido elegirla a ella.
—Parece que he aceptado tu trato querida —expresó estirando sus manos para que le pusiera las esposas. La escritora quiso reír, casi parecía como si era un fugitivo que se entregaba voluntariamente a la policía, y ese pensamiento la impulsó más, colocándolas y cerrándolas con llave—. Espero no arrepentirme de esta decisión.
—Oh, no lo harás —le dijo ella con decisión mientras lo llevaba hacia uno de los asientos cercanos para poder disfrutar mucho más de la vista de tenerlo atado para ella—. Pero es mi deber informarte que has sido tomado en custodia, Obispo Gallow.
—¿Oh? ¿Bajo qué delitos, su señoría? —preguntó él, siguiéndole el juego. Charlie rió, feliz de ello.
—Por ser extremadamente sensual —y nada más dijo aquellas palabras, se sentó sobre sus piernas besando sus labios.
Suspiro cuando empezó a besarlo, tomándolo de las mejillas con gesto deseoso. Por mucho tiempo, Alastor había estado liderando los besos y los encuentros que habían llevado, dejándola a ella como principal receptora de sus gestos. Sin embargo, mentiría si nunca hubiera pensado en querer tomar las riendas aunque fuera una sola vez.
—Estas muy tenso querido —le dijo una vez se alejó de sus labios— ¿Quieres que te ayude a relajarte?
Empezó a repasar sus manos por todo su pecho, disfrutando de la dureza de los músculos de sus brazos y hombros, se aferró a él, besando su cuello y dejando marcas de besos que fácilmente podría ocultar con su ropa pero que claramente estarían allí. Alastor suspiraba, pero no emitía ningún otro sonido que demostrara que le desagradara o que lo estuviera disfrutando.
Era extraño, tenerlo tan callado por una vez mientras ella estaba encima de él, tenía plena disposición para tocarlo y para verlo, notando todas aquellas expresiones que hacía, especialmente ahora podía verlo directamente a la cara.
Su sonrisa estaba allí, como una mueca ligera, pero sus ojos estaban cerrados, como si no quisiera verla para no emitir alguna expresión que lo dejara en evidencia. Era algo lamentable, porque se había esforzado en usar un traje precioso para la ocasión, así que decidió jugar sucio, acercándose a su oído, susurró: 
—He soñado con estar contigo desde que te ví en la iglesia por primera vez.
Un jadeo escueto salió de sus labios mientras un repentino enrojecimiento tomaba sus orejas y el borde sus mejillas. Sus ojos mostraban no sólo sorpresa, sino placer, que se vio rápidamente reflejado en el bulto que estaba debajo de sus pantalones. Charlie sonrió satisfecha, comprendiendo que ese era su punto débil.
Empezó a menear sus caderas, sosteniéndose de sus hombros para tomar impulso y rozar sus senos con el rostro del obispo en el camino. Permaneció de ese modo, disfrutando los jadeos y suspiros que este hacía hasta que nuevamente empezó a besarlo, dejando un camino de besos por sus mejillas.
—Siempre recuerdo cómo me tomas entre tus brazos, sosteniéndome con fuerza, llenandome tan profundamente, pero no quiero compartirte con nadie. Eso no me gusta para nada ¿Lo sabes, no es así?
Era una jugada sucia, porque sabía que no era su culpa, pero el dolor que había sentido por ello fue real y quería dejar las cosas claras, no iba a permitir que eso volviera a pasar. Aun así, como si estuviera dentro de una neblina, este le contestó, enriqueciendo su deseo.
—Si lo se—admitió mientras sentía más besos sobre sus mentón y cuello—. No volverá a suceder de nuevo, querida.
Estar atado y sin posibilidad de tocarla era una tortura, y por la risita socarrona de la escritora, Alastor sabía que solo era un juego para hacerlo perder la cabeza. Qué lamentable para él que estuviera cayendo de propia voluntad en ello, pero si Charlie quería, podría acuchillar su estómago y dárselo como ofrenda si eso terminaba con su sufrimiento.
Aún así, la escritora aprovechó la cercanía con sus labios para hacer un poco de presión con sus dientes, haciendo que sangrara un poco. El singular sabor a hierro se caló en su boca y lo compartió con él, lamiendo sus labios antes de volver a verlo.
—¿Estás seguro que no pasará otra vez? —pregunto.
Su erección atrapada dentro de sus pantalones, empezaba a ser molesta y dolorosa, pero Charlie solo seguía rozandose, buscando que le rogara por lemencia. Era un castigo demasiado extremo, pero entendía su molestía y su deseo de querer la unica bajo sus ojos, él tampoco quería que nadie más se fijara en ella, siendo tan adorablemente dulce y encantadora, era obvio que atraía las miradas de insufribles insectos a su alrededor, y él estaba de manos atadas, incapaz de reclamar algo porque no tenía ese derecho. Por lo que verla clamar por lo mismo que él deseaba era algo extremadamente liberador y sensual, porque significaba que ambos deseaban lo mismo.
—Me asegurare que no vuelva a pisar de nuevo la iglesia, querida. Tienes mi palabra —logró decir, y Charlie sonrió satisfecha.
Habiendo obtenido lo que quería, libero sus manos para que finalmente pudiera tomarla del modo que quisiera.
Con un hambre tremenda, Alastor la tomó de las nalgas para concentrar su peso sobre ella y tomar nuevamente el control. Ni siquiera le importo tomarla contra el piso, demasiado concentrado en la tarea de bajar sus propios pantalones y abrir las piernas de Charlie para introducirse dentro de ella.
La joven escritora apenas tuvo tiempo de aferrarse a su cuello cuando lo sintió empujarse duramente en su interior. Alastor soltó una risa de burla, llevando algunos de los mechones de su cabello hacia atrás.
—Me sorprendes cada días más querida —apenas pudo decir, lamiendo una gota de sudor del rostro de Charlie, escuchando como gemía en respuesta—. Parece que me has embrujado.
Pero Charlie no podía responder en ese punto, sosteniéndose de sus hombros como una tabla salvadora mientras se retorcía con cada movimiento de caderas que golpeaban su punto dulce en cada estocada. Solo pudo tomar nuevamente sus labios, queriendo reducir el espacio entre ellos de cualquier forma.
El constante contacto hizo que nuevamente volviera a sangrar pero eso no le importó a Alastor en lo más mínimo.  Sin embargo, para Charlie el sabor parecía haberse convertido en su nueva droga, besándolo con más ahínco y casi empujando al obispo para obtener mucho más de él.
—Charlie —apenas pudo decir, preso del calor que sentía en ese momento y mareado por el placer—... Querida, estoy…
Eso sonó como una especie de advertencia a medias, ella lo sabía especialmente porque sus brazos seguían atados por detrás de su cabeza, besando cada parte de su rostro y su cuello, dejando varias marcas visibles sobre él. Era claro que le pedía que le soltara, pero Charlie no estaba dispuesta a eso, por eso afianzó sus piernas detrás de su cadera, evitando cualquier posibilidad de que se alejara.
—Dentro… por favor, hazlo dentro…
Las palabras de Charlie hicieron que el corazón de Alastor se detuviera por un instante. La solicitud lo tomó desprevenido, provocando que su propio orgasmo llegara demasiado pronto, aferrándose a ella mientras jadeaba contra su oído y sintiendo al mismo tiempo como las paredes internas de Charlie se contraían alrededor de él.
Ambos se abrazaron contra el otro por el tiempo que duró su orgasmo, respirando copiosamente en busca del aire que les faltaba. Cuando Alastor se incorporó para salir de su interior, noto el pequeño desastre que era ella debajo de su persona. Sus cabellos largos desparramados sobre el suelo, su mirada llorosa y su boca entreabierta, su lencería desacomodada y húmeda, producto de su propio clímax, y no entendió el porqué, pero en Alastor se consolidó la idea de que nadie más podía presenciar aquella imagen que estaba frente así. Aquella imagen descompuesta de Charlie, consumida por el placer, era algo que no quería compartir con nadie más, teniendo el pensamiento de que debía ser el único que pudiera verlo. Un deseo completamente egoísta teniendo en cuenta que estaba atado a no poder ofrecerle ninguna unión formal debido a sus votos. Sin embargo, el solo hecho de que alguien pudiera verla así le sirvió la sangre de un modo que no sintió jamás, logrando que mordiera el borde su hombro, dejando una marca que claramente no iba desaparecer en mucho tiempo. Charlie se quejó un poco, por la repentina acción, pero no le desagrado, es más, amaba cuando hacía eso.
Porque estaba llevando en su cuerpo los recuerdos de lo que habían hecho, y no podía negar el morbo que eso le generaba.
—Tendré que usar mucho maquillaje para que no se note estos días —comentó ella con una ligera risa. Más Alastor no parecía estar muy de acuerdo.
—Es una completa lástima, sería un verdadero gusto que los demás vieran que no estás disponible de ninguna forma —mencionó este mientras repasaba la marca con la ñema de sus dedos, logrando un escalofrío en ella—. Pero como esto sigue siendo nuestro pequeño secreto, te recompensare con algo.
Eso llamo la atención de Charlie, quien ladeo un poco la cabeza, curiosa.
—¿Que piensas hacer? —pregunto.
Alastor se rió, esbozando una expresión maliciosa.
—Ya lo verás.
A la mañana siguiente apareció en la puerta de la iglesia un comunicado público que causó revuelo en toda la comunidad. El cartel, escrito con letras grandes y llamativas, indicaba que la señorita Minzy Jones se consideraba una persona no grata por incitar actos inmorales que podían dañar a la comunidad. La noticia se esparció como pólvora, y el escándalo no tardó en escalar; la afamada dueña del cabaret tuvo que realizar un repentino viaje fuera del pueblo, con miras a no volver en una larga temporada.
A unos metros de la colina, en una pequeña cartelera informativa, Ángel dio un silbido asombrado mientras observaba el anuncio publicado. A su lado estaba Charlie con toda su cara roja por la vergüenza, quien no se veía en condiciones de decir nada.
Estaba feliz por dentro, pero aquello había sido excesivo. Jamás pensó que Alastor haría algo como eso, aunque quizás debería estar feliz porque el problema se resolvió desde la raíz.
Aún así, no podía evitar escapar de la burla inclemente de su amigo, que estaba sobrecargado contra su cabeza, disfrutando del espectáculo generado por el obispo gracias a sus intrepidas acciones llenas de celos.
—Vaya, parece que esa lencería sí tuvo un gran efecto —dijo Ángel y como muchas veces, Charlie solo quería que la tierra la tragara.

Divino pecadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora