XXVI

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Mientras conducía de nuevo en dirección a la iglesia, la mente de Alastor iba a mil por hora. Estaba dividido.

Habían pasado por su cabeza miles de escenarios qué explicaban las razones o motivos por los cuales Charlie podría haber decidido alejarse de él, uno más catastrófico o despreciativo que el otro, no obstante, ningún otro llegó acercarse el plano que podría haber sido similar a la realidad: tenía miedo.

Era algo obvio, no sabía porqué había sido tan estupido al no haberlo considerado antes, ciego por su propia incapacidad de visualizar los sentimientos ajenos.

Ella tenía miedo de las consecuencias sociales que podrían existir si se conocían las verdaderas líneas de su relación, y tal como había mencionado Rosie, las consecuencias emitidas por la sociedad que vivía en comunidad, siendo altamente religiosos y costumbristas, su relación significaba una herejía misma contra la iglesia. Un insulto. Y en muchas veces, eso significaba el rechazo y el desprecio de parte del resto de los habitantes del pueblo, especialmente de las mujeres. En el pasado había escuchado los comentarios ponzoñosos de lo las damas de buena familia que vivían en la zona adinerada del pueblo, hablando sobre las acciones indecorosas de diversas parejas o mujeres que se inmiscuyen en relaciones fuera del matrimonio, pese a tener ya la edad y ciertas libertades para poder hacer lo que ellas desearan. Así de cuadrada estaba la sociedad en donde vivían, y Charlie no debía ser ajena a ese aspecto. Ella era quien más tenía que perder en todo ese asunto, incluso si a él lo degradaban de su posición, podía seguir siendo un miembro distinguido de la iglesia, solo que sería trasladado a otra parroquia mucho más lejana. Como habían hecho con otros casos similares, sometido únicamente a una serie de penitencias que eran nada en comparación del escarmiento social que habían vivido algunas hermanas que habían roto sus votos y decidieron casarse.

Charlie era una escritora maravillosa que tenía todo un camino por delante, un futuro brillante si seguía puliendo sus habilidades, pero aun así había decidido arriesgarlo todo al querer estar a su lado. Era cierto que él había dado el primer paso, pero ella había aceptado sus insinuaciones, porque había visto su deseo en su mirada.

Tenía que hablar con ella de inmediato, decirle que no tenía porqué temer, él arreglaría las cosas. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, lo había estado pensando desde el momento en que sus destinos se hubieran entrelazo a un punto de no retorno y no era un cobarde que se inmiscuye con otros sin asumir sus responsabilidades.

De forma singular, observa como una figura femenina se encuentra esperando a las afueras de la iglesia. Es una figura menuda y morena, de largo cabello negro que Alastor ha visto en algunas oportunidades, aunque jamas había sido de su verdadero interes, a decir verdad, ese tipo de persona le repugnaba en el alma. Se bajó del auto encontrando la faz oscura y embravecida de Vaggie, con paso apresurado recortó la distancia entre ellos, casi como si intentara verse amenazante.

—Buenas tardes, señorita Vagatha, es inesperado verla en este lugar —comentó, pues no era mentira. Cada uno estaba acostumbrado a trabajar en polos completamente diferentes, aunque sus misiones fueran de cierto modo similares.

Colocando sus manos detrás de su espalda, Alastor la encaró y saludó con cortesía, algo que la otra parte no parecía dispuesta a compartir.

—Tenemos que hablar —exigió la institutriz mientras se cruzaba de brazos.

El Obispo la observó por un segundo, analizando sus expresiones, estaba claramente molesta, aunque no podía indicar algún momento en donde su expresión hubiera sido diferente. Le parecía sinceramente lamentable como ciertas personas no controlan sus impulsos y expresiones, dejándose llevar por emociones primitivas como esa.

Divino pecadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora