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.♡ ˖⁠°...Cómo tú no hay nadie. Por eso hice el juramento. De que aunque me falte el aire. Siempre hay un aliento junto a tí °˖♡.



















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Joaquín peinó su cabello hacía atrás. Leía con calma el contrato de venta de la casa de su infancia y, lejos de todas sus expectativas, se sentía tranquilo.

Desde el inicio, desde ese primer recuerdo, el más viejo y borroso, su vida se sentía cómo la insignificante llama de una vela. Ilumina con escasez y muchos no se preocupan si está encendida ó apagada si no la necesitan. Recuerda los múltiples intentos de apagarla, soplidos insistentes, sacudidas, frío, agua, incluso poner un vaso para extinguir su luz.

Resistió. Luchó hasta que la cera se consumió por completo y ya era hora de apagarse. Ya no había un hilo del cuál aferrarse para seguir encendida. Dejaría un rastro de su paso en ésta tierra, un vestigio en la mente de quiénes pudieron ver por su luz.

Y cuándo se extinguió, todo fué oscuro y frío. Sentía que su cuerpo se derretía y poco a poco el calor lo abandonó. Era el fin.

Fué cuándo la calidez lo envolvió. Un abrazo firme, que logró derretir toda la cera que tanto se había endurecido, ocultando esos restos de hilo. Todo fué cálido otra vez, de golpe se convertía en una gran fogata, dejando atrás la cera, la quietud, el temor de ser frágil y temporal.

- Para tí, mami. - Joaquín volteó cuándo sintió que tiraban de su ropa. Abdiel le extendía una flor amarilla -. La saqué del jardín.

Dejó de depender sólo de sí mismo, ahora tenía leña constante que le recordaba mantenerse ardiendo y vivo.

- Qué bella, cachorro. - Joaquín le sonrió con suavidad tomando la flor y dejándola sobre la mesa. El Omega sujetó a su cachorro por debajo de sus bracitos y lo colocó sobre la mesa -. Sabías que te amo mucho, ¿verdad?

Ya no iluminaba escasamente. Podía dar calor, luz, tenía movimiento y muchos podrían decir que era hermoso para admirar.

- Sip. ¡Desde la luna ida y vuelta! - Abdiel alzó su manitas. Joaquín le hizo cosquillas causando una linda carcajada. Abdiel suspiró al dejar de reír y llevó sus deditos a la cara de su madre -. Eres precioso, mami. - Joaquín suspiró.

Y cuándo se consumía, no tenía que temer.

- ¡Hey! Esas son mis líneas, cachorro. - protestó Emilio entrando al comedor.

Confiaba que habría alguien que aviaria sus brasas, para que nunca se conviertan en cenizas.

Emilio llegó hasta ellos. Se inclinó para darle un besito a su Omega y luego levantar a su hijo.

ALATZ II // Adaptación Emiliaco OmegaverseHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora