Capítulo 33.

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Arleth.

En mi mente sólo se repite una idea, no vuelven a tocar a uno de los míos. No sin que yo puedo hacer algo para contrarrestarlo. No me gusta pensar que aquello que más amo sea dañado.

Me quitaron a Tim por confiar en quien no debía. Tal vez suene paranoico o algo salido del dolor que terminará en fracaso, pero no me veo como eso. No tengo un solo deseo de verme en el suelo de nuevo. Probé el dolor en el corazón y es peor que someterme a cualquier cosa.

Me integran cómo principiante en otro grupo, mientras el nuevo llega. Debo seguirles el paso. Es la única orden.

Nos obligan a recorrer grandes distancias para poner a prueba nuestra resistencia. Mi cuerpo me pide detenerme por un instante, aunque el dolor en los tobillos, no le basta a nadie para detenerse. Veía documentales de ejércitos en el televisor y ahora eso lo veo como algo más simple, porque ahí no te hacían seguir aún sin que pudieras.

Detonaciones estallan en mis oídos, fuertes voces me cortan el silencio muy de cerca y sólo puedo continuar. Sin quejas. Sin ningún reclamo o intento de descanso. Dos días en los que termino mi día con dolor muscular. Mi más grande deseo es que el nuevo grupo sea tratado con más humanidad.

Mis brazos no desean hacer más que seguir abrazando a mi almohada. No es cómoda la cama, pero es mejor que comenzar con el frío de la madrugada, sin ni siquiera tener una alarma diferente al golpeteo en las puertas.

Casi nunca me despertaba a las cinco de la mañana para pasarelas o ensayos, pero las recientes semanas, fue Gavrel quién me acostumbró a estar de pie a esa hora. No hubo un solo día en el que estaba en la cama a esa hora, y por ello antes de el ruido molesto llegue a mis oídos, ya estoy ajustando mis botas, porque tenis no los siento ideales para lo que haremos. El grupo al cual me integrarán se sumó en horas de la noche, así que no conozco a nadie.

Las chicas que se despiertan de golpe me encuentran preparada. Aunque jamás me imaginé vistiendo algo simple, cómo lo es la remera gris y el camuflado oscuro que es lo único que se ajusta a mi cintura.

Moldeo el atuendo; cambio la remera por un deportivo y le añado una campera que me protege del frío en lugar del abrigo grueso sin vida que cargan todos. El rosa de la tela logra que todos me vean cómo si fuera un bicho raro. Tal vez lo sea. Camino entre todos sin importar si creen que perdí la cabeza. No vine a encajar, quiero dejar de sentir que soy una tonta oveja entre una jauría de lobos.

No nací sólo para ser la protegida de todos.

__ Olviden el mundo, porque justo ahora el mundo se olvidó de ustedes - Zinov es más cruel que mi primer instructor. - Aquí y ahora son nadie. Hacerse de un nombre y cambiar depende únicamente de cada uno. Suelen decir que si fallas, aprendes, te levantas e intentas otra vez - toma aire -. Aquí no hay fallas. No hay caídos. - cierro mi campera y el ruido hace que todos me vean, «¿otra cosa, Arleth?». - Sí deciden renunciar, no te conoció nadie de los que se quedan. Dejas de existir.

Ser insignificante nunca me pareció uno de mis destinos. Si existo en otros universos espero que esa Arleth también piense cómo yo. Porque no me pienso rendir.

Escucho todo lo que tienen para decir, sea algo muy crudo, con descripciones que me comprimen el estómago o simples intentos por intimidar que surten efecto. Porque admito que me da miedo lo que me espera estos meses, y aún así quiero hacerlo.

Creí que el primer nivel era simple información, aunque al ver lo que tengo frente a mí me doy cuenta de que no es así. Zinov no parece un profesor con paciencia, sino sacado de una película de guerras. Nos muestra armas de todo tipo; desde cuchillos afilados hasta pequeñas pistolas. La intensidad de los entrenamientos físicos es brutal, pero rápidamente aprendo el funcionamiento de cada uno.

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