Capítulo 34.

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Gavrel.

Los gritos de las tres mujeres se elevan hasta provocar un dolor molesto en mis oídos. Arleth se quita los auriculares de oreja de gato y corre con los brazos en alto. No sé cómo diablos soporto tal tontería, menos cuando una serie de brinquitos surge en su festejo por volver a estar juntas.

Llaman la atención de todos y no les importa crear un alboroto que se extiende al abrazarse como locas sin remedio.

No pudieron esperar a que llegáramos a la casa de la salvaje. Tuvieron que venir al aeropuerto.

Alaban el físico de Arleth, quien no oculta la emoción ante cada uno. Lo presume y ante los comentarios de sus primas viéndole el culo, dejo de querer entender qué demonios han compartido para que eso sea lo menos extraño entre ellas.

__ Necesito saberlo todo- le dice la doctora. -Dime qué pasó, cuándo pasó y con quién. Con detalles exagerados.

__Ya reservamos cita en el Spa para ponernos al día-, paso de la rubia que come gomas de regaliz-. Un paquete completo, necesitamos tiempo para las tres.

__ Son muchas semanas para resumir- replica la modelo mirándome de reojo, en lo que dos voiny ada cargan nuestras maletas. -Pero...traje muchas anécdotas y espero que ustedes también. Y por favor, Cristal, que las Connoradas ya acaben. Eso de follar en lugares públicos no es de Dios.

Escucho un titubeo.

__Tampoco en un convento, Katia-, confirmo con ello que una está más loca que la otra. -Iban a trabajar, no a grabar una película de adultos con producción celestial.

Suficientes detalles para mí. Más del doctor que se supone que debe estar con los ojos en su trabajo, no en cogerse a la hija de Marcus.

__¿No te parece que carga demasiada seguridad?-, inquiere la rubia al ver a los hombres que nos esperan-. He visto series colombianas y solo los narcotraficantes se mueven así.

__Es un chef famoso- escucho a Arleth, mientras cuelga los auriculares en su maleta-. Debe limitar quienes tienen acceso a él. Mejor dime ¿qué debo esperar de las connoradas y de las Amiretas?

No se me da la gana quedarme a escuchar tal cosa cuando me aparto del grupo que aborda las camionetas, para atender la llamada de mi padre que me indica que está por viajar hacia New York.

Algo me dice que las cosas en Manhattan no están tan bien como se esperaría y espero equivocarme, pero sé que no será así. Los dueños de ese lugar son conocidos por evitar los problemas, pero las revueltas siempre buscan y ellos no les gusta ser de los que se esconden.

__Irás conmigo-, determina sin esperar a que me niegue-. Entraremos a una oficina gubernamental.

__¿Cuál?

Su respuesta me hace alzar la ceja. Sus alcances ya no me sorprenden y si esto es lo que quiere hacer, sus razones tendrá. Pero lo que me genera interés es que quiera llevarme con él, ya que las reuniones en esa ciudad, mayormente no requieren ningún tipo de intervención.

__¿Cuando?-, su respuesta no tarda en llegar y por ello sé que tengo poco tiempo. Arleth se quita la campera y la figura que ahora posee no refleja lo mismo que cuando nos marchamos.

Adquirió fuerza.

En la postura, en la forma de caminar, en los gestos que ahora son más sagaces. No titubea tanto, aunque siga diciendo cosas que me hacen preguntarme si recibió alguna clase de eso.

Pero esa soberanía instalada en cómo cuida hasta de mantener la cabeza en alto se le nota en los hombros, en la cintura más firme, en la manera en que se quita la campera y la coloca de manera correcta, sin tantos malabares en su brazo, como si nada en el mundo pudiera tocarla sin su consentimiento.

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