Arleth.
Mis pies tocan el suelo de madera cuando me bajo de la camilla de masaje, aseguro mi bata y me convenzo que esto era lo que necesitaba para quitarme el estrés. Mi espalda se siente ligera y qué decir de mis extremidades...
Todo se siente genial, luego de tener a un gigante de acero gritándome órdenes desde temprano, ahora dormí sin interrupciones, pese a dormir con otras dos desquiciadas que querían saber todo de mi retiro.
No me costó inventar sobre un sitio diferente al campo de entrenamiento en el que estuve. Y no cuestionaron porque se escuchó muy creíble cada detalle de aquel supuesto "retiro espiritual" en una finca ecológica, rodeada de gente que "respiraba al ritmo de los árboles".
No tienen idea que los árboles eran de cemento y los únicos que respiraban eran los que no colapsaban después de las prácticas.
Me miro al espejo del spa mientras recojo mi cabello. Mis mejillas están algo más rosadas, los labios rellenos de bálsamo y los músculos del cuello...están relajados. Al fin después de estar en el infierno de hielo. Un milagro necesario luego de pasar días entre comandos y la voz de Dwayne Johnson, versión rusa, ladrando cosas como "más rápido", "otra vez", "suelta esa arma si vas a llorar" cada vez que me veía.
La ternura hecha persona, claramente. Comienzo a creer que sí me odiaba de verdad.
Suspiro y me echo agua termal en el rostro. «Esto sí que es vida». Pijamada, exfoliación, masajes, y por primera vez en semanas... silencio.
Aunque no dura mucho. Escucho a Cristal llamarme desde afuera diciendo que están eligiendo colores de esmalte para las uñas. Que me apresure porque quiere seguir hablando "del hombre que más odia".
__ ¡Dame cinco minutos! -respondo, colocándome las pantuflas de conejitos-. ¡Y no quiero escuchar que estrenaron otro lugar en la ciudad. Solo un poco de pudor pido.
Ella se ríe al verme llegar y escucho a Katia decir algo sobre querer quedarse a vivir en el Spa, como si se pudiera.
Ya pregunté y no tienen paquetes que incluyan quedarse a vivir.
Me siento frente a la chica con polo blanca y sonrisa angelical, con el teléfono la mano. Reviso si hay mensajes.
Pero nada.
El ruso no ha respondido desde que dije que pasaré la noche con las chicas.
Frunzo el ceño.
¿Tan molesto está o está ocupado con su extensa lista de socios? Difícil saberlo.
Aun así, escribo algo simple.
«"¿Vas bien?"»
No quiero ser melosa.
Si hackean el teléfono, no quiero que filtren mis mensajes de idiota enamorada con gifs de ositos.
Porque aunque no se lo diga... me hace falta el desgraciado.
Y odio admitirlo, pero en las horas que me quedan aquí, lo quiero cerca. Que me enoje. Que me contradiga. Que me mire como si todo lo que existe fuera una interrupción innecesaria entre su boca y la mía.
__ Ya suelta ese teléfono -me lo arrebata Katia, sin disimular su hartazgo-. No se va a morir si no lo ves por unas horas.
__Lo dudo -mascullo, dejándome caer en el sillón otra vez para ceder mis manos a la chica.
Odio sentirme tan incompleta sin él. Como si algo no encajara del todo cuando no está.
__¿Dónde nos quedamos? -pregunto para distraerme, cruzando las piernas y acomodándome la bata del nudo extra.
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Wildness
RomansaUn error, dos días, tres caprichos. Una equivocación lleva a Gavrel con alguien diferente a lo que pensó. Sin preguntas, sin nombres, ni vida además de la que coinciden esos dos días, en los cuales el desenfreno es el único protagonista de sus deseo...
