Gavrel.
Salir de Torre Ebonhart no es permitido si un desafío está en proceso, por lo que accedo a acompañar a la mujer que nos dirige a Arleth y a mí hacia una habitación en el tercer nivel, mientras escucho entre las servidumbre que se comenta de la pelea.
Aunque hablen diferentes idiomas es más de lo mismo. Saben que uno de nosotros está destinado a morir por manos del otro desde el momento en el que esa moneda y el anillo tocaron la mesa.
Ambos son la última ofrenda que pasan a manos del que sobreviva, como trofeo o recordatorio de la sangre derramada.
Es una promesa eterna que una vez dados, el duelo es inevitable, aunque pasen días o años; el anillo con el sello de cada familia es la garantía física de esa promesa y la moneda paga el precio de la vida o la muerte. Según sus leyes, representa que uno de los dos pagará con su vida; como si fuese la "moneda" que el ganador cobrará.
Los Zharod tienen muchas de ellas exhibidas. Cada líder ha tomado tantas como para que mi mente repita lo leído.
Envío un mensaje para quiénes deben servir como testigos, y todos me avisan que están en camino para cubrir todos los lugares que debe sellar cada contendiente. pues el ritual es tan rígido que ninguna regla se debe romper hasta la pelea. Allí no existirá ninguna.
Apenas se cierra la puerta me quito el saco que dejo sobre el perchero, abriendo la camisa para quitarla también. Necesito una ducha que me quite el calor que tengo desde que puse un pie en la Torre Ebonhart, pero ver a Arleth con la vista perdida sobre mí me hace detenerme.
__ ¿Qué mortifica esa cabeza, Salvaje?- levanto su barbilla para besarle la boca.
__ ¿Es a muerte?- rodeo la cintura que pego a mi torso, mientras vuelvo a su boca. -¿Muerte de verdad?
__ ¿Te preocupo?- asiente una vez y sin intención de detenerlo me río al volver a besarla.
Me responde lentamente, como si con ese acto pudiera fundirse conmigo.
__ Nadie debe apagar esa mirada, bonita salvaje- mis labios rozan los suyos, pero es ella quién captura los míos en un desborde de adrenalina que sé cómo se siente y la forma en la que quiere deshacerse de ella.
Me deshago de su camisa. Sé que debe doler aún de la follada de horas atrás, pero necesito sentirla. Me he hecho adicto a una sola cosa y por desatinada que sea, es ella.
«Arleth Ambrosetti»
Despunto sus vaqueros en cuanto llego a la ducha con ella prendida de mi boca. No me cuesta nada sujetarla mientras arrastro con una mano las bragas que caen al suelo junto a mi pantalón, antes de ubicarme en su entrada y hundirme en esa abertura que hace colapsar mi mente al pensar solo en embestir el orificio pequeño que me hace gruñir al sentir como se expande para recibir cada estocada.
Arleth se aferra a mi cuello, se mueve de arriba a abajo, clavándose la erección ella misma en un ritmo urgido. Mis manos sostienen sus piernas, asegurando su estabilidad, mientras yo tomo el control de la embestida, empujándola y atrayéndola a mi polla que se baña con el néctar que brota de la vagina ardiente de una modelo que ni siquiera sabe lo que realmente veo en ella.
Saboteo sus orgasmos, la frustro y vuelvo a llevarla al límite, mientras el agua corre por nuestros cuerpos.
La presión de mis manos en sus caderas se vuelve casi brutal, aprieto con fuerza cada vez que me hundo más profundo, dominando su cuerpo como si fuera una extensión de mí mismo. Siento su piel temblar bajo mis dedos, su cuerpo vibrando con cada embestida.
__ ¿Duele?- asiente buscando mi boca. -Que masoquista eres- se la entierro completa, sin entender cómo puede hacerme desear esto a cada momento.
__ Me gusta mucho -salta más rápido. -Mucho, Gavrel.
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Wildness
RomansaUn error, dos días, tres caprichos. Una equivocación lleva a Gavrel con alguien diferente a lo que pensó. Sin preguntas, sin nombres, ni vida además de la que coinciden esos dos días, en los cuales el desenfreno es el único protagonista de sus deseo...
