El sonido metálico del pestillo resonó con un clic hueco, casi ahogado por el zumbido de los fluorescentes del baño. Dimebag se lavaba las manos frente al espejo, su rostro parcialmente oculto por los rizos mojados que caían sobre su frente. A esa hora, el baño del ala este solía estar vacío, y eso era justo lo que necesitaba: un minuto de paz.
No escuchó los pasos hasta que fue demasiado tarde.
—Miren a quién tenemos aquí —dijo una voz burlona detrás de él.
Dimebag levantó la vista y se encontró con el reflejo de tres figuras conocidas. Brad, Kyle y Trevor: tres idiotas que se creían dueños del mundo porque jugaban fútbol americano y tenían los cerebros completamente desactivados.
—¿No te enseñaron a pedir permiso para usar el baño de los normales? —se burló Kyle, cerrando la puerta detrás de él con una patada.
—Miren esos rizos —rió Brad—. ¿Te haces permanente o naciste así de ridículo?
Dimebag retrocedió lentamente.
—Déjenme en paz, no tengo tiempo para sus juegos.
—Oh, claro que sí —dijo Trevor, y de inmediato lo empujó contra los lavabos.
El golpe retumbó con un estruendo sordo. Dimebag apenas tuvo tiempo de girarse cuando el primer puñetazo le dio en el estómago. El aire se le escapó en un gemido ahogado.
Lo rodearon, lanzando golpes como si fueran parte de un entrenamiento. Uno al hombro, otro a la mandíbula, una patada a la pierna. Mientras lo insultaban, se reían. Le llamaban cosas que había oído mil veces, pero que ahora, con cada golpe, dolían de otra forma.
—¿Te crees valiente? ¿Crees que eres especial por ir de mártir con Anselmo? —escupió Brad, sujetándolo del cuello de la camiseta.
En uno de los cubículos, alguien estaba. Silencio absoluto dentro. Nadie hablaba ahí. Solo un suave crujido de papel, y el casi imperceptible sonido de una calada siendo inhalada con fuerza.
Phil.
Dimebag no lo sabía, pero Phil lo escuchaba todo.
Estaba de pie, apoyado contra la pared del cubículo más al fondo, con un cigarro a medio consumir entre los labios. Había encendido uno tras otro durante todo el recreo, como hacía cada vez que no quería pensar. Pero esta vez, el humo no le bastaba para ignorar lo que oía.
Los golpes. Las risas. Las frases.
Y la voz de Dimebag, jadeante, sin gritar, sin rogar.
Solo resistiendo.
Phil cerró los ojos con fuerza. Quería no oír. Quería no estar ahí.
Pero entonces escuchó algo.
—¿Qué, esperas que venga tu novio Anselmo a salvarte? —se rió Trevor—. Oh, espera, ya está aquí.
Los chicos se dieron la vuelta cuando Phil abrió la puerta del cubículo. El cigarro aún colgaba de su boca. Su rostro estaba cubierto de sombras bajo la capucha, y caminaba con las manos en los bolsillos.
—Ey, Phil —dijo Brad, con una sonrisa de complicidad—, justo a tiempo. Dale el golpe final a este payaso.
Phil los miró. Luego miró a Dimebag, tirado en el suelo, apoyado contra la pared. Tenía la nariz sangrando y una ceja partida, pero sus ojos, esos ojos azules, seguían fijos en él. No con miedo. Ni siquiera con esperanza. Solo... observando. Como si esperara descubrir qué clase de persona era Phil en ese momento.
—Vamos, hombre —dijo Kyle, dándole una palmada en el hombro—. Si no lo haces tú, lo rematamos nosotros.
Phil no se movió.
El cigarro cayó al suelo.
Dio un paso al frente.
Trevor se rió.
—Vamos, ¿quieres hacer historia? Golpéalo tú. Así aprend...
El puño de Phil voló más rápido de lo que nadie pudo prever. Pero no fue hacia Dimebag.
Impactó directamente en la mandíbula de Brad, quien cayó hacia atrás con un sonido seco, tropezando con un cubículo.
—¡¿Qué carajo?! —gritó Kyle, retrocediendo.
—Salgan de aquí —murmuró Phil, con voz baja, densa como tormenta.
—¿Estás loco?
—¡He dicho que se vayan!
Trevor dudó, pero luego sujetó a Brad, que aún se quejaba en el suelo, y los tres salieron a empujones, maldiciendo.
El silencio volvió al baño.
Phil se quedó quieto unos segundos, respirando hondo. Luego bajó la vista hacia Dimebag. Caminó hasta él. Se agachó lentamente.
—¿Estás bien?
Dimebag lo miró con una ceja arqueada, pese a la sangre en su cara.
—¿Te importa?
Phil tragó saliva.
—No lo sé.
Se sentó en el suelo, junto a él. El cigarro aún humeaba cerca de sus botas.
Dimebag se limpió la nariz con la manga.
—Tardaste mucho en decidirte.
—Sí.
—¿Te costó elegir a quién partirle la cara?
—Sí.
Phil no sonreía. No bromeaba. Estaba tan confundido como molesto consigo mismo.
—¿Por qué no gritaste? —preguntó, mirando al frente.
—¿Para qué? —respondió Dimebag—. Nadie escucha. Nadie hace nada.
Phil bajó la cabeza.
—Yo estaba ahí. Escuché todo. Y no hice nada.
Dimebag asintió despacio.
—Hasta que hiciste algo.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso. Lleno de cosas no dichas.
—¿Por qué te importó ahora? —preguntó Dimebag, girando el rostro hacia él.
Phil pensó durante varios segundos. Luego se encogió de hombros.
—No lo se.
Dimebag lo observó un momento.
—Vas a tener que dejar de fingir que no tienes alma, Phil.
Phil frunció el ceño.
—No tengo alma.
—Sí la tienes. Solo que está oxidada.
Phil soltó una risa seca.
—Eres un idiota, Diamond.
Dimebag chasqueó la lengua.
—No es Diamond. Es Darrell.
—Para mí es Diamond —replicó Phil.
Y por primera vez, lo dijo sin confundirse.
Lo dijo con una media sonrisa cansada, que desapareció tan pronto como llegó.
Dimebag le devolvió la mirada, dolido pero firme.
Y durante ese instante, ambos supieron que algo había cambiado. No se llamaba amistad. No se llamaba perdón.
Pero era un comienzo.
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Crazy Diamond (Philebag)
Fiksi PenggemarPantera (Phil x Dimebag). CREDITOS A MAGNETA DRAW POR EL FANART
