4

20 4 0
                                        

El comedor del instituto era un hervidero de voces, risas, charolas golpeando y bandejas de cartón con comida apenas comestible. Dimebag se abrió paso entre las mesas con su habitual mochila de parches colgada al hombro, y la melena rizada medio recogida. Vinnie ya estaba sentado con Rex, charlando animadamente entre mordiscos de hamburguesa.

—¡Diamond! —gritó Rex con media sonrisa, alzando su brazo para llamar su atención.

Dimebag le lanzó una mirada de advertencia mientras se sentaba.

—No me llames así, hombre.

—Lo siento —dijo Rex, conteniendo la risa—, se me quedó pegado. Suena... brillante.

Vinnie alzó una ceja.

—¿Quién te llamó así?

Dimebag desvió la mirada y se concentró en abrir su caja de jugo.

—Nadie. Da igual.

Rex y Vinnie se intercambiaron una mirada fugaz. Pero el silencio apenas duró unos segundos, porque Dimebag, distraído, escaneaba el comedor con los ojos hasta que se detuvieron en una figura solitaria, en una mesa del fondo, junto a la máquina de sodas.

Phil almorzaba solo.

Tenía los codos sobre la mesa, la capucha a medio subir, y picaba su comida como si fuera una amenaza. Cada tanto, levantaba la vista con aire desafiante, asegurándose de que nadie se le acercara.

—¿Por qué ese idiota siempre parece estar en una película apocalíptica? —murmuró Dimebag, sin pensar.

Vinnie bajó su hamburguesa. Rex entrecerró los ojos.

—¿Y tú por qué lo miras como si quisieras invitarlo al baile de graduación? —bromeó.

Dimebag le lanzó una papa frita.

—¡Cállate!

—Yo no dije nada —dijo Vinnie, alzando las manos—. Pero si te vas a poner a mirar a ese cavernícola como si fuera un cachorrito, al menos disimula.

Dimebag resopló, incómodo. Miró otra vez hacia Phil y, para su sorpresa, vio que este ya lo estaba mirando. El cruce de miradas duró un segundo. Luego Phil volvió a bajar la cabeza.

—Lo voy a invitar a sentarse —dijo Dimebag, poniéndose de pie.

—¿Estás loco? —dijo Vinnie.

—¿Qué estás haciendo, hermano? —añadió Rex, aún más desconcertado.

Pero Dimebag ya caminaba hacia él. Llevaba su charola en la mano, tratando de no pensar demasiado. Cuando llegó a la mesa de Phil, se detuvo frente a él.

Phil levantó los ojos, visiblemente molesto.

—¿Qué?

—¿Puedo sentarme?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no me junto con perdedores.

—Bueno, qué suerte que yo sí —dijo Dimebag, y se sentó sin más.

Phil apretó los dientes, mirando alrededor como si esperara que sus compañeros de siempre aparecieran para burlarse.

—Mira, no necesito que nadie me salve ni me acompañe. ¿Tú qué ganas con esto, quedar bien con el club de los desadaptados?

—No. Solo pensé que sería mejor que comer solo. Pero si prefieres seguir ahí con tu cara de bulldog, adelante.

Phil no respondió. Se limitó a apartar la charola de Dimebag con un gesto tosco. El rizado volvió a mirar a su grupo de amigos desde lejos. Rex y Vinnie lo observaban con expresiones idénticas: incredulidad.

Phil comió en silencio. Dimebag también. No hablaron, pero el hecho de que nadie se levantara hablaba por sí solo.

***

El sol de mediodía brillaba con fuerza en el patio del instituto, y los estudiantes aprovechaban el receso para vaguear, intercambiar chismes o simplemente respirar sin pensar en ecuaciones ni guerras mundiales.

Dimebag estaba junto a su casillero, buscando un marcador para terminar un esquema para Historia, cuando notó una sombra detrás de él.

Antes de que pudiera girarse, una mano se estrelló contra la taquilla, atrapándolo entre el metal y el cuerpo de Phil.

—¿Qué hiciste?

Dimebag giró lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Le dijiste a la profesora que no hice nada en el trabajo —gruñó Phil—. Te dije que pusieras mi nombre.

—Y yo te dije que eso no era justo —respondió Dimebag con calma.

—Tú no decides lo que es justo.

—No. Pero lo hice igual.

Phil apretó el puño, levantándolo apenas.

—Te crees valiente, ¿eh?

—No me creo nada. Solo no me dejo.

El silencio que siguió fue denso. El puño de Phil temblaba a pocos centímetros del rostro de Dimebag. Pero él no se movió. Lo miraba directamente a los ojos. Azules, firmes, sin miedo.

Phil tragó saliva. Su respiración se hizo más lenta.

Siguió mirando a Dimebag.

Y entonces bajó el brazo.

Un suspiro escapó de sus labios como si acabara de perder una pelea consigo mismo.

—Estás loco —murmuró, y dio un paso atrás.

—Tal vez. Pero no soy un cobarde.

Phil lo miró como si intentara encontrar una grieta en su armadura. No la halló. Se alejó sin decir más, cruzando el patio a grandes zancadas, sin volver la vista atrás.

Dimebag exhaló y se apoyó contra el casillero, cerrando los ojos un segundo. No era el primer encontronazo que tenía en la escuela, pero sí el más extraño. Porque algo en los ojos de Phil había cambiado. No era rabia pura. Era otra cosa. Un borde. Una grieta.

Y aunque no podía explicarlo, Dimebag no sentía miedo. Sentía... curiosidad.

***

—¿Qué fue eso? —preguntó Vinnie más tarde, mientras caminaban juntos de regreso a casa.

—¿Qué fue qué?

—Lo de Phil. Te acorraló. ¿Te iba a golpear?

—Tal vez.

—¿Y no hiciste nada?

—No necesitaba hacer nada.

—¿Desde cuándo tú y ese imbécil son tan cercanos?

—No somos cercanos.

—¡Le cubriste la cara con puré hace dos semanas!

Dimebag rió.

—Sí. Y ahora compartimos almuerzo en silencio. Las cosas cambian.

Vinnie lo miró de reojo, desconcertado.

—Ten cuidado, Dime. No todos los monstruos están solos porque quieren.

Dimebag asintió, aunque no del todo convencido.

Porque había algo en Phil Anselmo que no encajaba del todo. Algo que se revelaba por segundos, entre insultos y gruñidos. Como un ruido de fondo en medio del metal pesado.

Y por alguna razón que no comprendía aún, quería seguir escuchando.

Crazy Diamond (Philebag)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora