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El aula de detención olía a marcador seco y humedad. Las ventanas empañadas hacían que la sala se sintiera aún más gris que de costumbre. Phil se mantenía en silencio, con los brazos cruzados sobre el pupitre y la capucha de su sudadera negra puesta, aunque no estaba lloviendo aún. No tenía ganas de hablar con nadie, y menos de escuchar a la profesora vigilante que hojeaba una revista de jardinería sin prestarle atención a nadie.

Cuando finalmente sonó el timbre final, el sonido agudo lo hizo levantar de golpe. Phil salió sin mirar atrás, empujando la puerta con fuerza, como si el mundo entero fuera culpable de que él estuviera ahí.

Y entonces lo escuchó: el golpeteo constante, rápido y frío de la lluvia cayendo sobre el techo del instituto.

Suspiró. Bajó la mirada al asfalto mojado, al charco que ya se formaba en la mitad del patio. Se subió la capucha por encima de la cabeza y caminó hacia la reja del portón, con las manos en los bolsillos y los auriculares enredados en los dedos. No tenía paraguas. Tampoco le importaba. A veces, empaparse ayudaba a no sentir nada más.

Estaba a punto de cruzar la calle cuando una voz familiar lo alcanzó.

—Oye —dijo Dimebag, suave, casi como si supiera que estaba invadiendo terreno hostil.

Phil giró apenas el rostro, y ahí estaba él: el rizado, con su mochila al hombro y un paraguas grande y negro, sosteniéndolo con torpeza como si apenas supiera usarlo.

Phil apretó los dientes.

—¿Qué quieres?

—Vine a buscarte. Pensé que quizás... —se aclaró la garganta—. Está lloviendo. Puedo acompañarte a casa si quieres.

Phil frunció el ceño, molesto. Siempre molesto. Con él, con la lluvia, con la profesora de detención, con todo.

—No necesito tu ayuda.

—Lo sé.

—Entonces no la ofrezcas.

Dio media vuelta y cruzó la calle bajo la lluvia, sin mirar atrás. La capucha ya estaba empapada, pegada a su cabello, y cada paso que daba salpicaba más de lo que secaba. Pero no se detuvo. No podía hacerlo. Aceptar ayuda sería... perder.

Pero los pasos detrás de él no cesaron.

—Dije que no, ¿no escuchaste? —gruñó Phil, volteando a medias.

—Y yo dije que lo sé —respondió Dimebag con calma, caminando a su lado—. Pero no me importa. No me voy a ir.

Phil lo miró de reojo. Estaba completamente cubierto por el paraguas, sus rizos asomando por debajo, y el maldito seguía caminando como si nada. Como si no fuera extraño. Como si no fuera peligroso.

—Eres un idiota —dijo sin mirarlo directamente.

—Ya me lo han dicho antes —respondió Darrell con una media sonrisa.

Caminaron unos metros más, en silencio. Phil seguía empapado, pero ahora el paraguas cubría parte de su hombro. Dimebag, sin decir nada, se inclinó un poco para compartirlo más.

—No tienes que hacer esto —murmuró Phil, sin saber por qué lo decía.

—No lo hago porque tenga que hacerlo.

—Entonces ¿por qué?

Darrell pensó un segundo. No quería asustarlo. No quería empujar. Solo quería estar ahí.

—Porque estás solo. Y sé cómo se siente eso.

Phil no respondió. Siguió caminando, más lento. Las gotas golpeaban el paraguas con un ritmo constante, como un tambor lejano. En algún momento, se dio cuenta de que sus pasos se estaban alineando con los de Darrell.

Cuando llegaron a una esquina, Phil giró y caminó por una calle lateral más angosta. Casas bajas, autos viejos en los garajes, ropa colgada en balcones techados. Dimebag levantó las cejas.

—¿Vives por aquí?

Phil no respondió de inmediato. Luego asintió.

—Sí. A una cuadra.

—Yo también.

Eso sí lo hizo girar.

—¿Qué?

—Mi casa está a unas cuadras al norte. Cruzando la avenida. Nunca te vi por aquí.

—Tampoco yo a ti.

—Tal vez nunca nos fijamos.

Phil hizo una mueca, pero no dijo nada más. Siguieron caminando, mojados hasta los tobillos, compartiendo ese pequeño refugio de lona negra como si fuera una tregua tácita. No amigos. No enemigos. Solo dos chicos bajo la lluvia, sobreviviendo juntos.

Cuando llegaron a la puerta de la casa de Phil, él se detuvo y se volvió hacia Darrell.

—Ya llegué. Puedes irte.

Dimebag lo miró, con los rizos chorreando agua y el paraguas inclinado hacia él.

—¿Estás bien?

Phil entrecerró los ojos.

—¿Por qué sigues preguntando eso?

—Porque quiero saberlo.

Silencio. Phil bajó la vista. Sus zapatos chorreaban. Sus hombros estaban tensos. La casa detrás de él se veía apagada. Cerrada. Como si no quisiera que nadie entrara.

—No lo sé —respondió, al fin.

Dimebag asintió. No dijo nada más. Le dejó el paraguas en la mano.

—Quédate con esto. Yo corro a casa. Total, ya estoy medio empapado.

Phil lo miró como si fuera imposible de comprender.

—¿Y si no te lo devuelvo?

—No me importa. No era tan bueno.

Dio unos pasos hacia atrás, bajó la cabeza como despedida, y salió corriendo bajo la lluvia.

Phil se quedó ahí, con el paraguas en la mano, el agua escurriéndole por la cara y la garganta apretada por una sensación que no supo nombrar.

Abrió la puerta de su casa y entró. El silencio lo recibió como siempre. Pero esa vez, con el paraguas goteando entre sus dedos, algo era distinto.

Tal vez no del todo. Tal vez apenas un poco. Pero lo suficiente.

Crazy Diamond (Philebag)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora