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El sol pegaba fuerte sobre la cancha de atletismo, y el silbato del profesor de educación física chilló por tercera vez. Todos estaban terminando los estiramientos. Rex Brown giraba el torso con desgano mientras miraba de reojo a Phil, que hacía rotaciones de cuello como si quisiera desprendérselo.
-¿Entonces qué pasó con el rizadito? -preguntó Rex, bajando la voz. Su tono era burlón, pero no del todo cruel-. ¿Te lloró? ¿Te reclamó fidelidad?
Phil exhaló por la nariz y negó con la cabeza.
-No lloró... pero casi.
Rex soltó una risa seca.
-Hombre, eso suena a pelea de pareja. ¿Dijo algo como "por qué no me presentas con tus amigos"?
Phil lo miró con fastidio.
-Dijo que no sabía qué éramos. Que si amigos, o qué. Que por qué me portaba como si me importara y después lo ignoraba. Lo de siempre.
-Eso no suena a "lo de siempre", cabrón. Suena a que el niño se enganchó.
-¡No se enganchó!-masculló Phil, irritado.
Rex se encogió de hombros con una media sonrisa.
-Mira, si te importa como amigo, díselo. Y si no, también. Pero no lo tengas ahí colgado. Nadie es tan fuerte para aguantarse todo eso sin enredarse un poco.
Phil lo miró de reojo.
-No está colgado.
Rex se inclinó hacia él como si compartiera un secreto.
-Claro que no... solo se mete al baño contigo, te sigue como cachorro, y se le nota hasta en los rizos que no entiende qué carajos pasa. No está colgado para nada.
Phil rodó los ojos.
-Tú no entiendes.
-No, bro. Tú no entiendes. El tipo te tiene en una repisa rara. Si no vas a estar ahí, mejor que sepa con qué contar.
El profesor gritó que todos empezaran a trotar, pero las palabras de Rex se quedaron en la cabeza de Phil como un pitido persistente.
Mientras tanto, Dimebag estaba sentado en la penúltima fila de historia, con el codo sobre el pupitre y el rostro medio hundido en la mano. La profesora hablaba sobre la Guerra de Corea con desgano, y el salón estaba sumido en ese murmullo blando de tiza y bostezos.
Entonces escuchó detrás suyo una voz muy clara:
-No, Phil Anselmo era lo peor. O sea, buenísimo en la cama, eso sí. Pero loco. De verdad.
Dimebag parpadeó. Se tensó. No quería escuchar... pero sus oídos se quedaron abiertos sin que pudiera evitarlo.
-Susan, ¿de verdad era tan mal novio? -preguntó la otra chica, con tono entre chisme y horror.
-Peor. Imagínate que un día me llevó a una fiesta, me dejó sola, se fue con otra, y cuando le reclamé me dijo que no éramos "nada serio". Y eso fue después de estar juntos ocho meses.
La otra chica hizo un sonido escandalizado.
-¡Qué idiota!
-Y era celoso también. Pero no en plan romántico. En plan de "no quiero que nadie te mire, pero tampoco te quiero tanto". Como... posesivo, ¿sabes?
Darrell apretó los labios. Susan. Claro. La reina de las porristas. De ojos verdes y uñas perfectas. Nunca la había oído hablar así de él. Y nunca había querido saberlo, realmente.
-Una vez -siguió Susan, ya en modo show completo-, le dije que lo quería. ¿Sabes qué me respondió?
-¿Qué?
-"No digas esas cosas, Susan, me haces sentir atrapado".
Ambas se rieron bajito, pero Darrell ya no escuchaba más. El zumbido en sus oídos se mezclaba con el punzón incómodo en su estómago.
Volvió a mirar al frente, pero no podía concentrarse. El lápiz entre sus dedos giraba sin control. Pensaba en la tarde en la que Phil le ofreció cerveza con esa sonrisa ladeada. Pensaba en cómo le tocó la boca en el baño. Pensaba en la forma en que lo llamaba "Diamond", como si se lo tomara a broma.
¿Y si Rex tenía razón? ¿Y si para Phil esto era solo un juego de control? ¿Un patrón?
Cerró el cuaderno de golpe y apoyó la frente en el pupitre. El mundo se sentía de pronto demasiado grande para entenderlo.

Crazy Diamond (Philebag)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora