9

19 3 0
                                        

Diamond caminaba por el pasillo con la mochila colgando de un solo hombro, arrastrando los pies como cada mañana. El timbre había sonado hacía unos minutos, pero no tenía prisa. Nunca la tenía. Se detenía a veces a ver los carteles viejos en las paredes o a patear algún lápiz tirado por ahí.

Justo cuando iba a doblar hacia su salón, una mano lo tomó del brazo con fuerza.

—¡Eh! —protestó.

Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba siendo jalado con rapidez hacia los baños de varones. La puerta se cerró con un portazo y lo siguiente que supo fue que lo empujaban dentro de uno de los cubículos.

—¡¿Qué haces?! —balbuceó, tropezando hacia atrás, con la mochila chocando contra el inodoro cerrado.

Phil lo había metido ahí. Cerró el pestillo de golpe y se recargó contra la puerta. El espacio era tan estrecho que ambos estaban casi pecho con pecho, y Dimebag sintió cómo el calor le subía al rostro de inmediato.

—¿Estás loco? —murmuró, bajando la voz sin saber por qué, tal vez contagiado por la actitud furtiva de Phil—. ¿Por qué me traes aquí?

—Necesito que me cubras.

—¿Qué?

Phil no parecía nervioso. Ni apurado. Solo hablaba en voz baja, su respiración un poco agitada.

—Me voy a largar de aquí. No voy a entrar a clases. Voy a escabullirme por la parte trasera. Necesito que digas que me viste y que entré a química o lo que sea. Invéntate algo.

Diamond lo miraba con los ojos muy abiertos, sin poder concentrarse del todo en lo que decía. Tenía a Phil a menos de veinte centímetros, sus hombros amplios casi bloqueando toda la salida. El olor a lluvia de ayer aún parecía pegarse a su sudadera, mezclado con algo más.

—Tú... tú hueles a marihuana —murmuró de repente, más como reflejo nervioso que por otra cosa.

Phil lo miró fijo, y por un segundo sus ojos se cruzaron con los de él. Marrón contra azul. La intensidad le hizo tragar saliva.

—Sí. Y si dices eso en voz alta, te meto dentro del tacho de basura —dijo con media sonrisa torcida.

Dimebag desvió la mirada, con las orejas ardiendo. Sentía su propio corazón demasiado rápido. ¿Por qué se ponía así?

—¿Por qué no me pediste esto antes? ¿Por qué esperaste a secuestrarme?

Phil se encogió de hombros.

—Fue espontáneo.

—¿Siempre eres así?

—Solo cuando me da la gana.

Silencio. El sonido lejano de un balón rebotando en el gimnasio se colaba desde algún punto. Dimebag tragó saliva y se atrevió a mirarlo otra vez.

—Tus ojos son raros —dijo sin pensar.

Phil levantó una ceja.

—¿Raros?

—Sí. Como... enojados. Pero tristes.

Phil lo miró con más atención, pero esta vez no dijo nada. Algo se tensó por un momento entre los dos. No una amenaza. Algo... diferente.

Phil fue el primero en romperlo. Alcanzó el pestillo con una mano y lo deslizó con un clic.

—Nos vemos mañana, Diamond.

Dio un paso atrás y salió del cubículo como si nada, dejando a Dimebag solo, con la mochila torcida y el rostro ardiendo.

Crazy Diamond (Philebag)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora