¡¿Continuación?!

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Jihyo había desaparecido de la vida de todos aquellos que la llegaron a conocer, o al menos eso parecía. Su vida se había vuelto un infierno: todo lo que tenía le había sido arrebatado. El rencor le quemaba las entrañas, y aunque intentaba convencerse de que podía dejarlo atrás, sabía que no era verdad. Quería venganza.

¿La llevaría a cabo? O tal vez viviría con ese veneno para siempre.

En un barrio de Corea del Sur, la lluvia caía con insistencia aquella noche, golpeando con furia los vidrios sucios de la pequeña habitación que Jihyo había conseguido hace mes atrás. Era un edificio viejo, en las afueras de la ciudad. Las cortinas deshilachadas apenas lograban ocultar las luces lejanas de un mundo que ya no le pertenecía. Todo lo que alguna vez fue suyo, dinero, poder, empresas, respeto, se habían desmoronado. Pero lo que más le dolía no era la pérdida de aquello, sino que había sido ella, la mujer a la que alguna vez llamó "madre", quien le arrancó de las manos la última ilusión de tener un lugar en este mundo.

El espejo frente a la cama reflejaba un rostro que apenas ella reconocía. Ojeras marcadas, labios resecos, cabello enredado. Había odio en esos ojos, pero también un dolor tan profundo que parecía no tener fondo.

Se abrazó las rodillas, sintiendo cómo el silencio de la habitación la sofocaba.

"Charlotte...", murmuró entre dientes, casi escupiendo el nombre. El eco de esa palabra le provocaba una punzada en el pecho. "No te bastó con quitarme a Jackson. Te robaste mi única felicidad. Te quedaste con lo que era mío"

Sus dedos se cerraron con fuerza hasta dejar marcas en la piel.

"Y tú...", respiró hondo, recordando el rostro de la mujer que alguna vez había admirado, la madre de Jackson, la que la había hecho creer que la quería como a una hija. "Tú me entregaste todo para después arrancármelo como si yo no valiera nada. Me usaste, me echaste, me dejaste sin nada. Maldita seas", escupió con odio.

El rencor se mezclaba con las lágrimas que corrían sin permiso. Jihyo se levantó bruscamente y pateó una de las sillas que estaba allí, dejándola caer con contra el suelo. La rabia la consumía, quemándole el pecho como fuego.

Continuará...

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(...)

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𝕸𝖎 𝖇𝖔𝖓𝖎𝖙𝖆 𝖞 𝖆𝖉𝖔𝖗𝖆𝖇𝖑𝖊 𝖆𝖟𝖆𝖋𝖆𝖙𝖆Donde viven las historias. Descúbrelo ahora