Dolor (38)

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La tarde del festival del dios celestial parecía eterna.

La aldea vibraba con una alegría contagiosa. El aroma de pan recién horneado y manzanas acarameladas flotaba entre la multitud, mientras comerciantes vestidos con telas coloridas ofrecían reliquias, dulces y fragmentos de historia que brillaban bajo el sol. Faroles tallados con dragones danzaban en lo alto, lanzando sombras juguetonas sobre la piedra. Una música viva rebotaba entre los callejones, mezclada con el tintineo suave de los cascabeles.

Para Gaciel, cada sonido, cada forma, cada emoción era como un primer descubrimiento. Caminaba entre la gente con los ojos muy abiertos, flanqueada por Ylla, que la guiaba con familiaridad, y Luca, que saludaba con energía a todo quien pasara.

Al llegar a la plaza, una fuente fluia lentamente entre el bullicio. Los aromas callejeros del maíz dorado, queso fresco y especias dulces colmaban el ambiente como un dulce paseo nocturno. Uno de los puestos captó toda su atención. sobre una plancha de hierro caliente, el vendedor asaba masas redondas y crujientes con una destreza envidiable.

El hombre, robusto y moreno, notó su mirada curiosa. Sonrió con amabilidad, tomó una de las piezas recién hechas, la abrió con cuidado dejando escapar vapor perfumado a maíz tostado, y la rellenó con una porción generosa de queso blanco que empezó a derretirse al instante.

Gaciel tragó saliva, hipnotizada por el aroma. Se acercó un paso, como atraída por un imán invisible.

—Ylla... ¿Qué es eso? —preguntó, jalando la manga de su amiga.

Ylla se rió por lo bajo y avanzó sin dudar.

—¡Papá, adelántate! Vamos a probarlo —dijo, agitando la mano hacia Luca.

—No se tarden —respondió él antes de perderse entre la gente.

El vendedor las miró con simpatía.

—¿Qué desean, jovencitas?

Ylla tomó la mano de Gaciel y contempló el asador.

—Dos de esas cosas- dijo apuntando con el dedo indice.

—¡Dos arepas listas! Que disfruten la comida —respondió el hombre, entregándolas en platos de madera.

Gaciel recibió la suya como si sostuviera un tesoro cálido. El queso derretido goteaba suavemente por los bordes, y el crujido prometía algo más que sabor.

—Eshta delishiosha!...

Ylla lleva una mano a su mejilla saboreando el intenso sabor del manjar, el queso salado y dulce derritiendose en su lengua le recordaban las sopas navideñas de su padre.

—P-puedo comer?...

Gaciel pregunta observando la arepa envuelta en papel en sus manos, aunque preguntara las comisuras de sus labios dejaban entre ver que la saliva se escapaba de su boca involuntariamente.

—Come todo lo que quieras Gacy! papa pagara todo ! - dijo con una sonrisa picara guiñando el ojo.

Gaciel sin dudarlo mas dio un suave mordisco a la arepa, derramando el queso derretido en su boca, el vapor emanaba de su boca, y aunque sintio que este la quemaba siguio devorando el manjar como si temiera que desapareciera, devorandola por completo.

—E-Eso fue rapido... - Ylla que apenas iba por la mitad dijo sorprendida al ver a Gaciel con su plato vacio.

Gaciel rapidamente limpia su ropa llena de comida.

—L-Lo siento...

Ylla lejos de enojarse palmea su cabeza y con una radiante sonrisa limpia los restos de comida en su rostro.

Kegare no YuushaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora