(28) Lira

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Un día desperté sin saber quién era.
No recordaba nada, salvo que acababa de abrir los ojos, y que mi cuerpo flotaba entre las frías aguas de un río.

-¡Cariño, mira!

-No puede ser... Jovencita, ¿estás bien?

Una pareja de elfos me encontró. Ya eran bastante ancianos, pero irradiaban una vitalidad serena. Me ofrecieron comida, un techo y abrigo. Vivían solos en una vieja mansión cerca del bosque donde desperté.

-Entonces... ¿no recuerdas nada? ¿Ni siquiera tu nombre?

Preguntó la anciana con un tono lleno de preocupación mientras me ayudaba a vestirme. Ladeé la cabeza en silencio. Ella suspiró con dulzura y acarició mi cabeza.

Y así pasaron los años.
No tenían hijos, pero me cuidaron como si fuera suya.
Vivían de la agricultura, en un vasto terreno donde cultivaban zanahorias, brócoli y otras verduras. Yo ayudaba siempre que podía. Me parecía divertido... y, en el fondo, quería agradecerles por haberme acogido sin conocerme.

-¿De verdad vas a irte...? No conoces nada del mundo exterior, Lira.

Mi abuelo, Thomas Larick, me miraba con el ceño fruncido. Mientras tanto, mi abuela Kanna cosía algo entre sus manos arrugadas. De pronto exclamó:

-¡Ya está! -Y me extendió lo que tenía-. Es un suéter. ¡Pruébatelo, cariño!

Kanna, aunque conservaba la apariencia de una mujer en sus cincuenta, ya era una elfa muy anciana. Me contaba historias sobre su juventud cada noche, entre susurros y estrellas.
Pero había algo que no podía ocultar...
Aunque las palabras me salían, mi pecho dolía. No podía llorar ni reír con sinceridad. Mis emociones no fluían como deberían. Ignoraba la razón.

Sin embargo, de algo sí estaba segura:
Amaba a esas dos personas con todo lo que era.

Poco después emprendí un largo viaje por el continente... para ser más precisa, por el Norte Continental de Dragonia, una tierra vasta, de climas inciertos y culturas diversas. En el camino conocí a innumerables personas: algunas que me miraban con recelo, otras que me trataban con una calidez que no supe cómo devolver... y unas cuantas que parecían sentir por mí un afecto inexplicable, casi incómodo. A pesar de todo, fue un viaje memorable, lleno de aprendizajes, de encuentros que dejaron cicatrices y otros que sembraron dulces recuerdos.
Si pudiera... lo repetiría sin dudar.

El tiempo, como siempre, se deslizó entre mis dedos como granos de arena.
En un suspiro, ya habían pasado diez años.

Hoy me encuentro más firme, más consciente del mundo que me rodea... y quizás un poco más cerca de comprender quién soy en realidad. Sin embargo, la niebla que cubre mis recuerdos persiste, como si se aferrara a ellos con uñas invisibles.

Y ahora, mientras contemplo el horizonte desde una colina silenciosa, solo una pregunta me atraviesa el pecho.

luego de practicamente viajar por todo el mundo llegue a Vesperia, un reino bastante cerrado con los extranjeros,sus islas flotantes eran a la ves, su defensa y su forma de atacar. aunque estaba ubicado en el continente occidental todo su terreno flotaba en el vazto mar al sur de Draconis, por eso era un lugar dificil de acceder para humanos, bandidos que secuestraban elfios y los esclavisaban.

A duras penas logré entrar en el territorio de Vesperia, montando un wyvern prestado que apenas se mantenía estable entre las corrientes del viento. Al llegar a las imponentes puertas de la capital, me recibieron dos guardias élficos: altos, robustos y armados con largas lanzas ornamentadas. Sus miradas eran frías, inquisitivas. Aunque notaron mis rasgos élficos y se relajaron un poco, su actitud seguía siendo desconfiada.

Kegare no YuushaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora