25. S

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- No te mientas pequeño cordero. No soy el único interesado. Ahora haznos un favor a los dos. Y quédate fuera del bosque.

Sus palabras me aceleraron el corazón, observe sus ardientes ojos rojos, llenos de una flama viva que me inunda de calor. Su mano enguantada se acercó a mi mejilla, vi la vacilación en su toque. Cerré los ojos para animarlo. Escuché el cuero rechinar. Cerro su mano en un puño.

Cuando mire de nuevo, él ya se había ido, dejándome pegada al muro de la cabaña y con un lio de emociones a flor de piel.

Corrí al umbral de madera, mis pies descalzos sintiendo la hierba tibia por el sol y los pequeños pinchazos.

- ¡Oye! - grite con todas mis fuerzas. - No me dejes.

Un temblor me invadió. A su lado, tenía una fuerza que no podía explicar. Tenía muchas cosas más que decirle y otras tantas que debía explicarme.

Pero sin su presencia mi lado, me sentía débil, como un punto de luz en medio de una oscuridad peligrosa. Un foco de atención.

Retrocedí, quedándome dentro del margen. El viento frio me puso lo piel chinita, recorriéndome el cuerpo y haciendo que me abrace para entrar en calor. Las nubes cubrieron de gris el cielo. El viento comenzó a tocar una melodía caótica que gritaba horror y peligro.

De vuelta en el porche de la cabaña, tantee la base de una planta en busca de mis llaves. Mi vista se levantó con comprensión, en pausa y con miedo. Mis llaves no estaban, y tampoco había nada de lo que deje para el chico.

Escuche sonidos extraños provenientes de adentro, la sombra no me dejaría sola si no supiera que estaría en peligro y mucho menos que no podría con eso.

Gire el pomo de la puerta con cuidado y cedió bajo mi mano. Camine de puntillas hasta la cocina, tome un sartén por el mango y camine a mi habitación. No hay más lugares en donde -quien quiera que sea- se pudo esconder.

-Señorita Amara, pensé que no.

El estruendo del sartén al impactarse con su cara me desconecto. Y entonces vi al amable chico tirado en suelo con un gran moretón en la frente.

- Carajo. ¡Sariel!

Me inclino a su lado, observando el daño. Mierda. Arrastro al chico hasta el sillón y aplico crema antinflamatoria, en el gran chichón que va en aumento.

- Eso dolió. - Tomé la bolsa de hielo que estaba llenando y me senté a su lado.

- Sariel, ¿te encuentras bien?, me metiste un buen susto. Y tú abuela probablemente quiera venir a cobrarse. Déjame ponerte esto. Debiste esperarme fuera. Aunque no vi la camioneta aparcada fuera.

- Señorita. Déjeme hablar.

- Lo siento. -Coloque la bolsa de hielo de nuevo en su frente. No se ve tan grave.

- Me preocupé cuando vi que no estaba. Eso fue hace dos días. Hoy vine en bicicleta, le dije a mi abuela que haría camping y regresaba mañana con la luz del día. Quería saber si ya había vuelto.

- Estoy bien.

Los ojos de Sariel barrieron mi cuerpo por completo, se detuvo en los vendajes. - Oye - atraje su vista de nuevo a mi rostro. - eso fue porque que me caí. Pero no hacía falta que vinieras. No es nada. Además, ya casi estoy curada.

- ¿Quién la auxilio?, ¿cómo pudo considerar siquiera la idea de ir sola?

- Las cosas fueron diferentes. Si, me pasaron cosas, pero... - mire el pastillero sobre la silla. - llevaba mi kit de primeros auxilios, no soy una novata. Por eso estoy aquí de nuevo.

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⏰ Última actualización: Mar 01 ⏰

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