Los latidos de su corazón adormecían mis sentidos.
Se siente tibio, acogedor. Estoy a salvo entre sus brazos. Me hace sentir pequeña y protegida, llena de...
— Bájame. — hable de golpe. De manera inesperada el adormecimiento y el efecto calmante de sus fuertes brazos desapareció.
Mire sus ojos rojos, me dejo con cuidado sobre el suelo y reaccione.
Mierda. Prácticamente le había rogado que me alejara del ciego loco. ¿Buena o mala decisión? No lo se. Pero esta aquí y ya no voy a huir.
Si ponemos todas las cartas sobre la mesa. Ninguna de sus jugadas lo ha llevado a lastimarme, es como si quisiera de todo, menos ponerme en peligro. Alejándome un par de pasos, inhalo hondo y agarro valor.
— ¿Quién eres?
— ¿Quién soy? de todas las preguntas que pudiste hacerme, dices que ¿quién soy?
Sus manos se colocaron a cada lado de mi cabeza, haciendo una prisión que me asfixia. No puedo moverme. Su voz es lo único que escucho, la máscara y capucha negra, cubría todo de su ser, veía los grandes huecos negros donde deberían estar sus ojos.
Sólo veía mi reflejo asustadizo. Quería quedarme quieta, pero también huir, hace temblar cada fibra de mi ser con su voz. Desde el dedo pequeño de mi pie, hasta el último cabello que pudiera tener. No iba a dejar que me intimidara su presencia
Creí que había sido un sueño. Pero esta aquí. El hombre de negro que me seguía a todas partes está aquí. No es más un sueño o un espejismo. Es real. Una parte me reconforta, porque ahora sé que estoy cuerda, nunca estuve loca, sé que el hombre de allá fuera lo... sintió. Mierda. Se mostro frente a un ciego. Lo menos que el hombre pudo hacer fue sentirlo.
— ¿Cómo me encontraste? — aprecie de nuevo sus extraños ojos rojos. Focalizando mi atención en ellos.
Aunque no sabes que tan expresivo puede ser una persona si no le vez el rostro, pero su voz me lo decía.
— ¿Te encontré? Pequeño ratón escurridizo. Tu viniste a mí. Imploraste mi ayuda. Sin mí. Hubieras sido comida de lobos.
En ningún momento recuerdo haber suplicado su ayuda. Hace un rato sí que lo hice.
— Ellos dejaron de seguirme cuando entre al río.
— Un río en el que debiste haber muerto, corderito.
Escuche la puerta chirriar al abrirse.
— ¿Azmabeth?
Su cuerpo se pegó al mío de manera protectora, ocultándome tras su figura, ocasionando una reacción en cadena que no yo esperaba. Pase grueso, ¿Por qué mi respiración es pesada?
— No hemos terminado.
Sentí su inhalación profunda cerca de mi cuello. Debo estar loca, porque eso me estremeció. La conversación no encauso por donde esperaba que lo hiciera, siguió uno completamente diferente.
¿Por qué mi cuerpo hace esto cuando debo estar muerta de miedo?
Bueno, no lo hace, porque en este lugar, él es lo único familiar que tengo a mi alrededor. Y me estoy aferrando a él como una polilla a la luz en la oscuridad.
— Ponte lo que está sobre la cama. Y elige un buen collar que le haga juego. Hay que presentarte como es debido frente Yama.
— ¿Hablas de volver con ese hombre?
Al momento en que se alejó, me dejó una sensación de vacío y frialdad. Aunque me pareció extraño, ya que siempre fue neutro y parecía irradiar frío, sin ningún indicio de calor.
El cuarto de la cabaña quedó en silencio. ¿Qué hace una cabaña como esta pérdida de la mano de Dios, en medio del bosque?
La habitación se ilumino segundos después. Un lindo armario de madera color beige adornaba la pared, el mismo espejo de cuerpo entero vislumbraba mi imagen mal trecha. La puerta tiene una cortina de cuencas negras y blancas, algunas otras eran de color marfil.
— ¿Hola?
Me escondí detrás de la cortina, como si eso tapara mi silueta.
— Él te encontró. ¿Desde cuándo? — por un segundo vi preocupación en su semblante. Su rostro estaba girado en otra dirección, pero su pregunta era para mí.
— Le pido que deje de asustarme con sus ideas y palabras vagas. — Extrañaba al hombre ciego del inicio.
— ¡Yama! — la expresión del hombre decayó más años de los aparenta. — Ven acá.
El hombre lo medito unos segundos y volvió a desaparecer. No hay nada que desee más en este momento que irme a casa.
Me senté en la orilla a los pies de la cama, mis manos tocaron piedra fría, la envolví entre mis dedos y los llevé delante de mí.
Las velas que iluminan el lugar me dieron la vista de un hermoso collar de zafiro, la piedra azul reflejaba las luces y lo hacía parecer mágico, justo del otro lado, había otro, un rubí en forma de corazón, atado en una correa de plata, el corazón parecía envuelto, restringido por un patrón de liana espinosa del mismo color plateado. Lo envolví con mis dedos, elegí ese.
La ropa expuesta sobre la cama me parecía sencilla, sin opulencia, que, en contraste con el collar, las prendas carecían sin chiste. Así que opte por un vestido beige de patrón rojo.
Los zapatos eran balerinas de tacón bajo de color rojo, las correas abrazaron mis tobillos hasta debajo de mis rodillas, en una espiral delgada que me estiliza las piernas.
Mi cabello se quedó tal y como había salido de la ducha, solo me lo alise con los dedos. No me atreví a ver mi reflejo en el espejo, sé que estaría tan desaliñada como me sentía del cuello hacia arriba. Me sentía limpia, tan limpia como se estaría en un hospital, pero no me sentía bonita.
Iba a llorar de frustración, pero me contuve. — No importa, no sé porque me preocupa el cómo me veo. — Digo, estoy con un ciego y un hombre que ni su rostro me deja ver, probablemente sea lo bastante feo como para no mostrarse tal cual es. La idea me robo una sonrisa.
Atravesé la cortina de cuencas y me sentí como en un restaurante vintage, paredes de madera, platos color perla, velas en lugares estratégicos, pequeños manteles blancos en la mesa y un florero similar al de la habitación decora el centro de la mesita.
— Amara. Esta es mi manera de pedirte disculpas, no era mi intención asustarte. Es solo que hacía años que no recibía visitas.
El ciego parecía realmente arrepentido.
— Recibíamos.
Sus ojos al fin me miraron y pude jurar que los puntos rojos se hicieron más grandes. Me sentí pequeña en comparación.
— Hiciste una buena elección corderito. Otra vez. Me gusta cómo te queda el rojo.
El pensamiento posesivo de que combinaba con sus ojos llego a mi mente. No lo había pensado antes.
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El Secreto Del Bosque
FantezieEn el norte, adentrado en un bosque, vive él. Y su compañero de casa es quien menos esperas. Ella se muda con la intención de olvidar, prometiendo hacer camping tres días cada mes. Hasta que, en un intento desesperado por escapar de los lobos ham...
