Capítulo 39

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Félix la alcanzó antes de que se perdiera entre la multitud – Por favor... – dijo él, apenas tocándola del brazo – Solo espera.

– ¡No me toques! – ella se giró con un sobresalto, su voz se quebró más por miedo que por enojo.

Él levantó las manos, retrocediendo un paso – Está bien, no voy a hacerlo - respondió con calma – No puedes irte así

– Félix, por favor vete – dijo Asiri con la respiración acelerada, casi sin poder controlar el aire que entraba, todo su cuerpo temblaba.

– Puedes odiarme por esto, pero no tengo la intención de dejarte sola – él la miró con preocupación; Asiri estaba pasando por una crisis, conocía los síntomas a la perfección – déjame llevarte a tu casa.

Félix se percató de que la gente comenzaba a fijarse en ellos, por un instante se preguntó si siempre habían estado mirando o solo era el momento; Asiri asintió siguiéndolo sin decir nada más, estaba perdida en sus pensamientos sumergida en su mundo, en su triste realidad, ella se dejó llevar, más por inercia que por decisión, se sentó en el lugar del copiloto, apretando su mochila con fuerza, pronto llegaron a su casa.

– Ya llegamos Asiri – dijo Félix, ella por fin lo había volteado a ver

– No puedo creer que haya pasado esto – murmuró con un nudo en la garganta – soy patética

– No digas eso Asiri, no eres patética – él la observó con una mezcla de importancia y ternura que aparece cuando uno quiere cuidar lo que no puede arreglar.

– No necesito tu lastima – bajó del auto molesta

– ¿De qué estás hablando? – Félix bajó detrás de ella – Solo pienso que estás pasando por algo que te duele, y que nadie debería enfrentar solo.

– No mientas, Félix. Por esa razón te acercaste, por pena – ella buscaba sus llaves frenéticamente dentro de su mochila

– ¿Qué?

– Solo me dijiste que te gustaba porque me ves frágil, diferente. Todos lo hacen.

– No tienes idea de cuánto te equivocas – Félix la miró en silencio unos segundos y luego negó, ella alzó la vista con los ojos llenos de lágrimas – No me gustas porque seas frágil. Me gustas porque a pesar de todo eso, sigues intentando. Porque tienes la mirada más fuerte que he visto y porque nunca usas tu discapacidad como excusa para rendirte.

Las lágrimas le nublaron la vista, sin embargo seguía haciéndose la fuerte sin querer verse débil, a pesar de estar enojada sabía que no podía desquitarse con Félix, él no merecía nada de lo que estaba pasando.

– No tienes que hacer esto – dijo Asiri al borde del llanto, trato abrir la puerta pero no tenía fuerzas para hacerlo

– Quiero estar a tú lado, no me apartes pero si tu quieres permanecer sola no pondré objeciones

Si dejo que se quede, no tendré la fuerza de dejarlo ir.

–¿Puedes ayudarme a abrir la puerta?

Félix asintió, tomó las llaves de las manos de Asiri y abrió la puerta de entrada. Ambos cruzaron el umbral; él cerró detrás de ellos con cuidado.

Asiri sintió un mareo repentino, trató de avanzar hacia la sala lo más tranquila posible, pero sus piernas flaquearon y cayó al suelo. Un nudo le subió la garganta. Félix corrió hacia ella.

– ¿Estás bien? – preguntó arrodillándose a su lado.

– ¿Seguro quieres estar aquí? – murmuró Asiri con la voz quebrada

– Sí.

– Ya no puedo soportarlo más – susurró antes de romper en llanto

Félix la rodeó con los brazos, dejando que su llanto siguiera contra su pecho. No dijo nada; simplemente la sostuvo, acariciando su espalda en silencio. Sentía su respiración entrecortada, el temblor en sus hombros, el peso de todo lo que ella intentaba contener.

El suelo está frío como la nieve, Félix la tomó con cuidado en brazos. Asiri no opuso resistencia, solo escondió el rostro contra él; subió las escaleras despacio, cada paso resonaba suave en la penumbra de la casa. Al llegar a su habitación la recostó sobre la cama.

Félix la cubrió con una manta, cuidando que no se sintiera invadida. Se quedó sentado al borde de la cama, observando cómo sus dedos temblaban sobre la colcha, durante un largo rato solo se escuchaban sus sollozos.

– Félix... yo

– No tienes que preocuparte, solo sacalo todo

Asiri se hizo a un lado, tomando de la mano a Félix invitandolo a acostarse junto a ella, él lo aceptó – ¿por qué eres tan amable conmigo? – preguntó en un hilo de voz.

Félix sonrió apenas, sin apartar la vista de ella – porque sé lo que es sentir que todo se viene abajo y no tener a nadie que te sostenga.

Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas y suaves al mismo tiempo. Asiri lo miró a los ojos pensando ahora me doy cuenta que no sé nada de él y seguramente él tiene la misma sensación.

– Debes de tener preguntas – dijo Asiri con voz ronca

– Si dijera que no, estaría mintiendo – Félix dudó un momento antes de preguntar – las fotografías y el video ¿Eras tú?

Ella jaló las mangas de su suéter tapándose las manos y por primera vez no lo negó.

– Sí – susurró – Tenía unos nueve años, tal vez. El genetista me había llevado con una de sus colegas para revisar mi caso, la verdad no recuerdo cual era el objetivo de hacerme caminar por el pasillo descalza solo entendí que tenía algo que ver la debilidad de mis pierna izquierda.

– Esa colega de quien hablas ¿era la mujer de la conferencia?

– No, esa mujer se llama Yañez su especialidad es reumatología – Asiri suspiro – Cuando llegue a su hospital tendría unos siete años, a pesar de que me enviaron mucho análisis esa mujer seguía insistiendo que no correspondía a su especialidad, así que me dio de alta dos veces, por tercera ocasión me mandaron con ella así que se rindió y solo me tenía en observación para que dejarán de molestarla, nunca hizo nada para que mi salud mejorará, cuando cumpli 17 años me dieron de alta y ya nunca volví a saber de ella. Hace dos años fui con una nueva reumatologa, la verdad es que gracias a ella estoy estable y mi salud ha mejorado.

Félix se quedó sin palabras, una rabia le recorrió por el estómago, su cabeza no logró imaginar todo lo que tuvo que pasar.

– Durante años he sido un error médico y hoy cuando la ví de pie sintiéndose segura de lo que hablaba... fue como si me desnudaran sin permiso. – su voz se cortó

– Nadie tiene derecho a reducir a eso – dijo Félix con suavidad – No eres una historia clínica, ni un caso, ni una estadística. Eres una persona y una increíble además.

Ella lo miró con ojos vidriosos. – No sé si pueda creer eso.

– Entonces deja que yo lo crea por ti, hasta que puedas hacerlo tú.

Félix se acercó con cautela hacia ella, rodeándola entre sus brazos, ella se dejó llevar sin poner ninguna objeción, ningún límite, volvió a llorar pegada a su pecho, lloró y lloró como si esas lágrimas hubieran esperado siglos en salir. Félix le acariciaba suavemente la espalda, la tarde se fue tiñendo de naranja, entre el ruido lejano de la ciudad, sólo se escuchó la voz de él, casi en susurro - No estás sola

Por primera vez Asiri no pensó en escapar. Cerró los ojos y dejó que el cansancio la venciera, sabiendo que, al menos por esa tarde, alguien no la dejaría sola.   

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