45. El final del camino

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Como siempre que hacía shifting, esperé el impacto al caer en otro cuerpo, pero este nunca llegó. Estaba en la oscuridad, flotando sin dirección. Me concentré, sin desesperarme.

Comencé a sentir la fuerza de la gravedad. Mis pies tocaban el suelo. La oscuridad no era tan apremiante. Estaba en un espacio negro, como una sala vacía de suelo espejado. Abrí la mano. Tenía el mechón de cabello de mi hijo. Este brillaba tenuemente y poco a poco mi visión se fue agudizando hasta reconocer un hilo extremadamente fino que se alargaba hasta desaparecer. Era la energía que necesitaba seguir. Avancé con la incertidumbre de no saber qué tan lejos debía ir.

Caminé un par de minutos, o eso pensaba, ya que incluso el tiempo transcurría de una manera extraña en ese lugar. Me detuve un momento, cerré los ojos e intenté sentir a mi pequeño. Lo conseguí. No solo lo sentí, pude verlo por un instante: su rostro lleno de consternación, en un lugar desconocido.

Dylan se encontraba en al medio de una enorme infraestructura, con columnas de piedra tan altas que se perdían de la vista, rodeadas de llamas azules que se elevaban desde un atrio circular. Ahí había distintas energías, tantas, que no podía diferenciarlas o reconocerlas. Y de golpe, como si el poder de mi pensamiento lo hubiese manifestado, abrí los ojos para encontrarme muy cerca de ahí.

Estaba encima de un puente ancho, de piedra, que se dirigía a ese lugar. Quise correr hacia allá, antes de que fuera muy tarde, pero una línea vertical de luz se abrió frente a mí.

Ya sabía lo que eso significaba y no tenía armas para defenderme. Me puse en posición de pelea, ningún centinela iba a detenerme.

Aquel ser que escapaba a cualquier clasificación se manifestó frente a mí. No me atacó, tampoco habló, se mantuvo en silencio por unos segundos. Tragué saliva, impaciente.

El centinela giró y me dio la espalda, mirando hacia el final del puente.

—Supongo que es allá a donde te diriges—habló con una voz tan familiar que me recorrió un escalofrío. Volteó hacia mí, su capucha se hizo para atrás y hubiese jurado que era una alucinación, o alguna de las trampas que el espacio interdimensional me tendía.

El centinela tenía el rostro de mi padre.

—No puedes ser tú...

—Estoy donde me dejaste —habló con el tono irónico de siempre. Si en verdad era él, no podía bajar la guardia.

—¿Cómo... te convertiste en esto?

—Después de un tiempo comencé a entender este lugar. Las reglas siempre favorecen a quien aprende a explotarlas. Los deamons creen que negocian con ventaja. Lástima que nunca entendieron la mente de los humanos.

—Eso explica por qué sigues...

—¿Vivo? Eso depende de la definición que uses.

— No tengo tiempo para esto. Si vas a intentar detenerme hazlo ya o déjame pasar. Pero ahora mismo...

—Lo que trabajé treinta años en detener está sucediendo ¿No es así?—sonó como un regaño.

—Sí, y aún estamos a tiempo de pararlo. Cumplir el propósito por el que creaste Transalterna. Pero veo que ahora estás del lado de ellos.

—Yo no estoy de lado de nadie. ¿Pero por qué me importaría un mundo al que ya no pertenezco?

—Porque puedes regresar —mi respuesta llamó su atención. Ya entendía cómo funcionaba la mentalidad de mi padre. Él no estaba más que de su lado—. Todavía tenemos tu cuerpo en el laboratorio. Y hemos tenido avances inimaginables en este tiempo. Tenemos gente que domina el shifting y la transmigración de cuerpos. Ayúdame a detener al Demiurgo y podrás regresar a la dimensión T51 para que continúes con la parte ambiciosa y personal detrás de su creación.

ShiftingHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora