Cuando metí la oxidada llave dentro de la muy también oxidada cerradura, y la puerta se abrió con un horrible chirrido el fuerte olor a moho y humedad invadió mis sentidos. Mi nariz se arrugó en disgusto y un pesado suspiro salió de mis labios entreabiertos.
Había llegado a San Francisco el jueves pasado, tan solo dos días antes, y esta había sido la primera vez que dejaba a mi padre solo por unas horas y me disponía a conocer el lugar que posiblemente sería mi hogar por los próximos años. Era una ciudad preciosa, no tenía nada que extrañar de Yorkshire en donde anteriormente solía vivir con mi madre y su novio rico, que casi podría nadar en dinero. Empezando por el clima, en la ciudad británica el frío era mucho más intenso que en esta parte de California, no extrañaría la nariz colorada, ni los labios resecos, y mucho menos los dedos entumecidos y las náuseas que causaba en mi estómago el olor de la calefacción.
Mi madre, Donna, separó de mi padre en el primer momento en que vio la oportunidad, porque según ella él no podía darle la vida que tanto quería y merecía, pero decidió esperar quince años para hacérselo saber. Por lo cual abrió sus piernas al primer ricachón que apareciera en la puerta.
Mi padre, Robert Johnson, empezó con su vicio al alcohol cuando yo aún era muy joven, el ardiente licor ingresaba a su organismo como ladrón asaltando una joyería; sabía que eso iba a encadenarlo por siempre pero preferiría eso a dejarlo. Quizás esa fue la principal razón de que yo ahora a los diecisiete años tuviera a mis padres en lados opuestos del mundo y sin dirigirse ni una sola palabra.
Decidió dejar Inglaterra en el momento en que Ryan, el novio de mi madre, apareció en nuestras vidas. Desde el primer instante supe que era un buen hombre, que trataría bien a mi madre y le daría todo lo que necesitara, y yo estaba más que bien con eso, pero desde muy pequeño me enseñaron a seguir a mi corazón, y lamentablemente allí no estaba. El hombre alto y de mirada verdosa se había ganado la confianza de mi madre, pero no mucho la mía, a pesar de sus infinitos intentos. Me encontraba reacio a aceptar el hecho de que mis padres no compartirían una vida juntos nunca más, y lamentablemente Ryan se encontraba en medio de todo ello.
Mi madre ya tenía a alguien que la mantuviera, mientras que mi padre apenas podía mantenerse en pie, sentí que mi lugar correspondía con él. A los diecisiete se me otorgaron alas para cumplir un papel de ángel guardián para él.
Mi madre, y Ryan, estuvieron completamente de acuerdo en que me fuera a vivir con mi padre. Al parecer yo no era tan buena compañía para ellos, como lo eran ellos para mi, aún así Ryan se encargó de todos los gastos del viaje y todo el papeleo de tutoría, ya que al aún ser menor de edad tenía que tener a alguien pendiente de mi, pero en este caso sería yo quien estuviera pendiente de mi tutor, mi padre. Se encontraba bastante enfermo desde hace algunos meses, y hallaba la manera de hacer que no pareciera la gran cosa, aunque yo supiera que era todo lo contrario.
El día en que llegué a Estados Unidos fue quizá el más extraño e incómodo de mi vida, todos me miraban con el ceño fruncido, haciéndome saber que no era muy bienvenido aquí. Probablemente por mi acento inglés o mi manera de caminar nada comparada con la del resto de la población aquí, yo era algo más ordinario en mi forma de ser, y ellos mucho más refinados.
Mantuve la calma entre cada frágil aliento que abandonaba mi cuerpo para perderse entre las infinidades del mundo exterior, con miedo a lo que pudiese encontrarme allá afuera.
Y me encontré a mi mismo bajando del metro aferrándome a mi pequeña mochila con las pocas pertenencias que tenía, justo como si mi vida dependiera de ello. Ella había sido mi única compañía en todo mi viaje de miles de kilómetros, además de mi vieja guitarra en su desgastado estuche, la tenía siempre a mi lado con todo mi mundo en ella.
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Samson
RomantizmÉramos como estrellas perdidas tratando de iluminar la oscuridad, pero al final terminábamos ahogándonos en nuestras propias lágrimas.
