—Nos veremos luego ¿Verdad?
—Claro, a eso de la siete. Tengo algo que mostrarte —pronunció con voz aterciopelada.
Me dio un última mirada cautelosa y una pequeña sonrisa tímida antes de desaparecer en la oscuridad de la calle.
El camino a casa había sido silencioso y tranquilo, todo lo contrario a lo que es estar en un vagón del metro con Bryana Williams, en donde nunca faltaban las bromas, risas y jugueteos entre ambos. Quisiera retroceder en el tiempo varias horas atrás, y jamás haberle sacado conversación mientras comíamos, quizás así seguiríamos siendo los mismos amigos de antes.
Todo había cambiado, la confianza se transformó en tensión, y mi latiente y vivo corazón se convirtió en un músculo frío e inservible.
Algo abatido, introduje la llave en la cerradura y entré en la casa. Las luces estaban apagadas y podía escuchar murmuros provenientes de la habitación de mi padre.
Estuve listo para lanzar el pequeño manojo de llaves sobre la caja cuando un montón de papeles blancos llamaron mi atención.
Curioso, los tomé. Los sobres estaban abiertos y las hojas dentro habían sido leídas. Ojeándolos brevemente, lo más rápido posible para tratar de no ser capturado con las manos en la masa, me di cuenta rápidamente que eran papeles legales.
Pero lo que más llamó la atención e hizo que mi pulso cardíaco aumentara en un mil por ciento, era el acta de divorcio ya firmada por ambas de las partes, y adjunta a esta; un borrador de una invitación de bodas.
Cuando creí que mi mundo no podía derrumbarse más, suceden este tipo de cosas. Traté de no entrar en pánico, pero todo intento fue absolutamente en vano. Por supuesto que me lo veía venir... Sólo, no tan pronto.
Mis padres habían tenido muchas discusiones y ella se había ido con sus padres, infinidades de veces, pero al final siempre terminaban por solucionar las cosas. Aún tenía la esperanza de que sucediera una última vez.
Debí saberlo en el momento en que la escuché decirle palabras cariñosas al teléfono de la casa a mitad de la madrugada, o cuando lo trajo por primera vez a casa y me invitó a salir con ellos a cenar. Cosa a la cual me negué rotundamente.
Si había algo que odiara más que tener poco dinero, era que alguien más tratara de mantenerme. He allí la razón de todas mis malas contestas a Ryan, aunque el pobre solo intentase ayudar, cuando me ofrecía comprarme todo un nuevo guardarropas, o darme una mesada, e incluso ofrecerse a cambiar las ruedas gastadas de mi patineta.
Me negué a todo, porque aunque él como persona me agradara demasiado, como el causante de la separación de mis padres no lo hacía mucho.
Quizás fuese algo desagradecido con sus buenas intenciones, pero quería que supiera que necesitaba ganarme mis propias cosas por mi esfuerzo. Así tuviera que largar el pellejo en eso.
Mis abuelos siempre dijeron que salí tan terco como mi padre, y ya veo el por qué lo decían.
No iba a llorar esta vez, lo había hecho más veces desde que llegué a San Francisco que en todo un año entero. La frustración e impotencia se estaban convirtiendo en una sombra que me persigue a donde quiera que vaya.
Los papeles resbalaron de mis temblorosos dedos cuando vi que la fecha que se leía en la invitación era nada más y nada menos que el trece de abril.
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Samson
RomanceÉramos como estrellas perdidas tratando de iluminar la oscuridad, pero al final terminábamos ahogándonos en nuestras propias lágrimas.
