Me desperté a la mañana siguiente sintiendo a alguien toser fuertemente repetidas veces, y instantes después un cristal chocar y hacerse añicos contra el suelo.
La habitación aún se encontraba un poco a oscuras por lo que supuse que no eran más de las seis. Igual seguía siendo muy temprano.
Me quité las mantas de encima lo más rápido que pude y corrí desesperado y aterrado hacia donde sabía que provenía el estruendo. Abrí la puerta de un empujón y lo que encontré hizo que mi alma cayera al piso.
Mi padre se encontraba agachado en el suelo con una mano sobre su pecho y la otra contra su boca tratando de retener la sangre que escupía. Mi corazón se detuvo por un segundo y las palmas de mis manos empezaron a sudar frío.
Me abalancé sobre él tratando de ayudarlo a ponerse de pie pero negó con su cabeza y señaló el teléfono celular de tapita, que podría fácilmente tener mi misma edad, sobre una caja de zapatos a un lado del colchón.
Con mis dedos temblorosos lo tomé y marqué como pude el número de emergencias, rezando internamente que en este país ese número fuera el mismo que nombraban siempre en las películas. Inmediatamente una voz de mujer resonó al otro lado de la línea, grité cosas inentendibles mientras ella me pedía que me calmara. Apenas pude recordar la dirección de la casa y preso en el pánico le dije que necesitaba una ambulancia.
Jamás había sentido tanto miedo en mi vida.
...
En todo momento me había quedado a su lado mientras los paramédicos le colocaban oxígeno y trataban de hacer que volviera a respirar por si mismo. Me dijeron que debía salir de la habitación para que ellos pudieran tratarlo con una mayor accesibilidad, pero me negué rotundamente, no iba a alejarme de él.
Sus pulmones habían dejado de funcionar con normalidad, y nadie sabía el porqué.
Me sentía frustrado y enojado con ellos, con él, conmigo y con el mundo mismo. Ya no sabía que hacer. Sentía una impotencia más grande que la que mi flacucho cuerpo podía soportar, y eso estaba matándome a mi también.
Si algo aprendí de vivir prácticamente en las calles es aprender a ser fuerte no importa la situación que estemos atravesando, pero en este momento no me sentía así para nada.
Cuando él empezó a toser sangre de nuevo, uno de los hombres me tomó por los hombros y me empujó fuera de la habitación cerrando la puerta en mis narices, no sin antes darme una mirada de súplica.
No podría creer que por primera vez le haría caso a un médico. Me senté derrotado sobre el piso del pequeño pasillo que conectaba la cocina con ambas habitaciónes. Las luces seguían apagadas, y el aire gélido de las calles de San Francisco se colaba por cualquier endidura.
Cerré mis ojos e incliné mi cabeza hacia el techo, recostándola en la pared donde también se apoyaba mi espalda. Respiré hondo, dejando que el aire inundara mis pulmones, que mi pecho se expandiera y sentirme lleno. Y en menos de un segundo la culpa me invadió, ¿por qué respiraba tan hondo y lo disfrutaba, sabiendo que mi padre no puede?
Mierda.
Masajeé mis sienes, mi cabeza estaba empezando a palpitar. Supongo que una noche llena de lágrimas, muy pocas horas de sueño, y tener a un familiar casi muriendo en la habitación de al lado no eran una buena combinación.
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Samson
RomanceÉramos como estrellas perdidas tratando de iluminar la oscuridad, pero al final terminábamos ahogándonos en nuestras propias lágrimas.
