Finn le había dado una última calada a su cigarrillo para luego sostenerlo entre sus dedos y observarlo por un rato, sintiendo como el humo le llenaba y destruía los pulmones, todo al mismo tiempo.
—Creo que mis padres van a separarse —le había comentado aquella noche fría de mediados de invierno.
Froté mis manos juntas y exhalé un poco en ellas para tratar de entrar en calor. Arqueó una ceja y lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta de su zapato. Hizo sonar sus dedos luego y me miró. —¿Como lo sabes?
Me froté los ojos cansados por las pocas horas de sueño. —Simplemente tengo ese presentimiento —mi voz sonó tan rasgada como lo estaban las mangas de mi viejo suéter.
Su brazo fue empujado rápidamente por sobre mi hombro y su cabeza se acercó a mi. Su nariz rozó mi mejilla, y sentí sus pestañas cosquillear sobre mi piel. Suspiré y dejé que me abrazara, que me regalara todo su amor como siempre lo había hecho, y que me consolara cuando más lo necesitaba.
Seguíamos en la misma posición desde que llegamos, sentados sobre la acera viendo los autos pasar y los copos de nieve caer sobre la ciudad.
—No es el fin del mundo, Sam —susurró—. Aún me tienes a mi, quien creció sin ambos padres y aún así se las ingenió para estar aquí y joderte la vida.
Pellizcó mi brazo, con lo que hizo sonriera cansadamente. Pero no lo suficientemente.
—Puedo escuchar tu corazón rompiéndose desde aquí, pero no me importa, estaré allí para ayudarte a recoger cada uno de los pedazos.
Se separó de mi sacudiendo sus pantalones, colocándose de pie me tendió su pequeña y blanca mano. Sonrió con ganas, incluso la más grande y brillante estrella estaría celosa de él.
Lo miré desde abajo, sus ojos tenían una chispa especial, su nariz se encontraba roja por el frío, pero su cabello rubio cenizo seguía luciendo tan suave como siempre.
Hermano, ¿por qué tuve que perderte cuando ahora más te necesito?
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[...]
El profesor hablaba y hablaba y yo nada de atención le prestaba al conjunto de palabras que escribía sobre el pizarrón.
Podía ver el susurro del viento sobre las hojas arrugadas de los árboles a través de la ventana de cristal. Algunas caían al no ser lo suficientemente fuertes como para sostener su peso luego de una larga lucha, pero había otras que se aferraban con todo lo que tenían a esa delgada rama que era su única conexión restante con la vida.
La naturaleza era la obra más hermosa que Dios pudo haber creado jamás.
Con el paso del tiempo llegué a la conclusión de que existen dos tipos de tristeza. Está ese tipo en donde tu cuerpo reacciona a un evento en tu vida. Ese en donde tu corazón lucha contra la pérdida de un amigo, las malas noticias en la televisión, o las palabras que alguien usó para lastimarte. El tipo que suena como "Estoy triste porque..."