La lluvia caía a cuentagotas cómo si fuera una metáfora perfecta del riego que inspiraste para pensar tantas mierdas patéticas y no cumplí, que todavía se arrastran cómo si hubíera formado el perfecto monte de hojas secas y el viento las desperdigara.
Nos quedamos atascados en mis ganas de gritar y tus ganas de hacerme callar, así que te alzaste con la medalla de oro y me decoraste con cinta aislante encima de tu hogar. Hacíamos la pareja perfecta aunque nada de lo que diga sea cierto, o aunque nunca me rinda debajo de tus pisotones y tus caricias.
Aún así, te odio porque centraste la atención hacia ti, dejando a los demás ignorando sobre lo que realmente importaba, con sus pequeños trozos de cinta en cada rincón de su cuerpo. Verlos recuperar el tiempo perdido resulta tan desesperanzador (sólo si estás fuera del círculo, aunque no lo he podido comprobar).
Firmado,
c.
