Cual felino recién levantado, Keyla se estiró a lo largo y ancho de su cama; algunas cosas son más instintivas que por costumbre, y hacer esto, era parte de su encantadora naturaleza. Una vez que terminó, se abrazó con devastadora fuerza a su almohada. No quería salir de su habitación, pero el ruido en la planta baja, le indicaba que ya había iniciado el día.
Sus ojos se desviaron sin ganas hacia el mueble a su lado, en busca de su celular. Iban a dar las 7am, y aunque ya no sentía sueño, parecía que la gravedad se volvió más fuerte mientras dormía, pues su cuerpo pesaba el doble de lo normal. Le costó una pequeña eternidad poder levantarse, y seguramente le habría costado otra arreglarse, de no ser por las carcajadas que llegaron a ella a través de las paredes. Alejandro no solo ya estaba despierto, sino que encima, parecía ya estar conviviendo con su familia.
Cual rayo en medio de una tormenta la tigresa se puso manos a la obra. Lo último que necesitaba en su ya estropeada vida, era que encima, Alejandro se enterara de que ella estaba hasta el tuétano de amor por él... bueno amor, amor, lo que se dice amor, todavía no, pero de que era su pareja predestinada en la vida, el muy condenado pues sí lo era; y seguramente enterarse de eso no le beneficiaría en nada.
Tras lavarse los dientes, crispándose cada que escuchaba las carcajadas y voces, Keyla decidió que lo demás de su aspecto personal podía esperar, ni siquiera fue capaz de mirarse en el espejo del baño mientras se enjuagaba la boca, porque no podía pensar en nada que no fuera darse prisa; a duras penas logro tomar la toalla y secarse, antes de salir corriendo de su habitación.
Sus pies patinaron frente a la escalera, estuvo a dos milímetros de caer de boca, pero sus reflejos eran rápidos y logro sujetarse a tiempo; aunque nada de esto le hizo restar rapidez a sus movimientos, de hecho, de ser posible, se hubiese transportado directamente al lugar.
Estaba a dos escalones de llegar, cuando alguien se cruzó en su camino. Con una mueca de bribón en los labios, Alejandro se detuvo frente a ella.
-Buenos días gatita...
Key se frenó en seco, sintiendo como el aire se le escapaba de los pulmones, mientras que cada una de sus terminaciones nerviosas se erizaba por el endemoniado sobrenombre. Parecía que se había tomado a broma su advertencia; aunque lo que a ella realmente le preocupaba era la forma en que él se relamió los labios al verla. Tampoco lo culpaba, sus labios eran deliciosos.
-Te dije que...
Las palabras se quedaron atoradas en su garganta, cuando la mano del español alcanzó la de ella para atraerla hasta él. Su cuerpo choco contra la firmeza de su pecho, y su pobre corazón dio un brinco acelerado por la sorpresa. ¿Se había vuelto loco?
-Sonríe...-. Le susurró al oído. -Tu familia nos observa...
Instintivamente los ojos de la tigresa se movieron más allá del cálido cuerpo que la sostenía, encontrándose con los de su abuelo; quien dicho sea de paso, no parecía nada feliz con lo que miraba. Un enorme hueco en su estómago se enredó con el nudo que se le había formado por el enojo, provocando que las piernas le fallaran.
Ella respiró hondo para recuperar el aliento, al tiempo que apretaba la mandíbula en una falsa sonrisa. No era fácil concentrarse en tantas cosas teniendo a Alejandro así, tan cerca, con su aroma inundando el aire que inhalaba... era un milagro que todavía sus neuronas no se desmayaran...
Por su parte, Alejandro estaba fascinado con la reacción de la pobre. Tener la oportunidad de sacarla de su habitual balance, era como mínimo, lo más divertido que había hecho en toda su vida; en ese momento, por más que quisiera asesinarlo, solo podía seguir respondiendo a lo que él pedía, y francamente negarse a aprovechar tal oportunidad, no era algo que pensaba hacer.
