8. Prímulas.

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Laughing Jack

Esa chiquilla me ha traído varios problemas. Pero, no cambiaré de decisión, yo no cambio de presa hasta haberla asesinado. Debo de acabar un asunto antes de empezar otro. Yo elijo a mis presas, nunca pueden ser casualidad. Semanas atrás, mi presa fue una niña pelirroja con cierto parecido a mi primer y último amigo, el estúpido de Isaac; vaya que era una estúpida, aún cuando tenía su sangre espesa y caliente en mis garras metálicas, ella preguntó qué clase de juego tan doloroso era ese. Fueron sus últimas palabras, antes de responderle que el dolor es uno de los juegos más satisfactorios de la vida, en ese momento de agonía conocemos el verdadero interior de las personas. Después de llegar del homicidio, hice varias pruebas. Su sangre, A+. Un homicidio en el que ninguno de los dos nos divertimos, por eso fue tan rápido. En cambio, a Chrystalle... Todavía no descubro por qué la elegí. No le encuentro nada especial; aunque tal vez lo especial pueda ser su sangre, o la manera de la que escapa de su muerte, o la manera en la que se enoja, o sus labios pálidos formando una curva cuando sonríe egocéntricamente y esa mirada que hipnotiza a cualquiera, tan profunda, llena de emociones y sentimientos...
O simplemente no tiene nada especial, sólo nuestros caminos se cruzaron y el de ella está apunto de acabar, es todo.
Entré azotando la puerta de la cabaña negra, ubicado en el profundo corazón del bosque.
-Pensé que estas noches no te quedarías -soltó Jeffrey, al verme entrar de manera agresiva-.
-Cambié de parecer, es todo -respondí fríamente-.
Subí las escaleras de madera y busqué con la mirada mi habitación. Percibí un aroma dulce, de prímulas.
Abrí la puerta de la habitación de Ben.
-Oh, Jack -comentó-, me alegra verte. Un aroma delicioso, ¿cierto? Lo conseguí del jardín de Chrystalle. Es una rosa blanca, no dejan de florecer.
Vaya que es un exquisito aroma, es el mismo aroma que despide Chrystalle al moverse.
-Lo sé, Jack -dijo Ben, sacándome de mis pensamientos-. El aroma dulce lo encuentras como un seductor, te seduce, te atrapa, te abraza.
Cuánta razón ha de tener. Los aromas dulces me deleitan. Ninguna presa que he asesinado despedía un aroma tan dulce, tan exquisito...
-No -respondí, haciendo a un lado mis pensamientos, negándolos-.
-Te molesta que vaya a su hogar, ¿no es así? Aunque hay un impedimento: Tiene un hermano, gracias a él no pude divertirme demasiado.

Negué, enfadado.
-En ese caso, no tendrás inconveniente si la veo dormir sentado a su lado, esperando el momento para asesinarla y ver sus ojos de terror. Escondida en esa casa de paredes turquesas, en la calle Abbey Road, tan alejada de las casas blancas...
-Escúchame muy bien, Benjamín. El único que podrá asesinarla soy yo. Ya veré qué hago con ella. Cuando necesite tu ayuda vendré, en estos momentos, no la necesito.
-Está bien, avísame cuando la necesites, no lo dudes... No la asesinaré, pero tampoco la dejaré de ver -sonrió, satisfactoriamente-.
Salí de su habitación con rabia.
Tengo que hacer saber que es mi presa, de nadie más. Nadie podrá torturarla ni asesinarla, para eso estoy yo.
Salí a paso apresurado de la cabaña, con el dulce aroma de prímulas blancas presente.
Crucé el bosque, hasta llegar a una calle solitaria, con las luces de las blancas casas apagadas.
Recorrí las calles, recordaba la descripción que mencionó Ben del hogar de Chrystalle, hasta llegar, de acuerdo con la descripción, al hogar de Chrystalle, con paredes turquesas. Debo recordar la calle. Calle Abbey Road, número 52.
Me parece que es éste su hogar. Es es el momento de marcar mis pertenencias, de dividir lo que es mío y lo que no lo es y no me interesa en lo más mínimo.

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