23. Árboles de perdición.

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Laughing Jack

—Por supuesto que no —le dije serenamente a la chica de profundos ojos cafés—. ¿Qué sentido tendría entonces atraparte para después soltarte?

La chica soltó una lágrima. Observé a detalle cómo aquella lágrima se deslizaba por su piel. Mi agarre en sus brazos se volvió más fuerte, provocando que soltara un lastimoso gemido.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, mientras la guiaba hacia el corazón del bosque.

—Sofía —soltó, desconcertada.

—Muy bien, Sofía. Camina más rápido si no quieres morir desangrada aquí mismo —demandé.

Ella se limitó a abrir desmesuradamente los ojos y apresurar el paso.

—¿A dónde me llevas? —soltó con un hilo de voz.

Se hizo presente el sonido del crujir de las hojas secas al ser pisadas.

—Cállate —le susurré al oído a la chica.

Alguien se aproximaba, por lo que apresuré el paso y prácticamente arrastraba a mi rehén.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó aquella voz que provocaba en mí severos cambios humorísticos.

Cada vez se aproximaba más, podía escucharlo.

—Escúchame muy bien, Sofía —susurré, rápidamente—, vas a quedarte aquí y pretender que estás buscando a alguien. No le dirás nada más a la chica que se aproxima. De lo contrario, créeme que te encontraré, rebanaré tu lengua y morirás asquerosamente desangrada.

Dicho esto, me oculté en las sombras, pasando desapercibidamente para el ojo humano.

Chrystalle se acercó y posó su mirada en Sofía, la cual se encontraba sentada en la fría tierra hecha lodo, mirando nerviosamente hacia toda dirección posible.

—Hola —susurró Chrystalle—. ¿Estás perdida?

Sofía la miró. Analizó con incertidumbre sus finas facciones por un momento, para después contestarle, más relajada.

—Sólo busco a mi hermano —comentó Sofía, en voz baja.

—Qué coincidencia —rió Chrystalle melodiosamente—. Yo también quiero encontrar a mi hermano. Se ha ido a una tienda con su novia y me han botado en el coche. Pero me pareció escuchar un grito, ¿has sido tú?

—Sí —rió Sofía nerviosamente—. Mi hermano también ha ido a esa tienda. Al parecer está lejos. Pero antes de irse, me ha abrazado tan fuerte que me tiró al lodo, por eso he gritado, odio el lodo.

Pude oler incertidumbre y cierta desconfianza en el ambiente, pero rápidamente se disipó.

—Está bien —espetó Chrystalle, tragándose el incoherente cuento de Sofía—. Pues vamos a buscarlos.

—Creo que no lo harán —exclamó Helen bajando de un salto de la rama de un árbol.

Helen miró en mi dirección. Sonrió con suficiencia, con una mirada burlona, arrogante. Después se volteó para ver a las chicas, aterrorizadas por su estúpida y dramática entrada.

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